La noria del mal Capítulo 21
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Capítulo 21

L A NORIA SE PUSO EN MARCHA poco después.

Y ya no dejó de girar en todo el día. Los tres amigos se iban turnando para vender las entradas.

La hilera serpenteante de gente no tardó en extenderse hasta el supermercado del camping.

Muchos querían repetir y, en cuanto se bajaban, corrían a colocarse de nuevo a la cola.

Heidi trató de no pensar en que Bill había dicho Borås en lugar de Strömstad.

Sin embargo, no lo consiguió. De hecho, se equivocó a la hora de dar el cambio a varios clientes.

De modo que no pudo evitar suspirar aliviada cuando por fin llegó la hora del cierre de la atracción.

—No sé qué habría hecho sin vosotros —dijo el señor Sullivan—. De verdad, gracias por echarme una mano. Me aseguraré de que cobréis como es debido.

Los tres estaban agotados, pero felices. Puede que Bill necesitara ayuda más días, así que, tal vez, acabaran sacándose un buen dinero.

« En ese caso, podré ir a Alemania a ver a mamá», pensó Heidi.

Aunque lo más seguro es que no reuniera tanto como para poder comprarse el billete. Por otra parte, quizá su madre tampoco quisiera visitas. Hacía tiempo que no llamaba.

Al volver de regreso, según se alejaban de la noria, ya no pudo contenerse. Tenía que contarles a sus amigos que estaba convencida de que Bill había mentido sobre lo de Strömstad.

Estos intercambiaron una mirada recelosa.

—Cualquiera puede equivocarse —dijo Alva—. A lo mejor ha estado hace poco en Strömstad.

Harry asintió.

—O a lo mejor lo dijo tan bajito que lo entendiste mal.

Sin embargo, cuanto más hacía memoria, más segura estaba de que había dicho Strömstad.

Las dos veces: al hablar del mapa y, luego, del contrato que supuestamente había firmado para instalar la noria allí.

Además, seguía dándole la impresión de que, al dejar caer el plano, se había dado demasiada prisa en guardarlo.

El sol se escondió tras las nubes. No había duda de que iba a llover otra vez.

—¿Por qué te importa tanto? —preguntó Alva—. ¿Es tu abuela la que te ha metido el miedo en el cuerpo? ¿En serio crees que la noria de Bill es peligrosa?

—No sé qué pensar —respondió Heidi—. Pero en mi casa han pasado cosas raras, eso desde luego.

La cuna que se mece sola, el zapatito de bebé que alguien movió de sitio y colocó a la entrada de mi habitación, el ruido de pasos en la escalera, como de una persona andando de puntillas.

No puedo explicar de qué se trata… pero siento que hay algo malo en el ambiente…

De repente, se calló.

Ella tampoco quería creer que la noria fuera peligrosa, ni su dueño una mala persona.

Al fin y al cabo, Bill, siempre tranquilo y calmado, había salvado a su familia en un momento de gran apuro económico. Además, les había regalado una cuna preciosa, cosa que también les había venido muy bien. Sin su aparición, quizá habrían tenido que vender la casa. Así de simple.

Y, sin embargo, a pesar ello, algo la carcomía en su interior.

—Voy a ver a la abuela. Tengo que conseguir que me cuente todo lo que sabe.

Harry la miró en silencio.

—Suerte —murmuró Alva.

Luego, cada uno se fue por su lado.

El cielo continuaba encapotado cuando subió los escalones del porche de casa de su abuela y llamó al timbre. Un segundo después, como siempre, abrió con su propia llave.

—¡Hola! —exclamó—. Soy yo, abuela.

Nada más entrar, cogió aire con fuerza. Al menos, ya no olía a quemado. Sin embargo, daba la impresión de que todo estaba demasiado en silencio.

—¿Abuela?

Alzó un poco más la voz. Nadie respondió.

A continuación, cerró la puerta de golpe tras de sí y fue comprobando deprisa cada una de las habitaciones de la casa.

La abuela no estaba en el salón. Ni en la cocina. Ni en su dormitorio. Tampoco en el baño.

