Capítulo 43
L A POLICÍA RASTREÓ EL PARADERO de Bill durante semanas, pero sin éxito.
—No entendemos adónde ha ido a parar —le dijo un agente a su padre—.
Lo estamos buscando también en el extranjero.
Hemos llegado a la conclusión de que debe de estar usando un nombre falso.
Aunque, en realidad, ni siquiera sabemos cuál es su verdadera identidad.
Es muy raro que no tengamos información alguna sobre él. Es como si nunca hubiera existido.
Fredde y el policía se encontraban sentados en la cocina, tomando café. A pesar de que los dos creían que nadie los escuchaba, Heidi los oía a escondidas desde la habitación de al lado.
El oficial uniformado se levantó.
—Bueno, tengo que irme. Pero una cosa ha de quedarles clara: jamás dejaremos de buscar a ese tal William Sullivan.
«Albert», pensó ella, estremeciéndose. «Se llama Albert».
Cuando el agente se hubo marchado, Fredde volvió a la cocina.
—Ya puedes salir, Heidi —dijo—. Sé que estabas escuchando…
Los dos habían hablado horas y horas de todo lo ocurrido. Ninguno sabía adónde había ido a parar Bill. Ahora bien, de algo no cabía duda: al abrir la puerta del dormitorio aquel día fatídico, su presencia se había esfumado sin dejar rastro alguno.
—Esto no vamos a poder contárselo nunca a la policía —había dicho él—. Nadie nos creería.
Ella estaba de acuerdo.
A veces dudaba de que su padre diera crédito realmente a eso de que el señor Sullivan fuera un fantasma.
De hecho, en más de una ocasión le había preguntado si estaba convencida al cien por cien de que seguía en la habitación cuando pusieron la cómoda contra la puerta.
Heidi siempre le respondía que sí. Pero se daba cuenta de que él no acababa de convencerse de ello.
Seguro que Jennifer también era de la misma opinión.
Tras permanecer ingresada en el hospital unos días, los médicos la habían dejado por fin volver a casa.
Por lo visto, la culpa de que el bebé hubiera nacido antes de tiempo recaía en una sustancia que había estado ingiriendo últimamente con asiduidad.
Dicha sustancia, claro, no resultó ser otra cosa que el té de Bill.
Fuera como fuese, por suerte, ya se encontraba bien, volcada por completo en los cuidados de Axel. Así le habían puesto: Axel, el mejor hermanito del mundo. A Heidi se le caía la baba con él.
Ella y sus dos amigos se habían convertido en auténticos expertos en salir a pasear con el cochecito por las calles del pueblo cuando la madre del pequeño necesitaba descansar.
—Vosotros sois los únicos canguros en quienes confío —les había dicho.
Sin ser muy consciente de ello, solía agarrar fuerte a la criatura, pegándosela al cuerpo como si temiera que alguien fuera a intentar quitársela. Como había hecho Bill.
«¡Que se atrevan!», pensaba. «A mi hermano no me lo va a robar nadie».
A veces, iba con él a casa de la abuela. A ella le habían dado el alta en el hospital y ahora recibía más ayuda doméstica a domicilio. Dentro de poco tendría que mudarse a una residencia de mayores, pero todavía faltaban algunas semanas para eso.
La anciana no tenía muy claro lo que había pasado. Quizá fuera lo mejor. Se la veía más contenta y menos inquieta que antes.
—Me asusté muchísimo cuando me hablaste de la noria —le dijo a su nieta—. Pensaba que aquello acabaría mal. Aunque parece que no ha sido así.
No volvió a mencionar lo que había en el trastero del desván. Su padre había puesto una portezuela nueva. Y el cuarto de Heidi tenía ya por fin una pared de verdad en vez de una lona de plástico.
—Mi habitación ha quedado preciosa —le contó feliz a la abuela antes de enseñarle unas cuantas fotos.
Había cosas que no se veían en las imágenes, pero que no dejaban de ser importantes. Fredde había reforzado los tablones del suelo con una doble hilera de clavos; además, había puesto una tarima flotante encima.
—¡Ah, qué bien! Tarima flotante. No todo el mundo puede presumir de eso.
Pero antes de colocarla habían hecho una cosa más: levantar otra de las tablas y dejar allí dentro un patuco de Axel. Después de hacerlo, nunca más habían vuelto a hablar del asunto.
Al menos no con ella.
