La noria del mal Capítulo 20
47%

Capítulo 20

C UANDO H EIDI Y H ARRY LLEGARON al camping, Alva y el señor Sullivan los esperaban junto a la noria. Ya se había formado una larga cola de personas que querían subirse a la atracción.

—¡Qué maravilla que podáis echarme una mano! Hoy va a haber mucho trabajo —sonrió Bill al tiempo que señalaba hacia la fila de gente.

Llevaba puesto siempre el mismo jersey de punto, sin importarle el calor que hiciera.

—He pensado algo —continuó—: vosotros os encargáis de vender las entradas y yo me ocupo del control de la noria. ¿De acuerdo?

Los tres chicos asintieron.

Luego, los condujo hasta una mesa sobre la que había colocada una vieja caja registradora, una bolsa de tela llena de monedas para el cambio y un datáfono para quienes quisieran pagar con tarjeta.

—La caja no funciona —aclaró—. Pero ¿a que es una monada?

Todos estuvieron de acuerdo. Pintada de rojo, azul y dorado, parecía sacada de un museo. Emitía un chasquido seco al pulsar las teclas.

Heidi observó cómo Harry cobraba al primer cliente. Se le veía contento y seguro de sí mismo, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida que vender entradas. Bill se situó junto a la noria para ponerla en marcha.

—Maldita sea… —murmuró al cabo de unos segundos con cara de contrariedad—. He olvidado apretar los tornillos de una de las cabinas. Hay un asiento que está flojo. Así no podemos arrancar.

Heidi se quedó unos instantes dudando acerca de cuál de los habitáculos sería. ¿Quizá el de las luces rosas, el prohibido? Finalmente, se atrevió a preguntarlo.

—No —respondió Bill con gesto serio—. Ese no tiene arreglo. Acuérdate: nadie puede montarse en él.

Ella miró la cabina de la estrella negra. Qué raro que no pudiera repararse…

—¿Te importa acompañarme al camión a buscar la caja de herramientas? —preguntó el señor Sullivan.

—Claro.

—Estupendo —replicó él, volviéndose hacia la gente que aguardaba—. ¡Enseguida volvemos! Dadme unos minutos para poner a punto un último detalle.

El vehículo se hallaba algo apartado. La alargada sombra de un árbol enorme se proyectaba sobre él.

—Vamos a ver… —dijo Bill, saltando a la plataforma.

La carga se encontraba cubierta por un grueso plástico amarillo sujeto con unas anchas correas. El señor Sullivan se metió debajo. Al poco, Heidi volvió a oírle maldecir.

—¡Heidi, ven un segundo! —exclamó él.

—¡Ya voy!

Ella se subió de un salto. Justo en ese momento, se percató de que alguien miraba fijamente el camión. Lo reconoció al instante: era el hombre de la gorra verde, el mismo que había torcido el gesto al ver la noria la tarde en que esta llegó a Hovenäset.

Heidi se quedó observándole; a continuación, se deslizó bajo el plástico.

Bill estaba agachado, con una linterna en la mano.

—Parece que se han caído algunas cosas —dijo, alumbrando hacia el fondo—. No llego a las herramientas. ¿Me puedes ayudar? Yo levanto lo que se ha volcado y tú tiras hacia ti de la caja.

—Vale.

—Gracias. Muy amable de tu parte.

Ella se arrodilló y fue hasta el fondo de la carga, donde enseguida localizó las herramientas. Se habían quedado atrapadas bajo una mesa grande que se había vencido hacia delante.

«Espero que la mesa no se me caiga encima», pensó. Al cabo de un segundo, la imagen del hombre de la gorra verde volvió a cruzar por su mente. ¿Qué le pasaba? ¿Sería de esos que no soportan que los demás se diviertan?

—¿Cómo se encuentra tu abuela? —preguntó Bill.

—Regular.

No creyó que fuera buena idea contarle que la abuela estaba aterrada por la presencia de la noria en el pueblo.

—Seguro que se anima cuando tu madrastra tenga al bebé. Esas cosas siempre alegran la vida.

—Puede ser.

«Madrastra».

Otra vez. ¿Quién habla así hoy en día?

—¡Ahora sujeto yo la mesa! —avisó Bill.

Heidi agarró la caja y tiró de ella con fuerza.

—¿Ya la tienes? —preguntó él.

—Sí.

A continuación, acabó de sacarla del todo y la dejó a un lado.

—Menos mal que he venido a Hovenäset —dijo Bill con una sonrisa—. En Borås seguro que no habría tenido la suerte de encontrar unos ayudantes tan estupendos.

—¿En Borås? —repitió Heidi, un tanto desconcertada.

—Eso es. Era allí adonde iba, pero el contrato se canceló. Os lo conté el primer día.

Ella trató de recordar.

—No. Dijiste que ibas a Strömstad —replicó al cabo de un segundo.

Él soltó una carcajada.

—No, no. Te equivocas. Dije a Borås.

La cabeza de Heidi se puso a funcionar a toda máquina. Estaba segura de que había hablado de Strömstad. No una, sino dos veces. Además, había visto un mapa en una de sus cajas: un mapa de Hovenäset. Y cuando se lo mencionó, le había asegurado que se confundía, que era de Strömstad.

—Venga, vamos a arreglar la noria —sentenció Bill—. Que no se quede sin subir la gente que ya ha sacado su entrada.

Todo el camino de vuelta fue unos pasos detrás de él, con la caja de herramientas en la mano.

Le había mentido.

Dos veces.

Es cierto que se trataba de una cosa sin importancia, pero, aun así, le resultaba muy raro que lo hubiera hecho. ¿Qué más daba que fuera a ir a Borås o a Strömstad? A ella le traía sin cuidado. Aunque puede que a él no.

Quizá, simplemente, Bill se había liado y no se acordaba de lo que había dicho en su momento.

Dos veces.

Y también cabía la posibilidad de que ella estuviera equivocada con lo del mapa. En cuyo caso, habría mentido o se habría confundido solo una vez. Cosa que casi no contaba.

« Habla con tanta gente que a veces seguro que no recuerda lo que le dice a cada uno», se intentó convencer Heidi.

Pero ¿de verdad era eso lo que creía?

Hundió las manos en los bolsillos.

Aquel mapa. Necesitaba verlo otra vez. Y también hablar a solas con la abuela. Cuanto antes.