Capítulo 28
H EIDI CAMBIÓ DE IDEA casi en el acto. No había tiempo de llegar hasta el móvil.
Entonces, decidió retroceder hasta la cocina. Un cuchillo. Tenía que coger un cuchillo. Como en las películas.
Un sollozo ahogado escapó de su garganta. Jamás en la vida se había sentido tan sola e indefensa. ¿Qué iba a hacer ella con un cuchillo? Absolutamente nada.
De repente, sonó un teléfono.
Era el de Jennifer. Salió disparada hacia la puerta del dormitorio de nuevo; no obstante, antes de que le diera tiempo a hacer o decir algo, la novia de su padre ya se había despertado y estaba atendiendo la llamada.
—Hola, Fredde. ¿Cómo va todo? —dijo con un leve bostezo.
Por un instante, Heidi se sintió aliviada. Era papá el que estaba al otro lado de la línea.
Sin embargo, enseguida volvió el miedo. Él no iba a poder ayudarlas: se encontraba en el hospital de Uddevalla o regresando en el coche. En cualquier caso, demasiado lejos.
Jennifer se incorporó y se quedó sentada en la cama, apoyada contra el cabecero. Enseguida, encendió la lámpara de la mesita de noche. Sus movimientos eran lentos y fatigosos, como si el cuerpo le pesara horrores.
Heidi permaneció a la escucha, inmóvil por completo.
La novia de su padre estaba a punto de ver al intruso que la observaba. La cabeza de Heidi iba a mil revoluciones. El loco podría volverse aún más loco si su víctima empezaba a gritar.
Miró a su alrededor, en busca de algo con lo que defenderse. Algo que fuera lo bastante duro y pesado.
Justo en ese momento, Jennifer gritó.
Fue un grito corto y fuerte.
Heidi agarró un calzador de plástico. Era un arma ridícula, pero mejor eso que nada.
—¡Ya voy! —gritó al tiempo que irrumpía en la habitación.
La novia de su padre se giró, con los ojos abiertos de par en par.
Ella se detuvo en seco.
No había nadie más en el cuarto.
—Pero… ¿dónde…? —balbuceó desconcertada.
Se apresuró a dirigirse al armario para mirar dentro. También miró debajo de la cama.
Sin resultado.
—Heidi, ¿qué buscas?
Ella no sabía si reír o llorar.
—No es nada —dijo la novia de su padre al teléfono—. Es que he visto a Heidi en el pasillo y me he sorprendido un poco. ¿Qué? ¿Cómo? No, no me extraña que no pueda dormir con todo lo que ha pasado últimamente.
Jennifer le acarició el brazo.
—¿Estás despierta, cariño? ¿O es que eres sonámbula?
—¡Pues claro que estoy despierta! —replicó ella desasiéndose.
—¿Qué haces entonces con ese calzador? —le preguntó Jennifer antes de colgarle el teléfono a Fredde—. Te llamo enseguida.
Acto seguido, colgó.
—¿Qué pasa, Heidi?
—No lo sé. He visto a alguien mirándote mientras dormías y no sabía qué hacer —contestó ella con voz trémula.
—¿Me estabas espiando?
Heidi dio un respingo.
—¡Por supuesto que no! La puerta se había quedado abierta.
—¿Y qué hacías aquí abajo?
—Iba a la cocina a por un vaso de agua.
De pronto, ambas enmudecieron al oír unos pasos acercándose.
La escalera que bajaba al sótano. Alguien estaba subiendo.
—Genial —murmuró Jennifer—. Hemos despertado a Bill también.
Heidi se puso colorada. ¿Por qué todo salía siempre tan mal?
La voz afable del señor Sullivan llegó desde la cocina:
—¿Hola? ¿Estáis las dos bien?
—Sí —respondió la novia de su padre, echando un vistazo a través de la ventana, donde la lluvia seguía golpeando los cristales—. Es solo la tormenta, que nos ha despertado.
En ese momento, Bill asomó bajo el marco de la puerta de la cocina, deteniéndose en el umbral, como evitando parecer entrometido.
—Perdona si te hemos despertado. No ha sido nuestra intención —dijo Jennifer.
Heidi frunció el ceño. ¿Como qué despertado? ¿No veía que iba vestido? ¿Acaso no era evidente que no estaba durmiendo sino que venía de la calle?
—No pasa nada —respondió Bill con una sonrisa—. Aún no me había acostado. Tenía trabajo que terminar esta noche.
Acto seguido, le guiñó un ojo a Heidi, que se sintió como una completa idiota, allí, con el calzador en la mano.
—Nos vemos por la mañana —dijo el señor Sullivan, despidiéndose—. ¡Buenas noches!
—¡Buenas noches! —replicó Jennifer también con amabilidad.
Heidi observó en silencio cómo el señor Sullivan se daba la vuelta y desaparecía.
Algo no cuadraba. No cuadraba en absoluto.
Pero ¿qué era exactamente?
Algo que tenía que ver con el aspecto físico de Bill.
Dejó el calzador y regresó a la cocina.
Jennifer la siguió.
—Vale, cuéntame qué ha pasado.
—Nada… —susurró ella.
—Tenemos que poder hablar de todo tú y yo. Y si no me lo cuentas a mí, vas a tener que contárselo a tu padre.
Heidi bajó la vista hacia el suelo.
—¿Tú crees que Bill es como el resto de nosotros?
—Claro que sí. ¿A qué te refieres?
—La abuela dijo que no lo era. Que es peligroso.
—¡Qué tontería! No hagas caso a tu abuela. Necesitamos a Bill. Si no fuera por él, tendríamos que vender la casa.
Heidi asintió a regañadientes.
—Venga, vámonos otra vez a la cama. Estoy demasiado cansada para seguir hablando —concluyó Jennifer antes de retirarse de nuevo a su cuarto y cerrar la puerta.
Ella, no obstante, se quedó en la cocina un buen rato. Los truenos continuaban rasgando la noche con su estruendo, e incluso se había puesto a llover aún con más fuerza.
La abuela había dicho que alguien debía mantenerse alerta.
«Yo soy la persona adecuada para hacerlo», pensó. «Como no puedo dormir por las noches, me mantendré alerta».
Sin embargo, sus planes no se limitaban a eso. A la mañana siguiente, iría con Alva y con Harry a forzar la entrada del trastero. Tenía que averiguar por qué su abuela creía que Bill era peligroso.
Fue entonces cuando se dio cuenta de lo que la había sobresaltado hacía un rato.
De lo que le había parecido tan extraño.
La figura del señor Sullivan a la luz de la farola, bajo la lluvia. En tan solo un par de minutos se había presentado en el dormitorio de Jennifer. Completamente seco.
¿Cómo es posible que no estuviera mojado ni lo más mínimo con el aguacero que acababa de caerle encima?