Sin embargo, sabía que su padre y Jennifer habían estado debatiendo muy en serio sobre si seguir viviendo en la casa después de lo ocurrido. Al final habían decidido que sí. Que querían quedarse. Ahora bien, no volverían a aceptar a ningún inquilino, eso seguro.
Con el tiempo, Heidi se enteró de que había más gente, aparte de ellos, que también se preguntaba qué había sido del señor Sullivan. Por ejemplo, el dueño del camping estaba desconcertado. Que hubiera dejado su noria ahí plantada le resultaba de lo más extraño…
Los tres amigos se miraban de reojo siempre que oían hablar del tema a los mayores.
Nadie les habría creído si hubieran contado lo que sabían.
Por eso, decidieron que lo que habían vivido aquellos días permaneciera en secreto entre ellos.
Aunque una vez charlaron del asunto con Mark, quien, por supuesto, se alegraba mucho de que se hubieran librado de Bill.
—¿Todo ha terminado ya entonces? —preguntó Alva una tarde mientras se hallaban en el cobertizo de pesca—. ¿Podemos estar del todo seguros de que no va a volver?
—Yo diría que sí… —respondió Heidi—. Quiero decir que, si las cosas siguen bien escondidas debajo del suelo, no debería haber problema.
Aunque lo dijo con un tono muy sosegado, lo cierto es que en su interior aún tenía algo de miedo. ¿Y si se habían equivocado en algo? La sola idea de que eso fuera así le parecía tan horrible que no se atrevía ni en broma a expresarlo en voz alta.
Además, ahora tenía otras cosas en las que pensar.
Por fin, había hablado con su madre, lo cual la había hecho muy feliz.
Mamá se había disculpado mil y una veces por haber llamado tan poco.
Al darse cuenta de que su hija estaba enfadada con ella, había vuelto a telefonearla al día siguiente.
Y al otro. Y al otro. De manera que Heidi ya casi la había perdonado del todo.
De hecho, habían acordado que fuera a visitarla a Alemania.
—¿Cuándo te vas? —le preguntó Alva.
—Dentro de tres días.
—¡Qué bien! —exclamó Harry.
—Pues sí —replicó ella.
Su amiga sintió un escalofrío. Llevaba una manta echada sobre los hombros, pero aun así tenía frío.
—¿Nos vamos? —propuso.
Sus dos compañeros protestaron.
—¿No íbamos a darnos un baño al anochecer? —dijo Heidi.
—¡Ni hablar! Esta noche no.
Los tres se rieron y siguieron de rifirrafe un rato más, aunque, al final, se marcharon a casa. Ya estaba oscureciendo y pronto sería hora de acostarse.
—Mi madre ha dicho que mañana hará sol —comentó Alva cuando se despidieron—. ¡Si es verdad, entonces sí que nos bañamos!
—Perfecto —contestó ella—. ¡Hasta mañana!
Luego, se dio la vuelta y enfiló por la calle que ascendía hasta su casa.
La ventana del dormitorio de Fredde y Jennifer estaba abierta. La novia de su padre se había acostado temprano y roncaba, como siempre. Heidi sonrió y entró de puntillas en la casa.
Sin embargo, no subió directa a su habitación. Antes quería ver a su hermanito. De modo que empujó con cuidado la puerta del cuarto del bebé. Ella misma había ayudado a elegir el papel pintado: un fondo azul cielo, con nubes blancas y esponjosas.
El suelo crujió levemente conforme avanzó con pasitos menudos hasta la cuna y se asomó a ella.
Era una cuna nueva. Papá la había construido con sus propias manos; luego, entre las dos chicas, la habían pintado de amarillo. Mucho mejor que aquel espantoso trasto que les había encasquetado Bill.
Axel dormía boca arriba. Su pechito subía y bajaba con cada respiración.
Heidi recolocó unos osos de peluche que se habían volcado a su alrededor y, acto seguido, se marchó. De pronto, justo cuando iba a cerrar la puerta, oyó un chirrido a sus espaldas.
Un ruido que la hizo detenerse en seco.
Entonces, se volvió lentamente y se dio cuenta de algo que le puso el corazón a mil revoluciones.
Cerró los ojos y contó hasta diez.
«Estoy alucinando», pensó. «Esto no son más que imaginaciones mías».
Luego, los abrió de nuevo.
Vio lo mismo otra vez.
Aunque no había nadie allí, la cuna de Axel se mecía muy despacio… De un lado a otro, de un lado a otro…