La noria del mal Capítulo 26
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Capítulo 26

O SCURECÍA. La noche estaba cayendo. Y ni su padre ni la abuela regresaban. Seguían en el hospital.

—Volveré a casa ya tarde… —les había advertido él al llamar por última vez—. O puede que mañana por la mañana.

Estaban ocurriendo demasiadas cosas al mismo tiempo. ¿Dónde habrían ido a parar todos aquellos objetos? El álbum, las cartas, el zapatito, el sonajero… ¿Quién se los habría llevado?

Heidi le preguntó a Jennifer si había entrado en su cuarto.

—No. ¿Por qué? —le había respondido ella.

—Por nada…

¿Qué le iba a decir? ¿Que habían desaparecido una serie de trastos cuya existencia ni siquiera conocía?

—Tengo que irme —dijo Alva—. Mi madre me estará buscando. Habíamos quedado en hacer punto hoy después de cenar. Ha encontrado el patrón de un jersey chulísimo.

Heidi sintió una punzada de envidia. No porque le gustara hacer punto, desde luego que no, en absoluto, sino porque su amiga tenía a su madre cerca. Porque hacían cosas juntas: jerséis superdivertidos, manoplas, cortinas nuevas para su habitación.

—No pensarás que me he inventado lo de las cartas, ¿verdad? Existen. Las he visto. Las he leído.

—Te creo. Pero es muy raro que se hayan evaporado así, como por arte de magia.

Ella estaba de acuerdo.

—Me gustaría abrir el trastero de la abuela. Allí hay algo importante.

Los ojos de Alva se iluminaron.

—¡Me apunto! Y seguro que Harry también.

A continuación, las dos se despidieron.

Las horas pasaron. Heidi se encontraba en la cocina cuando, de pronto, oyó cómo se abría la puerta del sótano. Era el señor Sullivan. Bill. El extraño inquilino sin comida en la nevera ni ropa en la maleta ni en el armario. El mismo que les había mentido respecto al mapa y al lugar del que venía.

Miró el reloj. Pasaban de las once. La noria cerraba a las diez. Quizá había tenido que quedarse recogiendo todo antes de irse.

Anduvo de puntillas para que él no se diese cuenta de que ella continuaba levantada. Jennifer roncaba, como siempre; la puerta de su dormitorio estaba entreabierta. Heidi agarró el pomo y tiró con suavidad, sin cerrar del todo. Entonces, con el mismo sigilo, subió la escalera hasta su habitación.

Notó el tacto frío de las sábanas al meterse bajo el embozo.

De hecho, la casa entera se le antojaba fría y vacía, a pesar de que sabía que no estaba sola.

Por un lado, se arrepentía de casi haber cerrado la puerta del dormitorio de Jennifer: ya no se oían sus ronquidos.

Solo los truenos, cada vez más cercanos.

Se cubrió con el edredón hasta la cintura.

La lamparita de noche emitía un cálido resplandor. Se inclinó para mirar debajo de la cama. Seguía sin haber nada.

Es obvio que quien se hubiera llevado las cosas debía de considerarlas importantes. Pero ¿por qué?

Intentó dejar de pensar en todas esas cosas espeluznantes y se puso a leer un poco: un libro que ya sabía de qué iba y que le encantaba. Inútil. No lograba concentrarse en el texto. Al final, apagó la luz y se tumbó.

En ese momento, un relámpago llameó en el cielo e iluminó su cuarto. Heidi se incorporó de un salto y bajó el estor. El sonido del trueno retumbó con estruendo. Se acostó de nuevo, haciendo crujir la cama. Pasaron unos minutos. Otro enorme destello alumbró el firmamento.

Empezó a contar en silencio. Muy despacio.

Uno…

Dos…

¡Bum!

Apretó con fuerza el edredón contra su cuerpo.

Tenía la tormenta muy cerca. Justo encima.

Se dio la vuelta en la cama, inquieta. La lona emitió un crujido. ¿Puede que la hubiera tocado al moverse? Eso debía de ser. Seguro que sí.

Se apartó todo lo posible de la falsa pared de plástico.

Pero, aun así, esta continuó emitiendo su característico crepitar.

Encendió la lamparita.

—¿Hola? —articuló con voz débil.

Nadie respondió.

La lona colgaba recta, inmóvil.

Un nuevo relámpago rasgó el cielo, seguido al instante del trueno.

A continuación, otro tipo de ruido inundó la casa.

El de la lluvia contra los cristales.

Una lluvia torrencial que empezó a azotar la ventana con tanta violencia que Heidi temió que acabara por romperla.

Entonces, la pared de plástico volvió a manifestarse. Como la última vez. Como si alguien estuviera arañándola desde el otro lado.

Lo primero que hizo en ese momento fue cerrar los ojos con fuerza, pero al cabo de unos segundos un arrebato de hartura y enfado se apoderó de ella. Pero ¿qué narices pasaba?

Se incorporó como un resorte y encendió la luz de inmediato. Nada más hacerlo, el corazón le dio un vuelco. La lona se hundía hacia dentro, igual que hacía unas noches. Solo que en esta ocasión había otra cosa diferente que la acompañaba con sus crujidos y chirridos.

La cuna.

Se levantó de la cama a toda velocidad y fue corriendo al cuarto contiguo. Estaba vacío.

Sin embargo, la cuna se mecía. Despacio. De un lado a otro.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo de los pies a la cabeza.

«¿Qué voy a hacer?», pensó. «¿Quién puede ayudarme?».