La noria del mal Capítulo 31
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Capítulo 31

—¡ P ÁSAME LA LINTERNA!

La voz de Heidi sonaba ronca por la emoción y el esfuerzo realizado.

Harry encendió la linterna y se la entregó. Luego, ella iluminó el interior del agujero, barriendo la oscuridad de derecha a izquierda y de arriba abajo.

Entonces, se percató de que una bolsa yacía en el suelo.

No se lo pensó ni un segundo: metió el brazo y la agarró. Era demasiado grande para sacarla por el agujero; sin embargo, sí que podía acercársela lo suficiente para mirar lo que había dentro.

Se quedó boquiabierta.

—¡Cartas! —exclamó—. ¡Hay cartas! Y papeles… ¡Y fotos!

—¡Sácalo todo! —dijo Alva.

Heidi metió la mano en la bolsa y extrajo parte de su contenido.

A continuación, hizo lo mismo cuatro veces hasta vaciarla por completo.

Iluminó con la linterna de nuevo el suelo del trastero para asegurarse bien de que no quedaba rincón alguno que examinar y, por fin, pudo echarse hacia atrás y quedarse sentada.

Mientras tanto, sus amigos habían extendido todo el material por la tarima del desván.

—¿Qué os parece? —les preguntó—. ¿Estaba mi abuela como una chota o tiene esto relación con lo ocurrido?

De repente, fue consciente de que los dos se habían quedado callados. En total silencio, contemplaban las fotografías.

Heidi se aproximó en cuclillas a Alva. Había seis imágenes en blanco y negro.

En una, aparecían Rosie y los niños. En las demás, se veía una noria en llamas: pero no ardiendo en su totalidad, sino solo una de las cabinas.

Sin embargo, las peores, mucho peores, resultaron ser las otras.

El corazón le latía a toda pastilla. Por un instante, incluso temió que pudiera parársele.

Fue como si el desván entero comenzara a dar vueltas.

Aquello era algo que jamás se habría imaginado.

En las fotos salían dos niños pequeños. Un bebé y otro chico de unos cinco o seis años.

Estaban cubiertos de vendas de los pies a la cabeza. Solo la mitad de la cara del mayor quedaba visible; aun así, supo enseguida de quién se trataba: de los hijos de Rosie.

Se obligó a echar un vistazo más de cerca a las imágenes.

Parecía haber unas manchas oscuras sobre los vendajes. Imposible saber de qué color, pues las fotografías eran en blanco y negro. No obstante, Heidi creyó adivinar la naturaleza de aquellas manchas.

Sangre.

Había sangre en las gasas.

Harry se apartó un poco hacia atrás.

—¿Están dormidos? —musitó—. Quiero decir… ¿Están… vivos?

Parecía que el desván se había puesto a dar vueltas aún más deprisa. Ella agarró una de las fotos y se la acercó a los ojos.

—No lo sé —murmuró.

Entonces, la dejó en el suelo de nuevo, boca abajo, y cogió una de las que mostraban la noria en llamas.

Estaba casi segura de ser capaz de reconocer el lugar en el que había sido tomada.

El camping.

Aunque no se veían las tiendas de campaña ni las caravanas, allí se alzaban los acantilados, la ladera que bajaba hasta el agua y, al fondo, la cala donde se ubicaba la zona de baño.

A continuación, escudriñó la imagen un poco más.

El corazón le latía con tal fuerza que incluso le hacía daño.

Las llamas se elevaban hacia el cielo procedentes de una cabina en concreto. Una con una gran estrella negra pintada en un lateral. Exactamente igual que la de la noria de Bill. Esa a la que nadie podía subirse.