La terraza se encontraba abierta.

Heidi echó un vistazo en el jardín. Ni rastro de ella.

Acto seguido, volvió corriendo al interior. De pronto, notó una aguda punzada en el estómago. ¿Y si se había caído? ¿O si había salido, se había desorientado y no sabía regresar?

—¡Abuela!

Entonces, por fin, oyó su voz, procedente del desván.

—¿Qué son esos gritos, mi niña?

Heidi se quedó sin palabras. Su abuela no subía aquella pronunciada escalera desde hacía más de dos años. Sus dolores de piernas y de cadera se lo impedían. Además, arriba no había nada. Era como una buhardilla grande y vacía.

Su padre le había contado en una ocasión que sus abuelos estuvieron mucho tiempo planeando qué hacer con aquel espacio, pero que nunca llegaron a ponerse de acuerdo entre ellos, por lo que jamás acabaron de hacerlo habitable.

—¿Qué haces aquí arriba, abuela? —preguntó ella, conforme subía con cuidado.

Nada más asomar medio cuerpo, Heidi se quedó petrificada en el último escalón.

La anciana estaba en mitad de la estancia con una ganzúa en la mano. Tenía el pelo revuelto y los dos botones superiores de la blusa abiertos. Puede que no hubiera siquiera llegado a abrochárselos al vestirse. En cualquier caso, su aspecto resultaba inquietante.

—No consigo abrir el trastero —susurró.

Heidi se acercó despacio hacia ella.

Nunca le había tenido miedo a su abuela. Tampoco en ese momento. Sin embargo, no le gustaba verla con esa mirada perdida y aquella herramienta en la mano.

—¿Qué buscas ahí? —preguntó.

—Pues… quería encontrar todo lo que prometí tirar… —balbuceó—. Se lo prometí a Egon. Pero no lo hice. No tiré nada. Y ahora me alegro.

El trastero era un espacio que quedaba detrás de un muro bajo construido contra el techo inclinado. Por lo visto, la abuela había intentado forzar con la ganzúa la portezuela que daba a su interior, pues la pintura estaba rozada y el suelo lleno de astillas.

Heidi se agachó delante del pomo y tiró de él.

—No se abre —dijo la abuela—. No comprendo por qué.

Sin embargo, su nieta sí que lo entendía.

La puerta estaba fuertemente fijada a la pared por un centenar de clavos.

—Abuela, ¿los pusiste tú? —preguntó, al tiempo que pasaba los dedos por encima de esa hilera de cabezas de hierro.

Notó cómo la boca se le secaba al hablar. Quienquiera que lo hubiera hecho, se había asegurado bien de que nadie pudiera acceder al trastero.

La abuela la miró con fijeza y, luego, pestañeó un tanto sorprendida al recordar.

—Sí. Fui yo. Los clavé para que tu abuelo no descubriera lo que había guardado ahí dentro.

—Ven, bajemos —propuso su nieta mientras se incorporaba de nuevo—. Te prepararé una taza de té.

La anciana dejó la ganzúa en el suelo.

Heidi la sostuvo del brazo rumbo a la escalera. A continuación, descendieron muy despacio por ella, peldaño a peldaño.

—Esto no le viene muy bien a mi cadera que digamos…

—Es mejor que te quedes siempre abajo —respondió Heidi.

No podía evitar sentir curiosidad: ¿qué era lo que su abuela quería recuperar del trastero? Tenía que haber un motivo para haber sellado aquella portezuela.

—¿No me puedes contar lo que estabas buscando? —preguntó.

A continuación, llenó un cazo de agua y lo puso al fuego. Sacó dos tazas y colocó una bolsita de té en cada una de ellas. Antes, cuando su abuela se encontraba bien, le encantaba tomarlo en su compañía y hablar de cualquier cosa. Ahora ya no era igual.

La anciana miró con inquietud hacia la puerta de la terraza y el jardín.

—Prometí tirarlo todo —dijo—. Lo prometí. Pero no pude. Porque ocurrió algo terrible. Y tengo miedo de que vuelva a pasar…