Capítulo 8
L A NORIA ERA MUCHO MÁS GRANDE de lo que Heidi se había imaginado. Y muy colorida. Luces intermitentes de todos los tamaños la recubrían. Su presencia destacaba de forma singular entre las bajas casitas de madera de Hovenäset.
«Espero que la abuela no la haya visto».
El señor Sullivan salió de un salto de la cabina del camión.
—Voy camino del camping —explicó—. ¡No creáis que la voy a dejar aquí!
Fredde se rio.
—¡Guau! ¿Así que toda esta máquina enorme es tuya?
«No, si te parece, solo la mitad…», pensó su hija para sus adentros, algo agobiada.
El recién llegado sonrió afable.
—Toda mía.
Algunos vecinos que pasaban por allí se quedaron mirando la noria con los ojos abiertos como platos, llenos de curiosidad. Un señor mayor, que llevaba una gorra verde y las manos metidas en los bolsillos del pantalón, se detuvo junto a Heidi.
—Lo que nos faltaba… —exclamó con tono sombrío.
Heidi giró la vista hacia él, sorprendida.
Bill se hallaba a poca distancia de ellos, respondiendo a algo que le había preguntado otro de los vecinos. No había oído el comentario del hombre. De repente, soltó un silbido.
—¡Bien! ¡Así que funcionan todas las luces!
El señor de la gorra se alejó deprisa sin decir nada más.
«Qué amargado», pensó ella.
El señor Sullivan pulsó un botón para apagar la noria, y, acto seguido, agarró dos cajas de cartón.
—¿Te echamos una mano? —preguntó Fredde.
—Pues estaría genial. Muchas gracias. Voy a ponerlas en mi habitación. Queda una en la plataforma.
—De esa me encargo yo —se ofreció Heidi.
Si Bill iba a necesitar ayudantes dentro de poco, lo mejor sería demostrarle lo rápida y fuerte que era ella. Así que se apresuró a levantar la caja, que era grande, aunque no especialmente pesada.
—Espera —dijo él—. Una cosa más.
A continuación, dejó su carga en el suelo y sonrió con timidez a Fredde.
—Verás… No estoy seguro de hacer lo correcto, pero, como os oí hablar de dinero y yo todavía tengo por ahí algunas cosas de mis hijos, de cuando eran pequeños… Me parecía una pena tirarlas.
Entonces, se inclinó sobre el borde de la plataforma del camión y levantó un objeto, que colocó luego en el suelo.
Una cuna.
Fredde se llevó la mano a la boca.
—¡Madre mía! —exclamó—. ¡Es preciosa!
Heidi estaba de acuerdo. Le recordaba a la que tenía en su casa de muñecas unos años atrás. Era de madera oscura y el interior estaba forrado con una tela azul que tenía pinta de ser muy suave.
—¿Cuánto quieres por ella? —preguntó su padre.
—Nada —respondió Bill con firmeza—. Vosotros me habéis ayudado con el problema del alojamiento cuando ya no me quedaban opciones. Os estoy infinitamente agradecido por ello. Además, como digo, ya no necesito la cuna; mis hijos son mayores. Así que me gustaría mucho que la aceptarais como regalo.
Pareció entristecerse un poco al mencionar que sus hijos ya eran mayores.
«Qué difíciles de complacer son los padres», pensó Heidi. «O les pareces demasiado pequeño o demasiado mayor».
—Muchas gracias —dijo Fredde—. Nos encantaría quedarnos con ella.
El rostro de Bill se iluminó de inmediato.
—Fenomenal. ¿Puedes llevarla tú para dentro y yo me encargo de las cajas?
Su anfitrión estuvo encantado de complacerlo, así que, en un abrir y cerrar de ojos, ambos se encaminaron por el sendero de grava que iba hasta la casa.
Heidi, por su parte, abrazó con fuerza su caja y los siguió.
Al llegar a la entrada al sótano, papá dispuso la cuna en el suelo y abrió la puerta.
A través de la ventana abierta del dormitorio de arriba se oía a su novia roncando.
Él negó con la cabeza.
—No se da cuenta del escándalo que monta…
Su hija se rio entre dientes.
—De momento voy a colocar la cuna en la habitación de al lado de la tuya —dijo su padre—. Ya se la enseñaré a Jennifer mañana.
Bill continuó directo hasta el cuarto de invitados. Ella lo siguió con dificultad. No había mucha luz en el sótano, y la carga que llevaba era bastante voluminosa. No alcanzaba a ver bien dónde ponía el pie.
—¿Dónde está el interruptor? —preguntó él.
