La noria del mal Capítulo 29
67%

Capítulo 29

A LA MAÑANA SIGUIENTE , brillaba el sol, igual que todos y cada uno de los días desde que habían regresado de Gotland. Y, como siempre, al caer la tarde habría tormenta.

Heidi estaba desayunando con Jennifer. El sándwich se le hacía bola en la boca; le costaba masticar y tragar. Todo se le hacía cuesta arriba. La novia de su padre tampoco se encontraba muy bien: decía que le dolía el estómago. Sin embargo, lo peor era cómo la miraba. Como si estuviera loca de atar.

«Pero no lo estoy», pensó ella.

Apenas había descansado la noche anterior.

No podía dejar de darle vueltas a lo que había visto.

En la presencia en el dormitorio. En Bill, completamente seco, a pesar de haber permanecido un buen rato bajo la lluvia.

Había un buen número de cosas de las que Bill parecía poder prescindir sin problema: de la comida, de la ropa. Incluso de los paraguas…

La voz de la abuela resonó en su cabeza.

«Él no es como nosotros».

Jennifer había llegado a la conclusión de que la sombra procedía de un vestido que había colgado en la puerta del armario; cosa que no tenía ningún sentido, pues, de ser así, nunca se habría proyectado sobre la cama del modo en que lo había hecho.

«Estoy segura de lo que vi», pensó Heidi.

Pero ¿cómo demostrar que no se trataba de imaginaciones suyas?

Su padre, que acababa de volver del hospital, había ido directo a acostarse. La abuela tendría que quedarse unos días más en Uddevalla, lo cual le reportó una cierta tranquilidad: al menos allí estaba a salvo y bien acompañada.

—Voy a preparar un poco del té que me ha regalado Bill —dijo Jennifer—. ¿Quieres?

—No, gracias —respondió Heidi.

Apenas pasaban de las nueve, así que Harry y Alva llegarían enseguida. Los había telefoneado nada más levantarse por la mañana. El plan era ir a casa de la abuela e intentar acceder al trastero del desván. Sabía que algo importante se ocultaba en su interior.

Al cabo de unos minutos, llamaron a la puerta. Al abrir, se encontró, en efecto, con sus dos amigos delante.

—Esperad aquí un momento —dijo, al tiempo que los hacía pasar al recibidor—. Voy a buscar la llave.

—¿Qué llave?

Jennifer apareció por el pasillo. Acababa de oírlos hablar.

—La del cobertizo… —respondió Heidi.

—Ah… —replicó la novia de su padre, sonriendo—. ¿Vais a bañaros tan temprano?

Con una mano se acariciaba la barriga, mientras que, con la otra, sostenía la taza de té.

—Sí.

Alva y Harry asintieron deprisa.

Heidi salió disparada en busca de la llave de la casa de la abuela. Para no despertar sospechas, cogió también la del cobertizo de pesca.

No le gustaba mentirle, aunque, por otra parte, había sido la propia Jennifer quien la había tomado por una mentirosa cuando le relató la historia de la sombra en el dormitorio.

«Una mentira más una mentira es igual a una verdad», al menos eso fue lo que pensó en ese momento.

De pronto, la novia de su padre se puso tiesa.

—¿Qué pasa? —preguntó Heidi.

Su tono de voz tenía un punto de despreocupación, como si, en realidad, no quisiera saber la respuesta.

—No lo sé —susurró Jennifer, llevándose las manos al vientre—. Ha sido como un pinchazo…

Se quedó callada un instante.

—Tengo que hablar con Fredde cuando se despierte —continuó—. Decirle que quizá esté…

De nuevo se quedó en silencio. Una sonrisa se dibujó muy despacio en su rostro.

—Al menos, el chico sigue pataleando como es debido —concluyó.

Heidi intercambió una mirada con sus amigos.

—¿El… chico? —balbuceó.

La novia de su padre se tapó la boca.

—¡Qué tonta soy! Queríamos que fuera una sorpresa… ¡Se me ha escapado! —exclamó antes de volver a posarse la mano sobre la barriga—. Es un niño. Vas a tener un hermanito.

Heidi ni se había planteado siquiera si prefería que fuera niño o niña. Y, desde luego, no había pensado en ningún momento en el bebé como algo que ella fuera a «tener». Eso había sido siempre algo exclusivamente de su padre y de su pareja.

Sin embargo, por primera vez, sintió que ella también iba a tener algo.

Un hermano.

Suyo del todo.

—¡Qué guay! —dijo Alva.

Sus dos amigos parecieron alegrarse bastante, aunque no hay duda de que habrían reaccionado igual si hubiera sido una niña. Pero era un niño.

—Está dando pataditas. ¿Quieres tocar?

Heidi se acordó de todas las veces en que le había dicho que no. Y de aquella ocasión en que ella la había abrazado y había percibido los empujoncitos del bebé en el vientre. Aquello había sido mucho más alucinante de lo que hasta entonces imaginaba.

Esta vez, asintió en silencio. Deseaba de verdad sentir las patadas del bebé, saludarlo.

Jennifer tomó una de sus manos y la apoyó sobre su barriga.

La patadita llegó casi al instante. Como si la criatura quisiera chocar los cinco con ella.

—¿Lo notas? —rio Jennifer—. Sabe que estás ahí. Creo que tiene ganas de conocerte.

Ella sonrió.

Su hermanito. Suyo del todo.

Estaba allí dentro, al otro lado de la tripa de Jennifer. Muy muy cerca.

«Haré lo que sea por ti», pensó Heidi, dejando la mano apoyada sobre el piececito del pequeño. «Nadie va a hacerte daño » .