Capítulo 9
A H EIDI LE COSTÓ UNA ETERNIDAD meterse en la cama aquella noche.
Primero, llamó a Alva; luego, a Harry; y, después, de nuevo a su amiga.
Los telefoneó sentada en un sillón del cuarto de la tele, en la planta de arriba de la casa.
La habitación tenía unos ventanales enormes que iban del suelo al techo, a través de los cuales se divisaba medio Hovenäset.
Las nubes oscuras seguían cerniéndose sobre el mar.
Por primera vez en varias semanas, estaba contenta, aliviada de las cosas que la amargaban. Salvo por el problema de la abuela.
« Ojalá ella pueda también volver a sentirse feliz dentro de poco», pensó.
Cuando terminó de hablar con sus amigos, regresó a su habitación. Su alegría se disipó nada más asomar por el marco de la puerta. El plástico de la lona se ponía a crujir en cuanto alguien cruzaba el umbral. El menor movimiento hacía que sonara.
«No me voy a acostumbrar a esto en la vida», concluyó para sus adentros mientras se tumbaba en la cama.
Tampoco esa noche le resultó fácil dormirse. Habían pasado demasiadas cosas, unas buenas y otras un tanto inquietantes. Ni siquiera leer pareció ayudarlo a conciliar el sueño. En cuanto apagaba la luz, su cabeza regresaba al mismo tema: a la noria o a la abuela. O a las dos a la vez.
¿Por qué le habría contado que hubo una noria en Hovenäset hacía años? ¿Y que además podía ser peligrosa para los recién nacidos?
El plástico seguía crujiendo. En el exterior, el retumbar de los truenos volvía a hacer acto de presencia.
Sacó el teléfono de nuevo para hacer una búsqueda en internet.
Hovenäset tenía una asociación cultural, y en su página salían muchas fotos e historias del pasado.
Sin embargo, no encontró mención alguna de una noria.
Suspiró y dejó el móvil.
La abuela parecía haberse asustado de verdad, cosa que inquietaba a Heidi.
No obstante, lo que más le fastidiaba era no haberle preguntado por el zapatito y el sonajero. Tal vez ella no sabía nada del tema, aunque siendo la persona más mayor que conocía, seguro que algo le hubiera podido contar.
Intentó cerrar los ojos de nuevo y dormirse. No hubo manera.
Principalmente por el ruido de la lona.
Hasta que decidió que ya estaba bien de todo aquello.
Esa noche no iba a acobardarse como la anterior. Si se movía el plástico era por el aire que entraba por alguna ventana abierta. Por eso tenía que ser.
La casa se encontraba en completo silencio cuando se levantó de la cama.
Lo primero que hizo fue subir la persiana y comprobar la ventana de su cuarto.
Cerrada. Acto seguido, salió al pasillo.
Toda la planta de arriba estaba a oscuras.
La cuna se hallaba justo en medio de la habitación contigua a la suya.
Heidi casi se choca con ella al acercarse a la ventana.
La apartó con cuidado y verificó los cierres uno por uno. Todos echados.
«Qué raro».
Luego, regresó a su dormitorio. Puede que fuera una tontería cerrar la puerta teniendo en cuenta que una de las paredes no era más que un plástico colgado del techo; sin embargo, no quería dejarla abierta. Un repentino bostezo la sorprendió según se sentó en el borde de la cama.
En ese momento, un relámpago iluminó la habitación entera. Después, llegó el sonido del trueno: tan fuerte que hizo vibrar los cristales.
Tragó saliva, no sin dificultad. La tormenta se encontraba justo encima de la casa.
Otra vez.
Entonces, recordó lo que había dicho la abuela: que había que mantenerse alerta.
Que lo había prometido cuando ella y el abuelo compraron la vivienda.
Heidi no acababa de entender a quién podía haberle hecho una promesa tan extraña.
Nunca había hablado de unos antiguos dueños ni de que hubiera nada por lo que mantenerse alerta.
«¿Mantenerse alerta por qué, abuela?», pensó.
La lona se estremeció en cuanto ella se metió en la cama. Se incorporó de nuevo y esperó al siguiente trueno. Pero este no llegó. En cambio, el plástico continuó crepitando de forma ruidosa. Heidi volvió la cabeza despacio.
¿Por qué hacía ese ruido?
De pronto, el sonido cambió. Ya no parecía tanto un crujido sino, más bien, como si alguien estuviera arañando la superficie con las manos. Como si intentara atravesarla.
Y entrar en la habitación.
Heidi contuvo la respiración. No movió ni un músculo.
Era como si, de repente, el aire en el interior del dormitorio se hubiera agotado… y también el calor. En un abrir y cerrar de ojos, había pasado a hacer tanto frío que se le puso la carne de gallina.
El sonido de los arañazos continuaba.
Rígida y paralizada por el miedo, miró la pared de plástico y vio cómo esta… ¡empezaba a moverse! ¿Acaso había alguien al otro lado?
Al abrir la boca para pedir ayuda, tan solo fue capaz de emitir un sollozo ahogado.
En ese momento, un nuevo relámpago iluminó la habitación, permitiendo, por un instante, ver con claridad lo que ocurría.
La pared de plástico se curvaba hacia fuera.
Como si alguien estuviera apoyándose en ella por el otro lado.
Ya no cabía duda.
Alguien había entrado en la casa.
Solo entonces recobró las fuerzas. Abrió la boca de nuevo y gritó a pleno pulmón.