Capítulo 23
— C REO QUE A LA ABUELA se le ha formado un trombo en la cabeza o algo así —dijo Fredde—. Voy a llevarla al hospital.
Jennifer y él hablaban en la cocina. Heidi escuchaba desde el marco de la puerta.
Tras estar un buen rato limpiando el té y recogiendo hasta el último de los trocitos de la taza rota, había sido ella misma quien había llamado a su padre. La abuela ya no contestaba cuando ella le dirigía la palabra. Seguía sentada en la silla, negándose también a moverse de allí.
Fredde había salido del trabajo de inmediato y había ido en bici derecho a casa de su madre. Pero antes había pasado solo un momento a recoger las llaves del coche. Heidi aprovechó para contarle con más detalle lo ocurrido y lo que la abuela había dicho.
Él negó con la cabeza.
—¿Por qué ahora dice que Bill es peligroso? —preguntó.
—No lo sé. Según ella, una anciana de más de cien años, la antigua propietaria de su casa, la puso sobre aviso.
Heidi no podía con su alma. Esta vez, su abuela la había asustado de verdad.
« No es la noria la que es peligrosa. Es su dueño, la persona que la controla » .
Y luego:
« Estoy segura de que ese hombre dista mucho de ser la persona que tú crees, Heidi. Y no en el buen sentido. Él no es como nosotros. Es muy, muy peligroso » .
Jennifer parecía impresionada. Fredde, en cambio, estaba enfadado.
—No entiendo qué le pasa —dijo—. ¿De dónde habrá sacado esas historias tan horribles? ¿Y cómo se le ocurre subir la escalera? Podría haberse caído.
Heidi guardó silencio. Por un lado, se alegraba de que a su padre no le hubiera llamado la atención nada de lo que la abuela había contado sobre la noria.
Tampoco había dicho ni una palabra de la ganzúa ni del trastero.
Ni de Albert y Rosie. Resultaba evidente que opinaba que todo eso no eran más que exageraciones de su madre y que no había motivo para tener miedo alguno.
Pero él no había visto lo mismo que ella.
No había visto la cuna mecerse sola, ni había oído los crujidos del suelo y de la lona.
« Se lo contaré cuando acabe de entender cómo encajan todas las piezas del rompecabezas», pensó. «Así me creerá».
Su padre consideraba que todas esas historias de la abuela no eran sino cuentos absurdos.
¿Y si se le ocurría abrir el trastero y tirar lo que hubiera dentro?
De ser así, Heidi no tendría ocasión de saber a ciencia cierta lo que se escondía en aquel lugar.
Si es que de verdad había algo de interés allí, claro.
Fredde se palpó el bolsillo del pantalón.
—Ya tengo las llaves —dijo—. Me llevo a la abuela al hospital de Uddevalla. Que la examinen y decidan qué hacer con ella. Así no podemos seguir.
A continuación, le dio un rápido beso a Jennifer y acarició a su hija en la mejilla.
—Estoy orgulloso de ti. No es fácil cuidar de una persona mayor. Has hecho muy bien en llamarme.
Heidi se sonrojó. Quizá fuera culpa suya que la abuela se hubiera alterado tanto. Al fin y al cabo, aunque esta dijera cosas raras, ella la había abrumado a preguntas.
«Tengo que hablar con Alva y Harry», pensó. «Necesito ayuda».
Al anochecer, Jennifer y ella prepararon la cena y se la comieron en la cocina. La novia de su padre parecía cansada.
—No entiendo cómo puede hacer este mal tiempo una noche sí y otra también —dijo—. No para nunca.
—Ya —murmuró Heidi, mirando su plato.
Habían hecho albóndigas con puré de patatas, uno de sus menús preferidos.
Sin embargo, ese día nada le sabía bien.
Estaba preocupada por la abuela. Papá seguía en la sala de espera de urgencias.
Aún no había podido hablar con ningún médico.
Según Jennifer, quizá tuviera que quedarse allí toda la noche.
Cuando terminaron, ambas se quedaron sentadas en silencio.
—Creo que guardaré un poco para Bill —comentó Jennifer al fin—. Ha estado trabajando el día entero. Tendrá hambre.
De pronto, sonrió.
—¡Anda, qué despiste! ¿Qué tal en el camping? ¿Le habéis ayudado con la noria?
Heidi asintió.
—Sí. Ha sido divertido.
—Me lo imagino. ¿Había mucha gente?
Ella volvió a asentir.
—Casi todo el mundo se quería subir.
—Esa noria ha traído la alegría al pueblo. —Jennifer se levantó—. A la gente le encanta.
En ese momento, Heidi recordó al hombre de la gorra verde. Puede que él fuera el único al que no le gustaba.
—Bill es tan amable… —continuó la novia de su padre—. Y tan discreto. Apenas se nota su presencia.
—Bueno, es que acaba de mudarse.
—Es verdad. Pero parece muy atento y generoso. Mira lo que me ha regalado.
Entonces, le mostró un frasco de cristal.
—¿Qué es?
—Un tipo de té. Delicioso. Le dije que estaba muy cansada y me lo dio. Según él, es un revitalizante estupendo.
—Qué detalle.
También a ella le resultaba muy simpático. Si no fuera por lo de Borås y Strömstad. Y por lo del mapa. Además, había un hecho que no dejaba de inquietarla: tanto Albert como el señor Sullivan habían vivido, o vivían, en su casa. Dos hombres, los dos propietarios de una noria.
Heidi apartó la silla y se levantó.
—Gracias por la cena —dijo, dejando el plato en el lavavajillas.
—¡Gracias a ti por ayudarme a hacerla! ¿Te importaría bajarle esto a Bill?
A continuación, le extendió un plato envuelto en film transparente.
—Claro.
—Mételo en la nevera. Si cabe. La del sótano es tan pequeña… Además, creo que comentó algo de que ya había hecho la compra y la había llenado.
—Miraré a ver.
Heidi descendió por la escalera con el plato en las manos y entró a oscuras en la cocinilla junto al cuarto de invitados. Se le hacía un poco raro bajar allí ahora que Bill vivía en la casa. Sentía como si estuviera colándose en una propiedad ajena.
La puerta del frigorífico chirrió al abrirla. Estaba vacío. Ni leche, ni huevos, nada.
«Quizá come en el camping», pensó.
¿De verdad cabía esa posibilidad? Lo cierto era que, cuando le ofrecieron cenar con ellos, dijo que ya tenía la nevera llena.
Colocó el plato dentro y cerró. Luego, miró la hora. Harry y Alva no tardarían en llegar. Ojalá ellos la escucharan mejor que su padre.
De repente, desvió su atención hacia la puerta cerrada del cuarto de invitados.
¿Se atrevería a entrar en él y comprobar si seguía allí la caja de los papeles? De ser así, quizá pudiera dar con el mapa que había visto el día de la mudanza y cerciorarse de una vez por todas si ponía Strömstad o Hovenäset.
Si Bill mentía o no.
«Contrólate, Heidi», se dijo. «No puedes meterte en su habitación así como así, sin su permiso».
Y, a pesar de ello, allí se quedó, de pie, con los ojos clavados en la entrada del dormitorio.
El ruido de unos pasos en la calle llegó hasta sus oídos. Un vecino que sacaba a pasear a su perro. Nada más que eso. Desde luego, no se trataba del señor Sullivan.
La puerta estaba a solo unos metros. Nadie se daría cuenta.
Nadie.
Entonces, ¿a qué esperaba?