Capítulo 10
T ODO SUCEDIÓ EN UN INSTANTE. Un trueno descomunal hizo temblar la casa entera, ahogando el grito de Heidi.
Sin embargo, su padre y Jennifer fueron capaces de oírla, así que subieron por la escalera a toda prisa.
Él llegó el primero. Ella, justo detrás, jadeando por el esfuerzo y sujetándose la barriga con una mano.
—¡¿Qué ocurre?! —exclamó él.
Su hija saltó de la cama.
—¡Hay alguien en la habitación de al lado!
Su padre salió corriendo hacia allí de inmediato. Jennifer se quedó pálida. Trató de encender la luz del techo, pero no funcionaba.
—Fredde… —dijo con voz tensa y nerviosa mientras seguía a su pareja.
—Tranquila. No hay nadie.
—Parece que se ha ido la luz…
—Con esta tormenta, no me extraña —replicó él.
Heidi se asomó tímidamente por el marco de la puerta del cuarto de al lado. Papá tenía razón. Estaba vacío.
—Voy a echar un vistazo por el resto de la casa —dijo su padre—. Quedaos aquí. Puede que Bill también te haya oído y se haya despertado.
Jennifer la rodeó con el brazo y la apretó contra su pecho. El corazón todavía le latía con fuerza.
Acto seguido, lo intentó de nuevo con el interruptor. Nada. Heidi probó con los demás. Ninguno funcionaba.
Al poco, su padre volvió a subir.
—Las dos puertas, cerradas —informó—. Bill, durmiendo. Y no hay ninguna ventana abierta en la planta de abajo. Nadie ha podido entrar ni salir. Aquí solo estamos nosotros.
Jennifer se pasó la mano por el largo cabello.
—Me he llevado un susto de muerte al oírte gritar, Heidi.
Ella clavó la mirada en la lona.
Ahora colgaba inmóvil. Ni el más leve crujido, ni el más mínimo movimiento.
—Estoy segura de lo que he visto —insistió.
Los dos adultos se quedaron mirándola un segundo.
—No lo dudo —dijo su padre despacio y con calma—. Y yo, que he comprobado la casa entera, también estoy seguro de lo que he visto. Aquí no hay nadie, aparte de nosotros.
Heidi tragó saliva y se cruzó de brazos. Las mejillas le ardían.
—Me vuelvo a la cama —anunció Jennifer dándole un abrazo—. Mañana podemos hablarlo todo tranquilamente, si tú quieres.
Ella no contestó.
¿Hablar de qué? Era evidente que los dos pensaban que se trataba de imaginaciones suyas.
—Estoy segura de haberlo visto —repitió—. De verdad. Había alguien en la otra habitación, arañando la pared de plástico.
—¿Arañando? —preguntó su padre.
La miró como si tuviera cinco años. Como si fuera aún una niña pequeña a la que uno no puede tomar en serio.
—Arañándola… y apoyándose en ella. Desde el otro lado.
Su voz sonaba más débil, menos segura que antes.
—Vale, pero estamos de acuerdo en que ahora no hay nadie, ¿verdad? —dijo él.
Heidi asintió a regañadientes.
—Y estamos de acuerdo también en que Jennifer y yo hemos subido enseguida, ¿no? —añadió Fredde con una leve sonrisa.
Ella bajó la vista y volvió a asentir con la cabeza. Se sentía agotada. Lo único que deseaba era meterse en la cama de nuevo, aunque sabía que lo más probable era que no pudiera dormirse.
«Porque sé que alguien ha entrado aquí».
Su padre respiró hondo.
—Creo que has tenido una pesadilla, Heidi. Que tienes muchas cosas en la cabeza últimamente. Y que la abuela te ha contado un montón de historias raras. A ver…
—No estaba dormida cuando he oído el ruido —lo interrumpió Heidi—. Ni siquiera a medias. He visto cómo el plástico se inflaba hacia mi cuarto y…
—¿Cómo has podido verlo? —preguntó su padre.
—Un relámpago ha iluminado la habitación.
Fredde se quedó un momento en silencio, con los brazos en jarras.
—Me parece que no vamos a llegar a ninguna conclusión esta noche —concluyó—. Intenta dormir. Mañana lo verás todo distinto.
Sonrió de nuevo y le dio un beso en la cabeza. A continuación, bajó las escaleras junto a Jennifer.
Heidi se volvió y entró otra vez en la habitación, muy despacio.
La cama crujió cuando se sentó sobre el colchón.
En ese momento, su padre reapareció con una linterna.
—Toma. Para que puedas leer algo —dijo—. La luz regresará pronto.
—Gracias —respondió ella, agarrando la linterna, que le pareció bastante pesada.
Fredde bajó de nuevo las escaleras. Un par de segundos después, Heidi oyó cómo cerraba la puerta de su dormitorio. Luego, se hizo el silencio.
Encendió la linterna y recorrió con el brillante destello la lona de arriba abajo.
Ni un crujido, ni el menor movimiento.
«Sé que había alguien aquí», se dijo para sus adentros. «Lo sé».
Luego, se tumbó y alargó el brazo en busca de un libro. Sin embargo, no era fácil leer boca arriba y sostener en la dirección correcta el haz de luz al mismo tiempo. Varias veces se le cayó al intentar pasar la página.
Y así fue como lo vio.
La linterna se le resbaló y quedó apuntando directa a la entrada del dormitorio. Con mano temblorosa, recogió el objeto y lo alumbró bien.
El viejo zapatito de bebé.
Alguien lo había dejado en el suelo, junto a la puerta.