Capítulo 12
— T ENGO QUE LLAMAR A MI PADRE —dijo Heidi—. Seré breve. Lo prometo.
Antes de responder, volvió a leer el mensaje.
¿Y si es demasiado tarde?
«¿Qué quieres decir, abuela? ¿Demasiado tarde para qué?».
En ese momento, cayó en la cuenta de que su abuela debía de haber leído en el periódico que la noria ya estaba instalada. Y eso, para ella, significaba que era demasiado tarde. Aquella máquina parecía provocarle un pavor inmenso.
Bill puso cara de preocupación al oír que Heidi iba a llamar a Fredde.
—La familia es lo primero —dijo—. ¿Algún problema con tu madrastra?
Ella no pudo evitar sorprenderse. ¿Madrastra? Había oído a otras personas referirse a Jennifer como «tu segunda mamá» o «la nueva pareja de tu padre», pero «madrastra» sonaba muy diferente, como anticuado.
—No. Es la abuela. No está… muy bien.
No sabía cómo describirla. ¿Chiflada? ¿Ida? «No está muy bien» era más suave.
Tras varios tonos, papá terminó por coger el teléfono.
—Me acaba de escribir la abuela —dijo Heidi—. Creo que se ha vuelto loca. Tienes que ir a verla.
Alva y Harry escuchaban con atención.
Fredde soltó una risita.
—¿Se ha vuelto loca?
—Sí —respondió su hija antes de leerle el final del mensaje y omitir la parte de la noria.
—Vale, pero no puedo ir ahora —dijo él—. Mandaré a Jennifer.
Ambos colgaron.
—No es fácil hacerse mayor —comentó Bill con gravedad.
—Por lo que parece, para la abuela menos aún —repuso ella en voz baja.
La alegría se había desvanecido.
¿Cómo podía pensar que su nieta fuera capaz de impedir que trajeran la noria? ¿Y por qué era algo tan importante?
—Tienes muchas preocupaciones últimamente —dijo Bill—. Con lo del nuevo hermanito y todo eso. Te vendría bien distraerte un poco. Por ejemplo, con mi noria. ¿Estáis listos?
Heidi asintió. Necesitaba pensar en otra cosa.
—¿Te encuentras mal? —preguntó Alva, preocupada.
—No… Es solo que, en fin, se junta todo…
Bill se acercó a la máquina.
—¡Bienvenidos a bordo!
Sostenía en la mano un chisme negro, con una palanca y un botón grande. En la parte inferior había una llave. Un largo cable unía el aparato a la noria.
—¿Qué es eso? —quiso saber Alva.
—Es el mando de control del motor —explicó Bill—. Por la mañana meto esta llavecita y la giro. Luego, bajo la palanca, que es un interruptor de corriente. Así le llega electricidad a la noria. El botón es el de encendido, para arrancarla y para pararla.
Acto seguido, le acercó el aparato.
—Púlsalo.
Ella apretó con decisión.
En ese momento, la noria emitió un fuerte zumbido y empezó a girar. Avanzaba despacio, con un leve chirriar.
Heidi se quedó mirándola.
¿Podía ser que, ahora que estaba en movimiento, las cabinas se balancearan más que antes?
Alva le dio un leve codazo en el brazo.
—¿En cuál nos sentamos?
—En cualquiera.
—¿Qué tal esa amarilla de la estrella negra?
—¡No! —intervino Bill con determinación—. Olvidé deciros que esa está fuera de servicio. Averiada. La amarilla de la estrella. Nadie puede subirse en ella bajo ningún concepto.
Su amiga se encogió de hombros.
—Vale. Entonces otra. Nos sentamos juntas, ¿no?
—Claro.
—Yo también voy con vosotras —dijo Harry.
—Solo caben dos por cabina —aclaró el señor Sullivan, sonriendo—. Aparte de eso, no hay más reglas.
La cápsula amarilla pasó ante sus ojos. Heidi se preguntó el porqué de aquel veto. Parecía igual que las demás. Y, sin embargo, Bill había dicho que nadie podía subirse bajo ningún concepto.
Bajo ningún concepto. Como si fuera imposible arreglarla.
No tuvo ocasión de seguir pensando en ello. Ya estaban en movimiento. La noria no se detenía, daba una vuelta completa y continuaba, aunque avanzaba tan despacio que uno podía montarse en marcha sin problema.
—Qué divertido ir solo —gruñó Harry en voz baja, de modo que solo sus amigas pudieran oírlo.
Heidi entró la primera, seguida de cerca por Alva. El habitáculo empezó a mecerse de un lado a otro nada más se sentaron, así que las dos tuvieron que agarrarse con fuerza a la barra metálica. Al cabo de unos segundos, comenzaron a ascender.
—¡Mira! —exclamó su amigo justo desde la cabina siguiente—. ¡Se han encendido las luces!
Era cierto. Igual que la noche anterior. Las bombillas fluorescentes parpadeaban conforme la máquina giraba, como en una discoteca.
Heidi contempló el paisaje cuando llegaron al punto más alto.
Los acantilados, por supuesto, superaban en altura a la noria; aun así, desde allí podía verse a kilómetros a la redonda.
Abajo, las caravanas y las tiendas de campaña formaban un pueblecito en miniatura, como sacado de algún cuento de hadas.
Conforme empezaron a descender, notó cómo la tensión de su cuerpo se aflojaba. Pasó la mano por el asiento, de brillante cuero rojo.
—¡En la próxima bajada, salid! —gritó Bill, luego de que hubieran dado varias vueltas.
Heidi y su amiga obedecieron. Abrieron la puertecilla y se apearon en marcha.
El señor Sullivan esperó a que Harry descendiera también y, acto seguido, apagó la máquina. La noria se detuvo al instante y todas las luces se extinguieron de inmediato.
—Bueno, ¿qué os ha parecido?
—¡Ha estado genial! —dijo Alva.
Sus dos amigos asintieron. Heidi miró al cielo. Se acababa de formar un nuevo cúmulo de nubes.
A continuación, volvió su atención hacia la noria y recordó aquello en lo que había reparado el día anterior: la cabina que seguía iluminada en mitad de la noche a pesar de que Bill hubiera apagado las luces.
No se acordaba con exactitud de cuál se trataba, ya que todo estaba muy oscuro cuando se fijó en ella y, además, la había visto a través de la ventana del pasillo; lo único que pudo distinguir bien fue el color de las luces.
«Rosas», pensó. «Eran luces rosas».
Así pues, no le costó mucho reconocerla. Solo había una cabina con luces rosas.
La amarilla de la estrella negra.
Esa a la que nadie podía subirse bajo ningún concepto.