Capítulo 15
N UBES DE UN AZUL OSCURO, casi negro, se agolpaban en el cielo cuando Heidi y su padre salieron en busca de cangrejos.
No podía dejar de pensar en lo que había hallado en el sótano.
¡Y en las cartas! Nadie se había fijado en ella cuando subió corriendo a su habitación con el estuche metálico y el álbum.
Lo escondió todo bajo la cama. Sentía tanta curiosidad por leer el contenido de la correspondencia que casi se arrepintió de ir a pescar.
Esas personas de las fotografías… ¿Cuándo habrían vivido allí? ¿Y qué les habría pasado?
Una parte de sí misma deseaba no haber visto la imagen de los ataúdes. Dos pequeños y uno grande. Del tamaño de la mujer y los niños…
Por supuesto, sabía que su casa era vieja y que antes que su familia habían vivido otras personas en ella. Pero nunca se había detenido a pensar quiénes serían. Hasta ahora.
A mitad de camino, se encontraron con Bill, que venía hacia ellos en dirección opuesta. Este los saludó de manera efusiva.
—¿Todo bien? —preguntó Fredde—. Me refiero a la habitación y a la noria.
—¡Oh, sí! Ha sido más fácil de lo que me esperaba.
—Me alegro. Heidi y yo nos vamos a pescar cangrejos. A las siete estaremos de vuelta para la cena. Jennifer ha preparado sus famosos espaguetis a la boloñesa. Si quieres unirte, hay de sobra.
—Muchas gracias, pero no hace falta —respondió Bill—. Ya he llenado de comida la nevera del sótano. Además, tengo trabajo, seguro que no sería una compañía muy amena esta noche.
—¡Vale! ¡En otra ocasión! —contestó Fredde—. Y, oye, gracias de nuevo por la cuna. Nos encanta a los dos.
—Me alegro mucho de que os guste. Quería que alguien pudiera aprovecharla.
Prosiguieron la marcha. Ella estaba contenta de que su padre no hubiera invitado a su novia —ni a Bill— a ir con ellos, que continuara pensando que se trataba de un plan exclusivo de ellos dos solos.
De todas formas, seguro que Jennifer no se habría apuntado aunque se lo hubieran pedido.
Se la veía muy cansada y había dicho que iba a tumbarse un rato.
En ese momento, empezó a llover de nuevo, justo cuando llegaban al pequeño puerto del pueblo.
—Qué mala pata… ¿Quieres que vayamos, aunque esté lloviendo? —suspiró, mirando a su hija a los ojos.
Era obvio que a él también se le habían quitado un poco las ganas. A ella no le importaba regresar; no es que le volviera loca la idea de empaparse hasta los huesos.
—No —repuso—. Mejor vamos directos a ver a la abuela.
Su padre se pasó el corto trecho hasta la casa de su madre silbando. Algunos vecinos que habían salido a pasear bajo la lluvia los saludaban alegremente al pasar.
A Heidi no se le iba de la cabeza el álbum de fotos que había encontrado en la caja del sótano.
No dejaba de pensar en esa mujer tan seria y en los niños de las imágenes.
Y en el sonajero junto al bebé. Se moría de ganas de ponerse de nuevo a observarlas con más calma.
Puede que, al hacerlo, descubriera también el zapatito.
El mismo que alguien había colocado a la entrada de su cuarto en plena noche.
No pudo evitar sentirse un tanto enojada al recordar que su padre y Jennifer no la habían creído cuando les contó lo de la presencia detrás de la lona. Aunque, por otra parte, entendía que les sonara muy extraña toda aquella historia. Además, no tenía prueba alguna de que fuera cierta.
Fredde subió con paso firme los escalones de acceso a la casa de su madre. Heidi quería estar un momento a solas con ella, pues traía algo que quería enseñarle: una de las fotografías del álbum.
«Se la mostraré, por muy rara que esté la abuela», pensó. No valía la pena esperar la ocasión idónea para hacerlo. ¿Quién sabe cuándo se presentaría?
Su padre llamó al timbre. Al cabo de un instante, sacó su propia llave y abrió la puerta. Heidi echó enseguida un vistazo por encima del hombro de él.
No tardó ni un segundo en darse cuenta de que algo iba mal.
Muy mal.
Humo.
Todo el recibidor se hallaba inundado por una fina y blanca capa de humo.
Y olía a quemado.
—¡Fuego! —gritó su padre antes de salir disparado hacia el interior de la casa.