La noria del mal Capítulo 16
37%

Capítulo 16

—¡¿ M AMÁ?! ¡¿ E STÁS EN CASA?!

La alarma de incendios empezó a sonar.

Heidi echó a correr detrás de su padre.

—¡No! —gritó él—. Quédate ahí fuera.

Sin embargo, ella se negó a obedecer.

Fredde se adentró en la cocina, agarró un paño y se puso a agitarlo en el aire. Olía a quemado y de uno de los fogones, el que tenía una sartén de hierro encima, salía una densa columna de humo.

—Está friendo algo —dijo su hija.

Él dejó de tratar de disipar la densa neblina y apagó la placa. Al cabo de unos segundos, consiguió silenciar la alarma.

—¿Hola? —se oyó la voz de la abuela desde el pasillo.

—¿Mamá? Somos Heidi y yo.

—¡¿A qué viene este alboroto?! —exclamó ella, molesta.

—No hemos sido nosotros —contestó su hijo—. Has sido tú. Te has dejado puesta la sartén con las salchichas, ¿lo ves?

La abuela observó con pesar su cena quemada.

—Vaya… —titubeó—. Es que… es que me entró hambre… pero luego se me pasó.

Fredde respiró hondo.

—Mamá… Ya sabes que son los del servicio de asistencia a domicilio quienes tienen que preparar la comida.

Ella bajó la mirada y se puso a juguetear con un botón de la rebeca, que llevaba mal abrochada, de modo que un lado le quedaba más bajo que el otro.

—Voy a preparar algo de café —señaló su hijo tras un breve suspiro, replicado en el acto por la abuela.

—Yo saco las tazas. Si es que consideráis que eso sí puedo hacerlo.

—Tú puedes con todo, superabuela —dijo Heidi, agarrándola de la mano.

—Me temo que ya no soy tan superabuela —contestó ella cabizbaja.

—Claro que sí —comentó él—. Pero tienes que aprender a pedir ayuda cuando la necesitas.

—Y a no cocinar —añadió su nieta, mirando las salchichas.

Ella y la anciana colocaron todo en una bandeja y salieron a la terraza. Fredde se quedó lavando la sartén y esperando que estuviera listo el café.

Heidi puso sobre la mesa las dos tazas y el vaso de zumo que se había preparado. Un ruido incesante de platos y ollas llegaba desde la cocina, así que aprovechó la ocasión, ahora que estaban solas, para plantearle a su abuela lo que tantas ganas tenía de preguntarle.

—Abuela, ¿tú sabes algo de la familia que vivió en nuestra casa antes que nosotros?

La anciana había residido en Hovenäset desde joven, de modo que conocía a casi todo el mundo. Tal vez supiera de la mujer y los niños de las fotos.

—¿De los anteriores dueños? ¿Por qué quieres saberlo? Era gente mayor y aburrida que solo estuvo allí un año.

—¿Solo un año? —dijo Heidi.

—Se llamaban Lena y Leif. O puede que Oskar y… Ulla. No lo recuerdo. No importa. El caso es que no debió de acabar por gustarles esto.

—Pero ¿y antes de ellos? —preguntó su nieta con cierta impaciencia—. Como hace unos cien años…

La abuela negó con la cabeza.

—No sé nada. Nada en absoluto.

El estruendo procedente de la cocina continuaba. Era evidente que su padre tenía todavía tarea por delante para arreglar aquel caos.

—Es que he encontrado unas fotos antiguas en el sótano —comentó Heidi—. Pensé que tal vez tú sabrías algo de las personas que salen en ellas.

Acto seguido, extrajo del bolsillo trasero de su pantalón la fotografía que se había guardado, y la alisó con las manos, pues se había arrugado un poco.

—Estos… ¿Sabes quiénes son? —señaló.

La abuela tomó la fotografía. Nada más ver a la mujer y a los dos niños, empezó a temblarle la mano.

—Pero, por el amor de Dios, Heidi… ¿Dónde has encontrado esto?

Ella no respondió de inmediato. Acababa de percatarse de un detalle que, hasta ese momento, se le había pasado por alto. En la parte de atrás, había escrita una fecha: 1902.

Hacía muchísimos años de aquello.

—Ya te he dicho que en el sótano —respondió ella—. Dentro de un álbum. Estoy casi segura de que vivieron en mi casa.

La abuela soltó la fotografía y dejó escapar un gemido.

—¿En tu casa? —susurró—. ¿En tu casa? Dios mío… Ayúdanos. Ayúdanos.

Heidi se acordó de los ataúdes.

—¿Qué pasó con la mujer y los niños?

—Fue una historia horrible. No quiero ni pensar en ello —replicó la anciana, negando con la cabeza con vehemencia.

Las manos de Heidi empezaron a sudar. Las mejillas se le pusieron coloradas. Casi siempre había sido capaz de percibir cuándo la abuela se encontraba confusa y decía tonterías. Sin embargo, en esta ocasión, no parecía ser ese el caso. Un profundo miedo comenzó a abrirse camino en su interior.

«Por favor, dime que te lo estás inventando todo».

—¿De qué murieron? —preguntó con un hilo de voz.

—No quiero pensar en ello. Ni un solo segundo.

El farfullar de su padre se hizo cada vez más nítido. Era obvio que aparecería en la terraza de un momento a otro.

—Tienes que hacer que se lleven la noria, Heidi —murmuró la anciana—. ¡Es muy muy urgente que lo hagas!

Heidi se vio invadida por una honda tristeza.

¿Cómo explicarle, en esas condiciones, lo importante que aquella atracción de feria se había vuelto para todos?

¿Cómo hacerle entender que su propietario se alojaba en casa por lo mucho que necesitaban el dinero, y que ni él ni su máquina entrañaban peligro alguno?

La respiración de la abuela se volvió fatigosa.

Se inclinó sobre la mesa y agarró los brazos de su nieta con las manos arrugadas.

—Prometí mantenerme alerta —dijo—. Prometí asegurarme de que la noria y su dueño no volvieran nunca por aquí. Pero ya soy vieja, Heidi, así que necesito tu ayuda. Hazlo por tu futuro hermanito…

—No lo entiendo —respondió ella—. ¿Por qué va a ser peligrosa para los bebés? ¡Si son demasiado pequeños para subirse!

—No importa —musitó la abuela—. Es letal para ellos de todos modos. Porque siempre que esa noria del mal empieza a dar vueltas… una criaturita arde en llamas…

Heidi dio un respingo.

—¿Arde…?

La abuela empezó a llorar.

—Se queman. Siempre que esa noria del mal empieza a dar vueltas, una criaturita arde en llamas. ¿Entiendes ahora por qué es tan urgente lo que te digo?