Capítulo 14
L OS PELDAÑOS DE LA ESCALERA del sótano crujieron bajo sus pies.
Heidi cruzó deprisa la cocina de abajo, contigua al cuarto de invitados.
Con excepción de un frigorífico nuevo, todo lo demás allí eran cosas antiguas.
Los aparadores para la vajilla tenían puertas pesadas de madera y había una estufa que funcionaba con leña.
Al construirse la casa, años atrás, el lugar se usaba como vivienda independiente.
Cuando entró en la habitación, vio que la cama estaba hecha y que, sobre la colcha, reposaban dos toallas enrolladas.
Junto a la pared se hallaba la maleta de Bill, así como sus cajas llenas de papeles.
La que ella iba buscando se encontraba, en efecto, en el interior del armario, tal como Jennifer había dicho.
No pesaba mucho. No se veía nada más en el ropero.
Era evidente que el nuevo inquilino aún no había tenido tiempo de colgar su ropa.
Heidi la sacó y la abrió con cuidado. Dentro encontró un libro grande, una pila de documentos y un estuche metálico verde con letras doradas en los laterales.
Examinó este último. En uno de los lados se distinguía un pequeño duendecillo, a pesar de lo desgastada que estaba la pintura. Levantó la tapa despacio y, con regocijo, empezó a hojear el fajo de cartas atado con cinta azul que halló en su interior. Eran antiguas, eso se notaba enseguida.
Al cabo de unos instantes, volvió a dejarlas en su sitio. Ya las leería más tarde. Las manos se le habían quedado frías.
A continuación, agarró con cuidado el montón de papeles, amarillentos y a punto de deshacerse. Apenas se atrevía a tocarlos. Los de arriba no daban la impresión de ser muy interesantes: planos de la casa e informes administrativos al parecer enviados por el ayuntamiento.
Tampoco tenía tiempo de ponerse a leerlos, así que los apartó a un lado y desvió su atención hacia la última de las cosas que había en la caja. No parecía un libro normal y corriente. De hecho, se trataba de un álbum de fotos.
En cada página había una o dos imágenes. Eran en blanco y negro, y algunas se veían un tanto borrosas. A pesar de ello, se distinguía perfectamente lo que mostraban.
Una mujer, un niño de corta edad y un bebé.
En todas ellas, la mujer aparecía tumbada en la cama.
Llevaba un camisón blanco y en ninguna salía sonriendo.
Heidi pensó que debía de estar enferma. No aparecía ningún hombre por ningún lado.
Por supuesto, cabía la posibilidad de que la mujer y los dos niños fueran una familia, sin padre, pero aun así le resultó extraño.
En una de las fotografías, podía verse al hijo mayor sentado en unos escalones, con el bebé en brazos. Detrás se apreciaba una casa que ella reconoció al instante. La suya.
«Vivieron aquí mismo», concluyó para sus adentros. «Hace mucho tiempo».
Luego, empezó a pasar las páginas con mayor rapidez. La mayoría de las imágenes eran del recién nacido: a veces en un cochecito, otras sobre una manta, pero casi siempre dentro de un capazo trenzado.
Se le escapó un suspiro quejumbroso. ¿Por qué a todo el mundo le parecían tan adorables los recién nacidos?
—¡Heidi! ¿Todo bien? Ya llueve menos —se oyó la voz de su padre, procedente de la planta de arriba.
Ella se apresuró a contestar. No podía dejar que nadie bajase al sótano en esos momentos.
—¡Sí, todo perfecto! ¡Ningún problema! ¡Subo ya mismo!
Lo mejor era llevarse el manojo de cartas y echarle un ojo después con más detenimiento. También el álbum. Justo se disponía a cerrar este último cuando un detalle en una de las fotos del bebé le llamó la atención.
Junto a la criatura, dentro del capazo, había un objeto.
Un sonajero que resplandecía levemente.
Igualito al que había encontrado bajo el suelo de su habitación. Sintió un escalofrío. Le resultaba de lo más inquietante verlo ahora en aquellas fotografías tan antiguas. Volvió a pasar las páginas con rapidez y se quedó helada al llegar a la última.
Era la imagen de tres féretros blancos. Uno grande y dos de tamaño más reducido. Sus respectivas tapas se hallaban cubiertas de flores.
La cabeza de Heidi trabajaba a toda máquina.
Los pequeños parecían ser ataúdes infantiles.
¿Quiénes habían muerto?