La noria del mal Capítulo 22
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Capítulo 22

U N SILENCIO SEPULCRAL reinaba en la cocina. Solo se oía el tictac del reloj de pared.

—¿Por qué quería el abuelo que tiraras las cosas del trastero? —preguntó Heidi.

—Porque decía que eran tonterías —respondió la abuela—. Pero yo no pensaba lo mismo.

—¿A qué se refería?

—A lo que nos contó la persona a la que perteneció la casa antes que nosotros —susurró.

—¿Fue él quien te pidió que te mantuvieras alerta?

—Ella —la corrigió la abuela—. Una mujer. Nos la vendió con ciento dos años. Tu abuelo y yo éramos jóvenes, apenas habíamos cumplido los veinte. Nunca había conocido a alguien tan mayor.

—¿Sabes que me he encontrado unas cartas en el sótano de la mía? Tenías razón, abuela. Hubo una noria en Hovenäset. Una cuya existencia casi nadie conoce. Solo tú.

—Ojalá yo tampoco supiera nada… —masculló la abuela—. Porque no hay modo de detenerla.

Parecía a punto de echarse a llorar. El agua empezó a hervir.

Heidi llenó las tazas. Mientras lo hacía, la imagen de Albert escribiéndole a Rosie regresó a su mente.

Recordó entonces las palabras de él, diciendo que la noria estaba terminada y confesando su miedo a volverse loco y peligroso si ella moría.

—Cuéntame qué dijo la antigua dueña. Hay demasiadas cosas que no acabo de comprender. Todo es como muy… confuso.

—No hay nada confuso en absoluto —replicó la abuela con voz ronca—. Compramos esta casa a una mujer muy anciana. Su hija también vivía aquí, en Hovenäset. Pero enfermó y murió tras dar a luz a su segundo hijo. Antes esas desgracias ocurrían. Eran tiempos muy duros.

Se detuvo un instante para tomar aire.

—Su yerno construyó una noria —continuó—. Y cuando la mujer murió, él perdió la cabeza y les hizo daño a sus propios hijos. Incluso al bebé. Mucho daño.

Heidi apretó el cordón de la bolsita de té y comenzó a subirla y a bajarla despacio dentro del agua. Lo sujetaba, de hecho, con tanta fuerza que casi empezaron a dolerle los dedos. Así que, efectivamente, Albert había acabado por volverse loco. Era cierto.

Entonces, se acordó con claridad de lo que la abuela le había dicho la última vez:

« Siempre que esa noria del mal empieza a dar vueltas, una criaturita arde en llamas » .

—¿Qué les hizo? —preguntó a media voz.

—No quieras saberlo. Solo te diré que nunca imaginé que pudiera existir alguien tan cruel.

Además, la anciana me obligó a prometer que no contaría nada a nadie.

Debía guardar silencio para siempre. A menos que otra noria llegara a Hovenäset alguna vez.

Entonces, sí, podría hablar de la tragedia sucedida a Rosie y a sus niños.

Recuerdo que me enseñó unas fotografías, porque yo no la creía.

Ha sido lo peor que he visto en mi vida.

La mano le temblaba a Heidi cuando sacó la bolsita de té de la taza y la dejó en un platillo.

¿Fotografías?

—¿Qué fotografías? —preguntó.

La abuela desvió la mirada. Algo en su rostro daba la impresión de haber empezado a cambiar.

—Las que escondí en el trastero —respondió—. A pesar de haberle prometido a tu abuelo que las tiraría.

—Yo también he visto unas fotos. ¿Te acuerdas de la que te enseñé? La de la mujer con los dos niños. La reconociste, ¿verdad? ¿Era ella la que enfermó y murió?

La anciana asintió.

—Rosie… —reafirmó con un leve murmullo—. Se llamaba Rosie.

Rosie.

« Vivió en mi casa » , se dijo Heidi para sus adentros. «Y su madre en la de la abuela » .

—¿Qué pasó con la noria de Albert? —preguntó entonces.

La anciana negó con la cabeza.

—No quiero pensar en eso. No quiero.

Su nieta le acercó la taza. Sin embargo, la abuela la apartó de un manotazo, con lo que se estrelló contra el suelo y se hizo añicos.

Trozos grandes y pequeños salieron disparados en todas las direcciones.

Al cabo de un segundo, el té empezó a extenderse como una mancha oscura sobre el entarimado de madera.

—¡Tienes que prometerme que tendrás mucho cuidado, Heidi! —exclamó la abuela—. Y decirle a quien sea el dueño de la noria que ha de marcharse de aquí de inmediato. ¡Ahora mismo!

Heidi no sabía qué hacer ni qué responder. Así que agarró un paño y trató de secar el suelo; tarea que no resultaba nada fácil, pues el líquido estaba aún caliente y los pedazos de porcelana eran afilados.

La anciana parecía cada vez más enajenada.

—No lo entiendo —objetó Heidi—. ¿Cómo voy a convencer a Bill de que se vaya de Hovenäset?

¿Por qué se había puesto así con ella? Daba la impresión de haber perdido el juicio por completo.

—¿Quién es Bill? —preguntó la anciana, desconcertada.

Heidi calló durante un par de segundos. Se había prometido a sí misma y a su padre no contarle a la abuela que habían tenido que alquilar una habitación.

—Es el dueño de la noria —respondió—. Y no sé por qué crees que es peligroso. Yo lo conozco. Es muy muy amable.

«Salvo cuando miente».

La abuela se hundió en su asiento, con las manos en el regazo. Tenía los ojos inyectados en sangre.

—No deberías haber entrado en contacto con él. ¡¿Es que no entiendes el peligro que corres?!

Su nieta estuvo a punto de dejar escapar un suspiro de disgusto.

—Pero ¿qué es lo que crees que va a hacer?

La anciana alzó la vista y la miró sin pestañear.

—Lo mismo que la última vez —contestó con un susurro lleno de malos presagios.

Heidi se quedó de piedra.

—¿Qué has dicho?

—Lo mismo que la última vez. ¿No lo comprendes?

No es la noria la que es peligrosa. Es su dueño, la persona que la controla.

Piensa que los bebés no traen más que desgracias y que hay que deshacerse de ellos.

Estoy segura de que ese hombre dista mucho de ser la persona que tú crees, Heidi.

Y no en el buen sentido. Él no es como nosotros. Es muy muy peligroso.