Capítulo 25
L A LLUVIA REPIQUETEABA contra el tejado de la casa cuando subió las escaleras y entró en su habitación. Alva se encontraba sentada en el borde de la cama, sonriendo.
—La verdad es que me encanta tu preciosa decoración de las paredes —comentó, dando unos golpecitos a la lona.
Heidi soltó un gruñido.
—Qué graciosa.
—Harry no ha podido venir. Su padre necesitaba que le ayudara con unas cosas —dijo su amiga, adoptando un tono más serio.
—Ya…
—¿Ha pasado algo? Tienes cara rara.
Ella no sabía por dónde empezar.
—No me vas a creer.
Entonces, le narró lo que había ocurrido en casa de la abuela. Sin embargo, en esta ocasión, no omitió ni un detalle. No como al contárselo a su padre. Ahora sí, lo soltó todo, de principio a fin. Incluso lo que acababa de descubrir en el sótano.
Habló deprisa y en voz baja, deteniéndose de vez en cuando para comprobar que no se acercaba Jennifer a su cuarto. Nadie debía oír aquella conversación.
Al terminar, Alva se quedó callada un buen rato.
—Bueno… —dijo al fin—. A lo mejor Bill come en el camping. Y guarda sus cosas en el camión.
—¿Entonces para qué lleva una maleta vacía? ¿Por qué vino con ella? ¿Y por qué dijo que tenía la nevera casi llena si no había nada dentro?
—No lo sé. Es rarísimo. Quizá no tenga mucha ropa y le dé vergüenza confesarlo. Siempre lleva puesto el mismo jersey y los mismos pantalones.
Eso también lo había pensado ella.
—Y luego lo del mapa. No entiendo por qué se empeñó en decir que era de Strömstad —añadió Heidi antes de sacar el móvil y mostrarle la foto.
Las dos estuvieron de acuerdo en que se trataba de Hovenäset.
—Uf… A mí Bill me cae genial, aunque es verdad que… —murmuró Alva sin acabar la frase.
—La abuela me dijo que no es alguien como nosotros. Que es peligroso y que ha de marcharse de inmediato. No sé si se lo inventa. Yo creo que es una persona bastante normal. Pero… no lo es no tener comida ni ropa.
Ambas guardaron silencio durante un instante.
«Porque, comer, comerá», pensó Heidi. «Y tiene que tener alguna otra cosa que ponerse. ¿Por qué iba a ser él diferente a los demás?».
Eso la abuela no se lo había explicado. Lo que le dijo fue lo siguiente: que Bill creía que los bebés no traían más que desgracias y que había que deshacerse de ellos. También que no era quien decía ser. Pero ¿quién era entonces? Se removió inquieta en su asiento.
—Volvamos mejor a lo de las cartas —propuso Alva—. Albert vivía en Hovenäset. Pero ¿dónde estaba su mujer? ¿En el hospital?
—No lo sé. Eso es otra cosa muy rara. En los sobres no aparece ninguna dirección. En ninguno de ellos. Ni llevan sellos. Y, aun así, da la impresión de que llegaron a su destino. Es muy muy extraño.
Su amiga suspiró.
—¿Qué te explicó exactamente tu abuela? ¿Que conocía a la madre de Rosie?
—Sí. Mis abuelos le compraron la casa. Y, por lo visto, ella le contó a mi abuela cosas horribles. Cosas que no debía relatarle jamás a nadie.
—Pero a ti sí te contó algo, ¿no?
—Un poco. No todo. Dijo que Albert se volvió loco y que hizo daño a sus hijos.
Enrojeció nada más recordarlo.
Alva la miró asustada.
—No entendí muy bien lo que quería decir —continuó Heidi—. La abuela le tiene pánico a la noria. Pero en toda la historia hay algo que no encaja. ¿Por qué iba a ser peligrosa la de Bill? Puede que Albert se volviera loco por cualquier otra razón.
Una vez más, las dos se quedaron calladas unos segundos. A lo lejos, retumbaban débiles truenos.
Su amiga frunció el ceño.
—Tenemos que leer las cartas. Y ver las fotos de los álbumes. Solo así entenderemos qué está pasando.
Ella asintió y, tras deslizarse hasta el suelo desde el borde de la cama, se arrodilló y metió el brazo debajo. Palpó durante unos instantes en busca del estuche metálico y la correspondencia; sin embargo, lo único que sus dedos consiguieron alcanzar fueron unas cuantas pelusillas.
Entonces, se tumbó boca abajo para mirar mejor.
Fue como si, de repente, se hubiera quedado sin aire en los pulmones.
Allí no había nada.
El fajo de cartas y el álbum habían desaparecido.
—No, no, no… No es posible… —susurró—. No están.
Se puso en pie de un salto.
Tenía que comprobar algo.
Ahora mismo.
El cajón del escritorio chirrió al abrirse; de hecho, Heidi tiró de él con tanta fuerza que casi lo arranca de cuajo.
—¿Qué haces? —preguntó Alva.
Ella no contestó.
Se había quedado de piedra.
El zapatito y el sonajero también habían desaparecido.