Capítulo 13
E L DÍA PASÓ VOLANDO. Aunque parecía que el tiempo empeoraba, los tres chicos decidieron ir a bañarse de todos modos.
Hicieron bien. Durante varias horas, el sol logró mantener a raya la masa de nubes.
Se alejaron un tanto de la playa del camping y extendieron sus respectivas toallas sobre las rocas.
Heidi fue la primera en lanzarse al agua. Le encantaba nadar y tumbarse al sol.
Luego, les entró hambre y la madre de Alva los invitó a almorzar en su casa móvil: les hizo unos perritos calientes, el plato favorito de su hija durante el verano.
Nada más terminar de comérselos, echaron a correr de nuevo hacia las rocas.
La noria se encontraba apagada. Bill tampoco parecía estar por ningún lado.
Todo estaba en calma en Hovenäset cuando regresaron. Las primeras gotas comenzaron a caer justo mientras cruzaban el puente.
El padre de Heidi estaba en el jardín, agachado en cuclillas junto al huerto, quitando las malas hierbas. Llevaba una camiseta y unos pantalones cortos.
—¡Hola, mi vida! —exclamó—. ¿Qué tal todo?
—Bien —respondió Heidi—. ¿Cómo está la abuela?
Su padre se sacudió un poco el pelo mojado y torció el gesto.
—Pues no se encontraba mal cuando Jennifer fue a verla. Y yo me pasé después del trabajo. Aunque tienes razón: la noté más atolondrada de lo normal. Y muy asustada.
—No le gusta la noria —contestó ella—. No quiere ni verla. Le ha afectado mucho que la hayan traído.
—Lo sé. Pero ¿qué le vamos hacer? —replicó él, limpiándose la tierra de las rodillas—.
¿Sabes qué se me ha ocurrido? Que, si deja de llover, podríamos ir a pescar cangrejos esta tarde.
Tú y yo nada más. Y, luego, quizá, pasarnos a tomar algo con la abuela.
Para que vea que estamos todos bien y que no nos ha hecho nada esa noria del diablo…
Heidi asintió entusiasmada. Le encantaba pescar cangrejos. Y a su padre también, aunque fuera ya mayor para eso. Incluso solían competir entre ellos para ver quién pillaba más o a quién le tocaba el más grande. No se los comían: los dejaban en un cubo con agua y, al terminar, los devolvían al mar.
«Tú y yo nada más».
Hacía siglos que no pasaban tiempo los dos solos.
—Hoy nos han dejado subir a la noria. Había que probarla —comentó ella.
Fredde sonrió.
—¡Qué bien! —exclamó—. Entra y cuéntaselo a Jennifer. Lleva descansando casi todo el día, seguro que la anima oír algo divertido.
—¿Está enferma?
Las palabras de la abuela resonaron en su cabeza. Hovenäset se convertiría en un lugar peligroso con la noria. Pero solo para los bebés.
—No. Es lo normal durante el embarazo. Se ha puesto muy contenta al ver la cuna que nos ha regalado Bill. Anoche, por lo visto, ni se fijó en ella, con todo el jaleo de los cortes de luz y demás. Cualquier cosa medianamente alegre le levanta el ánimo.
Así pues, Heidi entró corriendo en la casa y se encontró a la novia de su padre en la cocina. Estaba preparando la salsa boloñesa de los espaguetis, que solía dejar a fuego lento durante horas. No había persona en el mundo a la que le saliera más sabrosa.
—¡Hoooola! —la saludó Jennifer nada más verla—. ¿Cómo te ha ido?
Ella se pasó la mano por su pelo corto.
—Muy bien. Hemos subido a la noria.
Jennifer sonrió. Se la notaba cansada.
—Qué envidia. ¡Yo también quiero!
—Puedo hablar con Bill. Igual podrías usar tú uno de mis viajes gratis…
—¡Muchas gracias! —se rio ella, justo antes de darle un abrazo.
Tenía los brazos largos y la barriga enorme, así que fue un abrazo un poco torpe.
Entonces, ocurrió.
Al apoyar la cabeza contra el vientre de Jennifer, Heidi sintió un empujoncito procedente del otro lado.
Sorprendida, dio un paso atrás.
—Lo has notado, ¿verdad? —susurró la novia de su padre con una sonrisa expectante.
El largo flequillo le caía sobre los ojos, obligándola a parpadear.
Heidi asintió con la cabeza. Se había quedado sin palabras.
—Parece que tu hermanito, o hermanita, está deseando conocerte…
Heidi se quedó mirando fijamente la tripa de Jennifer, sintiéndose de lo más tonta. Nunca había acabado de digerir del todo que de verdad hubiera alguien ahí dentro. Una personita. Un bebé de carne y hueso. Se trataba de algo tan extraño, en tantos sentidos, que costaba entenderlo.
De repente, la voz de su padre resonó en la casa:
—¡Caray, la que está cayendo ahora!
Al cabo de unos instantes, se unió a ellas en la cocina.
—Hay una caja grande en el armario del cuarto de invitados —le dijo Jennifer—. Me he acordado a la hora de la comida. Se nos olvidó sacarla antes de que Bill se instalara. No me he atrevido a moverla porque pesa demasiado y ya sabes que no puedo cargar peso. ¿La pusiste tú ahí?
—No —respondió él con una mueca de contrariedad—. Fue el carpintero. Debería haberme acordado de sacarla.
—¿El carpintero? —preguntó Heidi.
—Sí, dijo que mientras trabajaba en la planta de arriba se encontró unos trastos viejos —le explicó su padre—.
La caja estaba en uno de los espacios de almacenaje que transformamos en armarios.
Por lo visto, también aparecieron algunas cosas bajo los tablones del suelo cuando tiró la pared de tu cuarto, aunque no he llegado a verlas.
Heidi bajó la mirada, sonrojándose.
—Seguro que no son más que trastos que dejaron los antiguos dueños. No tendrían ganas de llevarlos al punto limpio… —señaló Jennifer, frunciendo el ceño.
—Seguro —asintió Fredde—. La llevaré al trastero de fuera y otro día la tiramos.
Heidi se enderezó al instante. Ni hablar. No permitiría que se deshicieran de la caja sin haberla inspeccionado ella antes. Puede que allí estuviera la pareja del zapatito. O algo que explicara cómo habían acabado el zapato y el sonajero debajo del suelo de su dormitorio.
—Yo la llevo —se apresuró a decir—. Así no tenéis que hacerlo vosotros.
Jennifer le dirigió una sonrisa de agradecimiento.
—Eres un cielo.
Ella le devolvió el gesto.
—Voy ahora mismo.
—Estupendo —dijo su padre—. Sí, mejor antes de que Bill vuelva a casa. Y, en cuanto termines, nos vamos a por cangrejos. Si deja de caer este chaparrón… ¿Seguro que no necesitas ayuda?
—Segurísimo.
Quería estar sola cuando abriera la caja.
¿Qué más habría encontrado el carpintero?