La noria del mal Capítulo 11
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Capítulo 11

— S É QUE NO FUERON IMAGINACIONES MÍAS . Quiero decir… no fui yo quien dejó el zapatito en el suelo.

Heidi iba camino del camping con Harry. Alva se encontraría con ellos allí.

Pensaban ir a bañarse y, si la noria estaba ya en marcha, montarse en ella.

Era la mañana siguiente a aquella noche terrible.

El sol brillaba. Acababa de contarle lo ocurrido a su amigo, que la había escuchado con los ojos abiertos como platos.

—Tú me crees, ¿verdad? —le preguntó, inquieta.

Él empezó a rascarse la costra de una herida reciente en la mano. Siempre se ponía a rascarse algo cuando no sabía qué decir. Sus largos rizos le caían por la cara.

—A ver, no es que piense que estés mintiendo ni nada de eso —dijo al fin—. Por supuesto que no. Pero reconoce que es un poco raro que no hubiera nadie en la casa, tras registrarla tu padre de arriba abajo.

Heidi asintió con cierto desánimo.

—Sé lo que parece —murmuró—. Y yo tampoco puedo explicarme por qué no encontró al que estaba arañando la lona. Quizá se escondió.

—Puede ser —admitió él—. Pero ¿por qué? ¿Por qué iba alguien a colarse en tu casa para ponerse a arañar esa pared de plástico?

—Eso es lo que me pregunto. Y luego está lo del zapatito. ¿Cómo fue a parar allí?

Harry se estremeció.

—Eso es lo más raro de todo. ¿Quién deja una cosa así en la habitación de otra persona?

—¿Y quién lo esconde debajo del suelo? —añadió ella—. Eso sí que me gustaría saberlo.

Su amigo se había quedado fascinado cuando Heidi le contó lo del zapatito y el sonajero, y le enseñó las fotos que había sacado de ambos objetos. De inmediato se puso a hablar de brujerías e historias por el estilo.

—Aunque será mejor que no le digamos a Bill que vive en una casa encantada —observó—. Cogería su noria y se largaría pitando. No creo que le mole la idea de un fantasma que anda por los pasillos solo con el zapato izquierdo.

—¡Para ya! —protestó Heidi—. Nuestra casa no está encantada.

Aun así, notaba un curioso cosquilleo en el estómago. Desde luego, algo muy extraño había ocurrido la noche anterior.

Al cruzar el puente del pueblo, recorrió con la vista la bahía, tratando de medir la distancia que faltaba hasta el camping. Este se encontraba a solo unos diez minutos a pie. Menos mal, porque no tenía fuerzas para caminar mucho más.

Había dormido fatal y se sentía agotada. A la hora del desayuno, su padre y Jennifer la miraron de una manera rara. A punto había estado de pegarles un grito y decirles que no le pasaba nada, pero no tenía energías para ponerse a discutir con nadie. Resultaba más fácil salir de casa y punto.

La noria estaba ya montada, en mitad de las tiendas de campaña y las caravanas. El camping y la cala para los bañistas se encontraban rodeados por unos altos y angulosos acantilados grises que se alzaban hacia el cielo. Alva echó a correr nada más verlos.

—¡Por fin! —exclamó—. Me muero de calor. ¿Nos bañamos primero? La noria no está en marcha todavía.

—No sé si me atrevo —dijo Harry—. Igual hay fantasmas en el agua. Como en casa de Heidi.

—¡Basta! —soltó ella.

—¿Ha pasado algo? —preguntó su amiga.

Heidi negó con la cabeza.

—Luego te cuento.

Acababa de ver a Bill junto a la noria, rodeado de una multitud de personas que miraban con curiosidad al recién llegado y la atracción.

El corazón empezó a latirle deprisa al ver el gigantesco artefacto. Su estructura de metal centelleaba acariciada por los rayos del sol y las cabinas se balanceaban mecidas por el viento. Todas las luces estaban apagadas.

Heidi se secó el sudor de la frente. Hacía calor, aunque, según su padre, se anunciaba lluvia para después de comer.

El rostro del señor Sullivan se iluminó al verlos.

—¡Bienvenidos!

Llevaba puesta la misma ropa que el día anterior: pantalones oscuros y un jersey grueso de punto. Ella estaría sudando a chorros con algo así encima.

Un par de campistas preguntaron cuándo podrían montarse en la noria. Bill les respondió que tendrían que esperar un rato. Acto seguido, se volvió hacia los chicos.

—¿Qué tal si la probamos nosotros primero? —propuso—. Tengo que dar una vuelta de prueba. Además, os prometí que podríais subiros muchas muchas veces.

Dicho esto, le guiñó un ojo a Heidi. Ella sonrió.

«Muchas muchas veces».

En realidad, no era eso con exactitud lo que había dicho; aun así, le gustó cómo sonaba la invitación. Los tres estaban deseando montarse. Principalmente, Alva, quien debía aprender todo lo posible, si quería algún día tener su propio parque de atracciones.

—¡Nos encantaría! —exclamó Harry.

Justo en ese momento, sonó el móvil de Heidi.

—Perdón —murmuró—. Lo apago.

Sin embargo, no pudo evitar ver quién la llamaba.

La abuela.

Hacía meses que no lo hacía; de hecho, casi parecía haberse olvidado de cómo se usaba el teléfono. Heidi silenció el suyo y escribió un mensaje rápido:

¡Llama a papá mejor! ¡No puedo hablar ahora!

—¿Todo bien? —preguntó Bill.

—Sí, todo bien. Ningún problema.

Ya iba a guardar el móvil cuando la pantalla volvió a iluminarse. La abuela había contestado enseguida:

¿Por qué no has impedido lo de la noria?

Heidi se sonrojó. Ojalá Bill no se percatara de lo que acababa de escribirle la madre de su padre. Aunque era evidente que no había terminado aún. Otro mensaje entró en el acto:

Me aterra pensar que ya no se pueda hacer nada, Heidi. ¿Y si es demasiado tarde?