Sin embargo, antes de que llegara a encontrarlo, Heidi tropezó en el umbral: le dio tiempo de experimentar unos segundos de caída libre antes de darse de bruces contra el suelo.
La caja salió volando por los aires y se abrió de golpe al aterrizar.
Un montón de papeles se desparramaron de forma desordenada en todas las direcciones.
—¿Estás bien? —preguntó su padre, ayudándola a levantarse.
—Creo que sí…
Fredde encendió sin demora la luz del techo.
—Siento haberla tirado… —se disculpó Heidi con Bill.
—Por Dios, no pidas perdón… —respondió él, con tono preocupado—. ¿Seguro que no te has hecho daño?
Heidi asintió e hizo el amago de agacharse de inmediato para recoger los papeles. Bill la detuvo.
—No, no, deja eso ahora… Ocúpate de tu rodilla, que es lo importante.
Solo entonces ella fue consciente del corte que se había hecho en la rodilla. Notaba la pierna rígida al intentar doblarla.
—Voy a por unas tiritas —dijo su padre.
Enseguida desapareció en el interior del cuarto de baño. Su hija lo oyó rebuscar en el armario. Mientras tanto, el recién llegado empezó a recoger sus papeles. No daba la impresión de sentirse molesto en absoluto.
Una hoja blanca sobresalía por debajo de la cama. Heidi alargó la mano para alcanzarla, preguntándose si pertenecía al contenido esparcido de la caja.
Así era.
Apenas pudo echarle un vistazo antes de pasársela a Bill, pero sí le dio tiempo a percatarse de que en ella había dibujado un mapa. Un mapa de Hovenäset.
—Gracias —dijo él con una sonrisa mientras añadía el papel al montón que había ya dentro de la caja y la cerraba.
Justo en ese momento, su padre regresó con un paquete de tiritas.
—Bill tiene un mapa antiguo de Hovenäset —señaló ella.
A Fredde le encantaban los mapas antiguos. De pequeño los coleccionaba, y ahora los guardaba todos en un arcón grande en casa de la abuela.
—¡Qué interesante! —replicó, emocionado como un colegial—. ¿Puedo verlo?
El recién llegado se quedó un segundo mirando la caja que acababa de cerrar.
—Sí, pero es un mapa de Strömstad, no de Hovenäset…
Su padre se echó a reír.
—Ay, Heidi, ¿no sabes distinguir entre Strömstad y Hovenäset?
—Claro que sí… —respondió ella al tiempo que notaba cómo se ponía colorada.
—Lo he metido por aquí al fondo, no sé muy bien dónde… —señaló Bill—. Aunque si de verdad crees que es importante, voy a ver si puedo sacarlo…
—No, no —contestó Fredde—. Ya le echaré un vistazo otro día. Es que pensé que se trataba de un mapa de Hovenäset…
Heidi deseó para sus adentros que su padre hubiera dicho que sí, que quería verlo ahora mismo. Porque estaba segura de que era de Hovenäset, no de Strömstad. ¿O se había equivocado?
No había dormido bien la noche pasada. Y lo de la abuela la había dejado también un tanto confusa.
«Quizá es que estoy algo cansada», se dijo.
Pero, en realidad, sí que le habría gustado volver a ver el mapa.
El señor Sullivan empujó la caja contra la pared con la pierna.
—Gracias por tu ayuda, Heidi.
—No hay de qué.
—Bueno, ¿qué te parece la noria, ahora que ya la has visto? —preguntó Bill—. ¿Todavía tienes ganas de subirte?
Ella asintió. Él le puso una mano en el hombro.
—En ese caso, y para compensar por la caída, cuenta con entradas gratis para ti y tus amigos —declaró sonriendo—. ¡Puedo guardarte hasta diez!
De repente, el mapa pasó a darle igual. ¡Vaya cara iban a poner Alva y Harry cuando se lo contara!
—Bueno, ya es hora de que me lleve la noria al camping —dijo Bill—. Ven a verme mañana y quizá ya puedas montarte…
—¡Gracias! —exclamó ella con una gran sonrisa.
Al momento, salió disparada escaleras arriba, lo más deprisa que pudo, ardiendo en deseos de llamar a sus dos amigos.
Sin embargo, justo en ese instante, al mirar de pasada por la ventana, se detuvo en seco.
La atracción se alzaba como un monstruo de metal en medio de las casitas blancas de madera del pueblo. Las luces de colores estaban apagadas, de modo que así, en la oscuridad, la gigantesca rueda ofrecía un aspecto como abandonado.
Solo una de las cabinas destacaba. Una de luces rosas.
Esa sí continuaba con las luces encendidas.
Brillando solitaria en la noche.