La noria del mal Capítulo 6
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Capítulo 6

E MPEZÓ A LLOVER NADA MÁS LLEGÓ A SU DESTINO.

Subió corriendo los escalones del porche y pulsó el timbre.

Nadie en Hovenäset tenía una casa como la de la abuela.

Era la más bonita del mundo: toda blanca y con molduras amarillas.

Esperó unos segundos y, tras volver a llamar un par de veces más, sacó su propia llave y accedió al interior de la vivienda.

—¡Hola, abuela! —gritó al adentrarse en el pasillo—. ¡Soy yo!

La anciana llevaba tiempo sintiéndose cada vez más y más desorientada.

Por eso, su padre había decidido que, cuando fueran a verla, si no contestaba a la primera, abrieran ellos mismos.

Le costaba horrores levantarse e ir hasta la puerta; además, había perdido mucha vista.

Podía girar el picaporte ella sola, por supuesto, pero el problema era que no veía bien quién la visitaba.

Y eso tanto a ella misma como a sus familiares les producía mucha angustia.

Heidi la oyó acercarse arrastrando los pies y haciendo crujir los tablones del suelo a su paso.

—¿Eres tú, Egon? —preguntó la abuela.

Ella se estremeció. Egon era su abuelo, que llevaba varios años muerto. Se metió la llave en el bolsillo y fue directa hacia el lugar donde se encontraba su anfitriona.

—No, soy yo —respondió—. Soy Heidi.

—¡Ah, eres tú!

Se abrazaron. Su voz sonaba diferente, llorosa y cansada. Incluso su cuerpo daba la impresión de haberse encogido y encorvado.

—Tu padre ha venido antes. Por lo que me ha contado, lo habéis pasado muy bien en Öland.

—En Gotland. Es en Gotland donde hemos estado.

—Ah, también habéis ido allí…

De repente, a Heidi se le hizo un nudo en la garganta. Apenas un año atrás, la abuela gozaba de buena salud y la cabeza le funcionaba a la perfección. Era imposible que papá hubiera ido allí hace un rato, pues siempre trabajaba a esas horas.

—¿Necesitas ayuda con algo? —le preguntó.

La anciana soltó un leve suspiro.

—¿Qué te parece si salimos un rato a la terraza? Me gusta oír cómo la lluvia repiquetea sobre el tejado.

El rostro de su nieta se iluminó. También le encantaba ese sonido.

La terraza estaba en la parte trasera de la casa, y tenía unas vistas maravillosas a la bahía. Junto a una de las orillas de esta se extendía el camping.

Heidi la ayudó a acomodarse en una de las sillas y, a continuación, se sentó frente a ella.

El zapatito y el sonajero seguían en su mochila.

—¿Estás bien abrigada? —preguntó.

La abuela asintió. Llevaba puesta una blusa y una rebeca. Heidi, en cambio, solo una camiseta, así que tenía frío.

Su abuela permaneció sentada en silencio, contemplando el agua. Parecía ansiosa, sus ojos se movían de un lado a otro como si buscaran algo.

—¿Te ha contado papá que van a traer una noria al camping? —dijo Heidi.

La anciana giró la cabeza hacia su nieta.

—¿Qué has dicho?

—Una noria. En el camping. Que van a traer una. Llega mañana.

—¿Qué quieres decir con que la «van a traer»?

Heidi se encogió de hombros.

—Pues eso, que van a traerla, en un camión, supongo. Hemos conocido al…

No pudo continuar.

—¡Tienes que impedirlo! —replicó la abuela con un estridente alarido—. ¿Me oyes, Heidi? ¡La noria no puede venir aquí! Dile a su propietario que no es bienvenido. ¡Nunca más!

Su nieta la miró fijamente.

¿Cómo que «nunca más»?

—¿Cuándo ha habido una noria en Hovenäset? —preguntó.

—Hace mucho mucho tiempo… Y de ningún modo debe volver a suceder.

La boca de la anciana dibujaba una línea recta tensa y delgada.

—¿Por qué no?

A Heidi no le gustaba que dijera esas cosas raras.

La abuela negó con la cabeza.

—Tengo que hacer un esfuerzo y leer más el periódico —murmuró—. Ya presentía yo que algo malo iba a suceder. Me he pasado las últimas noches en vela por culpa de esta interminable tormenta, pero jamás habría imaginado que…

Se quedó en silencio de nuevo.

—¿Has estado durmiendo mal? —preguntó su nieta.

La anciana asintió.

—Casi una semana entera. Y ahora entiendo el porqué.

Heidi se revolvió incómoda en su asiento. «Voy a tener que decirle a papá que la abuela se comporta de forma aún más extraña que la última vez», pensó.

—Eso de pasarse las noches en vela no suena muy bien…

—Alguien tiene que vigilar y mantenerse alerta —susurró la abuela, tras tragar saliva con dificultad—. Esa fue la promesa que hice cuando el abuelo y yo compramos la casa. Esperemos que estés equivocada y eso de la noria no sea verdad. Nos esperan tiempos terribles como la traigan aquí.

Heidi no sabía qué decir. Seguramente, lo mejor fuera no contarle que, de hecho, ya estaba todo arreglado para su llegada.

«Nos esperan tiempos terribles como la traigan aquí».

La premonición sonaba sombría e inquietante. ¿Y qué era eso de que había hecho la promesa de vigilar y mantenerse alerta?

La abuela se inclinó sobre la mesa.

—Escucha con atención —musitó.

Heidi se puso rígida. La lluvia parecía haber cesado. Un silencio absoluto reinaba en el ambiente.

—¿Qué pasa? —preguntó, al tiempo que se aferraba a los brazos de la silla.

—Prométeme que harás todo, pero todo lo que esté en tu mano para conseguir que se lleven la noria si acaban trayéndola aquí. Prométemelo, Heidi. Si no, podrían ocurrir cosas muy malas.

—¿Qué quieres decir con cosas… muy malas?

La anciana cerró los ojos con fuerza y no respondió.

A Heidi le entraron ganas de echarse a llorar. Nada había salido como esperaba. Resultaba obvio que aquel no era el momento indicado para enseñarle las cosas que había encontrado bajo el suelo de madera de su dormitorio. Ni, por supuesto, tampoco el de hablarle de Bill, su nuevo inquilino.

«Te echo de menos, abuela», pensó. «Te echo muchísimo de menos».

Un sentimiento de desolación la invadió de repente: frente a ella estaba su abuela, sentada a la mesa, pero por alguna extraña razón, parecía como si ya no fuera la misma de siempre.

—Tengo que irme. —Heidi se puso de pie.

La anciana abrió los ojos.

—Solo los bebés han de tener miedo —masculló—. Solo los recién nacidos.

Su nieta dio un paso atrás.

—¿Miedo?

La abuela asintió.

—Si traen la noria, Hovenäset se convertirá en un lugar peligroso —respondió—. Pero solo para los bebés, los recién nacidos… Piensa en ello. Al fin y al cabo, tú misma pronto vas a tener un hermanito…