La noria del mal Capítulo 24
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Capítulo 24

E N UN AbrIR Y CERRAR DE OJOS, se halló frente a la entrada del cuarto de invitados. Giró el picaporte y la puerta se abrió sin hacer el más mínimo ruido. Sin embargo, Heidi estaba tan nerviosa que un zumbido atronador resonaba sin cesar en sus oídos.

Asomó la cabeza.

Todo parecía igual que siempre.

La cama hecha, como de costumbre. Los mismos cuadros colgando de las paredes. Y el armario entreabierto.

Las cajas del señor Sullivan seguían amontonadas unas sobre otras junto a su maleta.

La de arriba resultó ser la que se le había caído al bajar por la escalera, pues tenía una de las esquinas abollada.

Se acercó a ella, levantó las solapas y miró en su interior.

Había montones de papeles. Heidi empezó a revisarlos, uno a uno.

¡Ahí estaba!

La respiración se le aceleró en cuanto vio el mapa. «Por favor, que no aparezca Bill ahora, de pronto». Era tal y como lo recordaba. Y, sí, representaba Hovenäset. No había duda.

El corazón le latía con fuerza.

Entonces, ¿por qué había mentido?

Sacó el móvil del bolsillo, le hizo una foto al plano y, acto seguido, lo devolvió a la caja. Fue justo en ese momento cuando reparó de nuevo en el armario entreabierto. No podía resistirse a la tentación de acercarse y echar una ojeada dentro.

Para su sorpresa, estaba tan vacío como el frigorífico. Quizá Bill prefería guardar sus cosas en la maleta grande.

O tal vez no.

Ya no podía frenar su curiosidad. Había algo raro en el hecho de que tanto la nevera como el ropero no contuvieran absolutamente nada.

A continuación, miró hacia la puerta y aguzó el oído. Todo seguía en silencio. Luego, se agachó, agarró la maleta de Bill y la levantó con ambas manos.

Casi se le cae al suelo del susto al comprobar lo poco que pesaba.

¡Era más ligera que una pluma!

Aquello le resultaba tan chocante que dejó la maleta en el suelo y, al cabo de unos segundos, se decidió a abrirla. Sabía que no estaba bien hacer eso. Sabía que no debía. Pero no le importó.

—¿Heidi?

La voz de Jennifer le hizo pegar un respingo.

—¡Sí! —contestó ella.

—Alva ya está aquí. ¿Subes?

—¡Sí! —repitió, más alto, pues no quería que bajaran.

La maleta no se abría con facilidad. Se trataba de un modelo antiguo, con pequeños cierres metálicos, los cuales había que deslizar hacia un lado. Heidi ya empezaba a sudar cuando por fin entendió cómo hacerlo.

Vacía.

No había ni una sola cosa dentro.

Completamente desconcertada, volvió a cerrarla. ¿Dónde guardaba Bill todas sus pertenencias?