La noria del mal Capítulo 7
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Capítulo 7

E RA UNA TARDE FRESCA Y LLUVIOSA. Alva había ido a cenar con ellos al cobertizo de pesca: el lugar favorito de Heidi.

Se trataba de una casita en miniatura, pintada de rojo, que formaba parte de una larga hilera de construcciones idénticas.

Hacía un frío glacial en invierno; sin embargo, en verano, la temperatura resultaba perfecta.

Guardaba una infinidad de objetos que su padre consideraba de vital importancia: cañas de pescar, chalecos salvavidas, nasas para langostas, redes de pesca…

En el centro de la estancia había una mesa de comedor y un par de sillas.

A Heidi le encantaba cuando cenaban y montaban fiestas allí.

Las puertas, que daban al embarcadero y al mar, se hallaban abiertas de par en par. Acababan de terminar de comer y estaban todos jugando a las cartas. Heidi no podía dejar de pensar en lo que había dicho la abuela: que la noria tenía que desaparecer porque era peligrosa para los bebés.

«Solo para los recién nacidos».

Un tremendo escalofrío la recorrió de pies a cabeza en cuanto lo recordó.

Su abuela llevaba meses diciendo cosas algo raras, pero jamás había hablado de ese modo. No le pegaba nada expresar algo tan terrible. Mucho menos aún delante de su nieta.

Alzó la vista hacia el cielo. Una enorme gaviota volaba en círculos sobre una de las embarcaciones. Bajó en picado y se posó sobre el motor de popa.

—El tiempo está de lo más impredecible —advirtió Fredde—. Parece que va a haber otra tormenta esta noche. Así no hay quien duerma bien.

—A mí me encanta —replicó Jennifer con una sonrisa—. Además, más vale que te acostumbres a descansar. Pronto tendremos un bebé que llorará y nos mantendrá en vela cada noche…

Su pareja sonrió.

—Quizás sí, quizás no. Si hay suerte, puede que nos salga como Heidi y todo será paz y tranquilidad.

Al momento, extendió la mano y acarició la mejilla de su hija. Ella se apartó y barajó las cartas.

—¿Jugamos o qué?

Le avergonzaba un poco haber reaccionado así; sin embargo, estaba harta de que se hablara a todas horas únicamente del bebé. Su padre debía de haberle preguntado como cien veces cómo se sentía ahora que iba a ser hermana mayor. Heidi siempre respondía: «Bien».

¿Qué más se suponía que tenía que contestar?

¿Que le caía genial Jennifer, pero que creía que todo había ido demasiado deprisa? ¿Que hubiera preferido que su hermanito llegara más tarde?

No se podía hacer nada ya al respecto. Pronto nacería. Y mamá se quedaría en Alemania.

Para encontrarse a sí misma. Eso le había dicho. Y también que una no puede hacer nada cuando se enamora.

«Ni cuando se desenamora», pensó Heidi.

Porque el problema no era solo que mamá se hubiera enamorado de otro, sino que ya no estaba enamorada de su padre.

De repente, el rostro de Jennifer se iluminó.

—¡Dame la mano! —le dijo a Fredde, agarrándola y poniéndola sobre su vientre—. ¿Notas las pataditas?

Él sonrió.

—¡Impresionante!

Heidi se revolvió incómoda en su silla. Para eso, mejor que Alva y ella desaparecieran de allí.

Justo en ese momento, Jennifer la miró.

—¿Quieres tocar tú también?

Ella negó con la cabeza. No era la primera ocasión en que se lo preguntaba. Y siempre le respondía que no. A ver: ¿por qué iba alguien a querer tocarle la barriga a otra persona?

—Lo que quiero es seguir jugando —respondió.

Su amiga amagó con decir algo; sin embargo, pareció contenerse. Tal vez a ella sí le apetecía tocarle la barriga a la novia de su padre. Los niños pequeños le hacían mucha gracia, al contrario que a Heidi.

—Quizá sea mejor que sigamos mañana. Se está haciendo tarde. Creo que me voy para adentro.

—Vete, sí —dijo su pareja—. Nosotros no tardaremos.

Jennifer les lanzó un beso a todos y cerró la puerta del cobertizo tras de sí.

—Creo ya es hora de que yo también me vaya a casa —intervino Alva—. Pero mañana podríamos ir al camping a ver la noria, ¿no?

—¡Por supuesto! —respondió Heidi.

—¿Cómo va todo con tu parque de atracciones, Alva? —preguntó Fredde—. ¿Te ha dado Bill alguna idea nueva?

—Todavía no, quizá mañana —contestó la chica antes de salir también del cobertizo y dejar a su amiga a solas con su padre.

«Tengo que hablarle del tema», pensó Heidi. «Tengo que contarle lo que ha dicho la abuela».

La gaviota despegó desde el motor de la lancha y se fue volando. Las nubes iban acumulándose sobre el mar.

—Estoy preocupada por la abuela… —empezó Heidi—. Se ha puesto a decir cosas sin sentido cuando he ido a verla antes.

A continuación, le contó todo lo que había salido de boca de la anciana: que debían impedir que trajeran la noria, o, de lo contrario, Hovenäset se convertiría en un sitio peligroso para los bebés.

Él la escuchó atentamente, con expresión seria.

—Heidi… —pronunció despacio—. ¿De verdad ha dicho la abuela todo eso?

Heidi asintió mientras empezaba a recoger las cartas.

—¿En serio? ¿No te lo estarás inventando?

—¡Claro que no!

Su padre parecía preocupado.

—Vale, vale, está bien saberlo… Escucha, sé que te inquieta un poco lo que pueda pasar cuando nazca el niño. Te prometo que nadie se va a olvidar de ti. Nunca.

A Heidi casi se le cae la baraja de las manos.

—¿Crees que me lo estoy inventando?

Un malestar generalizado le recorría el cuerpo.

—No, no —se apresuró a replicar él—. Entiendo que algo no va bien con la abuela, aunque se me hace rara la idea de que te haya contado todas esas cosas… Me parece muy extraño…

—¡Pero sí que lo ha hecho!

Su padre suspiró.

—Vale. En ese caso, tenemos un problema.

—¡Exacto!

Él le dio una palmadita en el brazo a su hija.

—Te creo. De verdad.

Sin embargo, ella se daba perfecta cuenta de que no estaba convencido del todo.

Acto seguido, Fredde miró el reloj.

—Será mejor que entremos en casa nosotros también. Quiero ver cómo le va a nuestro nuevo inquilino. Prométeme que no le contarás ninguno de esos cuentos absurdos que se le han ocurrido a la abuela.

—Te lo prometo.

—Y mejor que no le digas a ella que Bill se aloja con nosotros. No parece llevar muy bien ahora mismo los cambios a su alrededor.

—Ya me he dado cuenta. No le diré ni pío.

—Qué lista eres —dijo él, dándole un abrazo.

A continuación, recogieron todo y cerraron el cobertizo.

De repente, justo cuando casi habían llegado ya a la casa, su padre se detuvo en seco. Heidi lo oyó exclamar de sorpresa.

—¡Dios mío! —musitó él.

Ella levantó la vista y entendió por qué se había detenido.

En medio de la carretera se alzaba un camión enorme. Con una noria gigantesca en la parte trasera.