Capítulo 18
C ON MUCHO CUIDADO, Heidi desató la cinta azul que sujetaba el fajo de cartas y empezó a hojear los sobres de uno en uno. Puede que estuvieran organizados de forma cronológica, así que no quería que se le mezclasen.
Resultaba difícil leer su contenido, ya que la tinta se había corrido en algunos lugares y la caligrafía era antigua y abigarrada. A pesar de ello, la impresión que le dio fue que en todos estaba escrito lo mismo: Para Rosie Larsson .
Al cabo de unos segundos, abrió el de más arriba.
El papel, gris claro, tenía el tamaño de una cuartilla normal.
Le sorprendió la brevedad del mensaje. Únicamente unas cuantas líneas garabateadas con idéntica letra florida. La primera de ellas, sin embargo, sí que pudo descifrarla bien:
Querida Rosie:
A continuación, sin embargo, la cosa se complicaba, de modo que tuvo que encender la lamparita de lectura que había junto a la cama e inclinarse sobre la carta. Entonces, probó a leer en voz alta las desgastadas palabras, lo cual le facilitó la tarea.
Querida Rosie:
Todo me parece vacío y horrible estando tú enferma .
¡Mejórate cuanto antes! Te añoro muchísimo .
Tuyo ,
Albert
De repente, un ruido en el piso de abajo hizo que se sobresaltara. Solo era su padre, al que se le había caído algo en la cocina. Enseguida lo escuchó soltar varias palabrotas.
Centró de nuevo la atención en el escueto mensaje.
¡Mejórate cuanto antes!
¿Sería Rosie la mujer de las fotos del álbum? Siempre se la veía acostada en la cama, con un aspecto muy poco saludable.
Heidi le dio la vuelta a la carta. No había nada escrito en el reverso.
A continuación, examinó el sobre, donde tampoco encontró pista alguna. No tenía dirección ni sello, cosa que le pareció rara.
Al cabo de unos minutos, notó cómo le empezaban a escocer los ojos. Estaba cansada. La lona emitió un leve crujido. La miró de reojo. Necesitaba paz y tranquilidad esa noche. No debía tardar mucho en dormirse.
Pero primero quería echarle una ojeada a otra de las cartas.
Sus dedos se movieron con torpeza a la hora de extraer el contenido del sobre. Una cierta decepción se apoderó de ella al comprobar que este mensaje también era muy breve. Sin embargo, al comenzar a leer, todo cambió.
Querida Rosie:
Tu madre dice que estás peor. Por favor, querida, ¡tienes que sobrevivir! Si no, me volveré loco. Incluso puede que me convierta en alguien peligroso. Para mí y para nuestros hijos .
No podemos vivir sin ti. ¡Ni un solo día!
Ya tengo lista la noria. Será la primera en Hovenäset. ¡Y la más hermosa del mundo!
¡Así que vuelve pronto a casa! Te espero .
Tuyo ,
Albert
Heidi se quedó helada. Ya tengo lista la noria .
De modo que la abuela estaba en lo cierto.
Ya había habido antes una atracción de ese tipo en Hovenäset.
Pero no una ambulante traída de otro lugar, sino una construida aquí mismo.
Por un hombre con una esposa enferma y dos hijos.
Un hombre que creía que iba a enloquecer y resultaría peligroso si su mujer, Rosie, moría.
Un pájaro graznó en el exterior de la ventana del dormitorio.
Ella cerró los ojos. La imagen de los tres ataúdes se dibujó de nuevo en su mente.
No se atrevió a volver a abrir el álbum de fotos, pues, justo en ese momento, le pareció comprender quiénes estaban dentro de los dos pequeños féretros: el niño y el bebé. Pero ¿qué era lo que había ocurrido?
Volvió a leer la frase:
Ya tengo lista la noria .
La noria de un tal Albert, construida por él mismo.
Las palabras de la abuela resonaron en su cabeza:
«Siempre que esa noria del mal empieza a dar vueltas, una criaturita arde en llamas».
¿Y al otro niño, el que era algo mayor? ¿Qué le había pasado?
Las manos le temblaban conforme empezó a guardar las cartas. «Nadie se quemó. ¡Nadie! Es solo la abuela, que se inventa historias», se dijo a sí misma.
A pesar de ello, no podía sacar de su mente lo que Albert había escrito:
Si no, me volveré loco. Incluso puede que me convierta en alguien peligroso .
Pensó en el zapatito que había encontrado. Y en el sonajero. Luego, recordó al bebé de Jennifer pataleando dentro de su vientre.
¿Cómo de peligroso podía volverse un padre para sus hijos?
Entonces, escuchó un leve crujido. Se enderezó y prestó atención. Al cabo de unos segundos, el ruido se repitió: era como si alguien caminara al otro lado de la lona.
Heidi dudó un instante. Después, salió corriendo a toda velocidad hacia la habitación contigua.
—¿Hola?
No hubo respuesta.
Avanzó hasta el centro de la estancia y se detuvo en seco.
El ruido procedía de la cuna que Bill les había regalado.
Se movía despacio de un lado a otro, como si alguien la estuviera meciendo con suavidad. Sin embargo, allí no había nadie, aparte de ella.