Capítulo 30
H EIDI MIRABA A SU ALREDEDOR con nerviosismo mientras caminaban hacia la casa de la abuela. ¿Y si alguien los veía, algún vecino curioso que quisiera saber qué estaban haciendo?
O peor aún: que Jennifer se diera cuenta de que no iban en absoluto en dirección al cobertizo.
—¿Has cogido la llave? —preguntó Alva.
Ella asintió y se dio una palmada en el bolsillo.
—Aquí la tengo.
En ese momento, le sonó el móvil. Los tres se detuvieron en el acto. Heidi lo sacó a toda prisa. No podían perder tiempo hablando por teléfono.
«Por favor, que no sea papá», pensó. «Ni Bill».
Pero no era ninguno de los dos.
Se quedó mirando la pantalla.
—¿Quién es? —preguntó Harry.
—Mi madre —murmuró ella.
«Mamá».
Que no la llamaba desde que habían terminado las clases. Que ni siquiera le había enviado un mensaje desde entonces.
—¿No vas a contestar? —dijo Alva.
Heidi sintió cómo la rabia se iba apoderando de ella. Llevaba una eternidad esperando que diera señales de vida, llevándose una decepción tras otra.
Hasta ahora.
Justo en el momento menos indicado. Además, tampoco quería que su madre pensara que podía contactarla cuando le apeteciera y ya está.
—No. No voy a contestar.
Rechazó la llamada y escribió un mensaje corto:
Estoy ocupada. Llámame otro día .
Su amiga le puso una mano en el brazo.
—¿Estás segura de que no quieres llamarla?
Heidi asintió.
—Sí. Estoy segura.
A continuación, reanudó el paso con firmeza hasta llegar a la casa de la abuela y abrió la puerta. Luego, giró la cabeza. Alva y Harry iban detrás de ella, un tanto indecisos.
—¿Venís o qué? —les preguntó.
Se les hacía raro irrumpir allí sin que hubiera nadie. Como si fueran ladrones o algo parecido.
Heidi los condujo hasta la cocina. Había platos sucios en el fregadero y una solitaria taza sobre la mesa. Todavía quedaban algunas manchas pegajosas de té en el suelo.
—Ya no estoy seguro de si esto es una buena idea… —señaló Harry, mirando a su alrededor.
Ni él ni Alva habían estado antes allí. Para ellos, la abuela era una desconocida, cuya casa acababan de invadir sin su permiso.
—Solo quiero abrir el trastero del desván —contestó Heidi—. En cuanto lo haya hecho, nos iremos enseguida. Lo prometo.
Su amigo se quedó pensativo un segundo.
—Vale. Pero rápido.
—A mí tampoco me parece del todo bien haber entrado así —añadió Alva—. Pero sí, claro, te ayudamos.
Heidi suspiró aliviada. No le hacía ninguna gracia tener que hacerlo sola.
—Gracias. Es por aquí.
Se dirigió hacia la escalera.
—¿No crees que uno de nosotros debería quedarse vigilando abajo? Por si viene alguien… —sugirió su amiga.
—No, lo oiremos desde arriba. Iremos más rápido si subimos los tres.
Los escalones crujieron a cada paso.
—¿Necesitamos algún tipo de herramienta? —preguntó Alva.
Heidi señaló su mochila.
—He traído unos destornilladores y un martillo.
Lo cierto es que no estaba muy segura de lo que les iba a hacer falta. La abuela tan solo había subido con una ganzúa, la cual seguía tirada en medio del suelo.
—Allí es… —dijo Heidi apuntando hacia la portezuela—. Esa es la entrada al trastero.
Los tres se agacharon frente a ella.
—Vaya cantidad de clavos… —murmuró Harry.
Heidi sintió cómo se venía abajo. En efecto, ahí seguía la hilera de fuertes tachuelas. ¿Cómo iban a abrir aquello?
Era imposible.
Alva agarró la ganzúa.
—Esto solo nos será de utilidad si conseguimos meterla por debajo del borde.
—Eso es lo que intentó la abuela —respondió Heidi, señalando las zonas raspadas alrededor de la puerta—. Aunque, como veis, no le sirvió de nada.
Su amigo levantó uno de los destornilladores.
—Esto es más fino y puntiagudo. ¿Probamos a ver?
—¡Buena idea! Además, si hace falta, podemos empujarlo hacia dentro con el martillo.
Ahora que estaban todos dispuestos a ponerse manos a la obra, Harry colocó la herramienta en la rendija. A continuación, Heidi levantó el martillo.
—¡Cuidado, no vayas a estampárselo a Harry en la cabeza! —la advirtió Alva.
El chico se apartó un poco, pero sin dejar de sujetar el destornillador.
Ella apuntó bien sobre su objetivo y golpeó con fuerza y buena puntería.
¡PUM!
—¡Ja! —exclamó.
Sin embargo, cuando Harry retiró la herramienta, se dieron cuenta de que la entrada no se había abierto ni un milímetro. Eso sí, habían hecho un bonito agujero en el marco.
—Vaya… —dijo Alva—. Me parece que vamos a tener que darle varias veces en el mismo sitio. De ese modo haremos un agujero lo bastante grande para meter luego la ganzúa.
Sus dos amigos estuvieron de acuerdo con ella.
Así pues, repitieron la operación.
Una vez.
Y otra.
Y otra.
Así hasta que, de pronto, se oyó un crujido.
—¡Ya está! —exclamó Alva—. ¡Ya hay un agujero bastante grande!
A Heidi le dolía el hombro de tanto golpear con el martillo. Harry, por su parte, tenía las palmas de las manos rojas de sujetar el destornillador.
Entonces, justo en ese momento, escucharon un silbido.
Los tres se quedaron petrificados.
¿Sería alguien que se acercaba a la casa?
Alva se aproximó corriendo a la ventana.
—No pasa nada. Solo es un hombre llamando a su perro.
Sin demorarse ni un segundo, Heidi agarró la ganzúa y la introdujo por el agujero que habían hecho en el marco de la puerta.
Tenían que darse prisa si no querían que algún vecino comenzara a preguntarse qué ocurría allí dentro.
—¿La sujeto yo mientras uno de los dos le dais encima con el martillo?
—No creo que eso funcione —replicó Harry—. Será mejor que tiremos entre todos.
Sin embargo, aquello tampoco resultó.
La herramienta era demasiado corta para que pudieran hacer fuerza los tres a la vez, de modo que decidieron intentarlo por turnos.
—¿Cómo va? —preguntó Alva al cabo de un rato, tras pararse unos segundos para secarse el sudor.
Heidi echó una ojeada a los clavos.
Apenas habían cedido.
De repente, se puso furiosa. ¿Por qué tenía que ser todo siempre tan difícil? ¿Es que no podía haber una cosa por lo menos que no lo fuera?
—¡Maldita sea! —gritó rabiosa, al tiempo que lanzaba la ganzúa contra la puerta.
¡CRAC!
Los tres se quedaron boquiabiertos.
La herramienta había rajado la madera.
—¡Hazlo otra vez! —gritó Alva.
De inmediato, Heidi agarró la ganzúa de nuevo y volvió a arrojarla sobre la portezuela del trastero.
Con eso bastó.
Ya había hecho un agujero enorme en la puerta.
Lo bastante grande como para ver lo que se escondía detrás.