Capítulo 17
N UNCA SE LE HABÍA IDO TANTO LA CABEZA a la abuela como aquella noche. Jamás. ¿Quizá fuera porque había saltado la alarma de incendios? Eso podría explicar por qué dijo lo de que los niños se quemaban.
Aunque, en realidad, daba igual la explicación. Aquello era demasiado. Simple y llanamente demasiado.
«Siempre que esa noria del mal empieza a dar vueltas, una criaturita arde en llamas».
Sonaba tan horrible que no quería ni imaginárselo.
Cuando Fredde salió a la terraza, la abuela se quedó en silencio. No se dijo una palabra más sobre los antiguos habitantes de la casa de Heidi. Ella no hizo más preguntas, ni tampoco mencionó el zapatito ni el sonajero. De hecho, apenas mantuvieron conversación alguna.
Hasta que se marcharon de vuelta a casa. Entonces, sí, él empezó a hablar sin parar. Estaba muy enfadado porque su madre se hubiera dejado la placa encendida.
—¡Imagínate si se hubiera producido un incendio! ¡Podría haber muerto!
—No digas eso —respondió ella. A la cabeza le vino la imagen del bebé que supuestamente se había quemado y la de los ataúdes al final del álbum familiar.
Al cabo de unos segundos, le refirió a su padre lo que la abuela había dicho, aunque sin mencionar que todo había empezado por la fotografía que ella misma le había mostrado.
Fredde se quedó horrorizado.
—Hay que llamar a los servicios sociales del ayuntamiento —dijo—. La abuela tiene que mudarse a un sitio donde puedan cuidar bien de ella.
Un gesto de profunda tristeza se dibujó en su rostro. Luego, apretó el paso. Había parado de llover. Sin embargo, ninguno de los dos sugirió retomar el plan de los cangrejos.
Al llegar a casa, reinaba un silencio absoluto. También estaba todo oscuro.
—Como si fuera pleno invierno… —observó él.
Eran las nubes en el cielo las que hacían que pareciera noche cerrada.
—¡Hola! —exclamó al entrar.
Nadie respondió.
Heidi fue a la cocina a buscar un vaso de agua. La comida estaba servida sobre la mesa. Echó una ojeada al salón y vio a Jennifer durmiendo en el sofá, con una manta por encima. Su padre sonrió al verla.
—Así que estás aquí vagueando un poco, ¿eh? —bromeó mientras le acariciaba el cabello.
Ella se dio media vuelta.
—Necesitaba descansar un ratito.
—Has hecho bien —replicó él.
—¿Cómo está Ingeborg?
Ingeborg era la abuela. Fredde suspiró.
—Pues… ¿por dónde empiezo?
Heidi regresó a la cocina. Se le partía el corazón al oír a papá hablar de la abuela.
¿Por qué no podían ser las cosas igual que antes?
Aunque, en honor a la verdad, no sabía muy bien lo quería decir con eso de «como antes».
Puede que se refiriera a que su padre volviera a sentirse feliz y a tener un trabajo estable.
A que volvieran a tener dinero. A que su cuarto tuviera cuatro paredes y no tres. O a que mamá aún viviera en Hovenäset.
«¿Cómo has podido abandonarme?», se preguntó con enfado para sus adentros.
Luego, dejó con brusquedad el vaso de agua sobre la mesa. No quería que su madre ni el resto de su chalada familia ocuparan su mente ni un minuto más
—¡A cenar! —exclamó su padre.
Al cabo de unos segundos, los dos entraron en la cocina.
La novia de su padre tenía cara de sueño.
Fredde continuó hablando de la abuela mientras comían.
Ella apenas los escuchó, pero sí que le llamó la atención que él no mencionara en ningún momento lo del bebé que podría acabar ardiendo en llamas.
Mejor así. Jennifer se habría alterado al oírlo.
Heidi se terminó enseguida su cena.
—Muchas gracias, estaba muy rico —dijo nada más acabar.
Acto seguido, subió a su cuarto a toda prisa, cerró la puerta tras de sí y sacó el estuche metálico verde y el álbum de fotos.
La abuela había reconocido a la mujer de la imagen.
Y se había asustado al verla. Por lo visto, algo terrible tuvo que ocurrirle en su día.
Pero ¿quién le habría hablado sobre su existencia?
¿Y qué quería decir con lo de que había prometido mantenerse alerta para que la noria no volviera nunca por allí?
Heidi abrió el estuche y sacó las cartas. Sabía que no estaba bien eso de leer el correo ajeno, aunque, en este caso, se trataba de una correspondencia tan antigua que no pasaba nada.
«Tengo que averiguarlo», se dijo a sí misma. «Tengo que averiguar qué fue lo que pasó en esta casa».