La noria del mal Capítulo 19
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Capítulo 19

P ASARON UNOS DÍAS. Todos muy parecidos entre sí.

Primero, salía el sol, circunstancia que Heidi aprovechaba para irse con Alva y Harry a bañarse y a montarse en la noria.

Bill siempre se alegraba al verlos. Después, por la tarde, llegaban la lluvia, los truenos y los relámpagos.

A menudo la tormenta se alargaba la noche entera.

La cuna dejó de mecerse sola; sin embargo, la lona seguía crujiendo a veces. Ella decidió hacer oídos sordos y siguió pensando en lo ocurrido en los últimos días. Leyó la colección de cartas del estuche metálico al completo. Todas hablaban de lo mismo.

El deseo de Albert de que Rosie se pusiera bien.

Por lo visto, si esta no regresaba a casa, él sería muy desgraciado. Incluso puede que se volviera peligroso. En ninguna decía dónde se encontraba su esposa, aunque eso daba igual. Lo esencial era que estaba enferma de gravedad.

Heidi reflexionó sobre los sucesos de las últimas noches y sobre lo que le había dicho la abuela.

También le daba vueltas al contenido de las cartas, al álbum de fotos del sótano y a los objetos aparecidos bajo el suelo de su cuarto.

¿Por qué seguirían allí aquellas cosas? ¿Y cómo es posible que la cuna se meciera sola, sin que nadie la tocara?

Tenía tantas preguntas que hacerle a la abuela que iba a verla todos los días.

Tal vez tuviera alguna información extra que pudiera compartir con ella.

Quizá la encontrara con la mente clara y despejada, de modo que pudiera confiar en lo que le contara.

Pero Heidi nunca estaba de suerte. La anciana se sentía siempre demasiado cansada para conversar de asuntos importantes o demasiado ocupada con las visitas de la asistencia a domicilio.

Intentó hablar con Alva y Harry, pero los dos creían que su amiga exageraba. ¿Qué más daba lo que pusiera en unas viejas cartas o lo que dijera una anciana que no regía bien? Les horrorizaba además la idea de que la atracción pudiera llegar a ser peligrosa para los recién nacidos.

—¡Pero bueno! —exclamó Alva—. Tu abuela ha perdido la cabeza.

Ella misma también lo pensaba. Y, no obstante, resultaba curioso que la madre de su padre hubiera acertado en algunas cosas. Por ejemplo, sí que era cierto que había existido una noria en Hovenäset. Algo de lo que nadie parecía saber nada.

—¿Y los ataúdes? —insistió Heidi—. Los de la fotografía. Algo tuvo que pasar. Algo espantoso.

—Puede ser —dijo Harry—. Pero fue hace mucho tiempo.

El argumento de su amigo no la tranquilizó en exceso, pues la abuela había dicho claramente que también ahora podían suceder cosas horribles. La cuestión era cuándo.

Un nuevo día amaneció. Papá la despertó dándole unos golpecitos en el brazo con suavidad.

—Tienes visita, dormilona. Harry te está esperando en la cocina.

Heidi saltó de la cama, aún medio legañosa. Su amigo nunca iba a verla tan temprano.

—¿Ha pasado algo?

—Por lo visto, ha llamado Alva —explicó su padre—. Se ha encontrado con Bill en el camping. Parece que necesita que le echen una mano. Lo digo por si os apetece acercaros. Supongo que tu amiga querrá aprovechar y aprender el oficio.

Cinco minutos después, ya estaba vestida en la cocina, comiéndose un sándwich a toda prisa.

—Con calma —dijo Jennifer—. Hay tiempo de sobra.

Parecía más animada que los últimos días.

—¿No te ha visitado ningún monstruo esta noche? Hace bastante ya que no, ¿verdad? —bromeó su padre, guiñándole un ojo.

—No —respondió Heidi con sequedad.

Harry se quedó observándola sin decir nada. Él estaba del lado de Jennifer. Lo sabía.

—¿No trabajas hoy? —preguntó ella.

—Sí, enseguida me voy.

Fredde bebía café en su taza favorita: una azul que su hija le había hecho cuando iba a preescolar. Tenía cara de estar preocupado.

A Heidi le dio un repentino vuelco el corazón.

—¿Qué ocurre? ¿Es que te has quedado sin trabajo?

Él esbozó una leve sonrisa.

—A ti no hay quien te engañe. No, no me he quedado sin trabajo, pero no me han dado tantas horas como esperaba. Menos mal que alquilamos el cuarto de invitados. Si no es por ese dinero, no habríamos podido salir adelante.

Harry también parecía inquieto: miró al padre de Heidi primero; luego, a su amiga; y, por último, volvió su atención de nuevo hacia Fredde.

Heidi cambió rápidamente de tema. No quería oír ni una palabra más sobre el tema de la falta de dinero.

—¿Para qué necesita ayuda Bill?

—Hoy va a dejar subir a todo el mundo a mitad de precio —contestó Harry—. Así que le hace falta alguien que vaya dando los tiques. Cree que vendrá mucha gente.

Ella le pegó otro mordisco al sándwich. Puede que fuera divertido eso de vender entradas.

Su padre se preparó para salir.

—¿Puedes pasarte luego por casa de la abuela? —le pidió—. No estoy seguro de que esas visitas extra que hemos pedido de la asistencia a domicilio sean suficientes.

Heidi tampoco lo estaba.

—Claro. Aunque siempre que voy a verla parece no tener tiempo para dedicármelo a mí…

—Aun así, sería bueno que fueras… Ojalá Bill venda muchas entradas… —se despidió, dirigiéndose hacia la puerta.

Eso esperaba también ella.

Aunque lo que de verdad deseaba en el fondo era, sobre todo, que la abuela tuviera por fin un día medianamente lúcido. Cada vez que sacaba el móvil, no podía evitar releer su mensaje.

Me aterra pensar que ya no se pueda hacer nada, Heidi .

¿Y si es demasiado tarde?

«¿Y si tiene razón?», se preguntó para sus adentros. «Quizá ahora mismo estén ocurriendo cosas terribles sin que nos demos cuenta. Y puede que, en efecto, cuando lo hagamos sea ya demasiado tarde. ¿Qué pasará entonces?».