Capítulo 5
A LA MAÑANA SIGUIENTE SALIÓ EL SOL . Acompañada de sus dos amigos, Heidi esperaba en su cuarto a que llegase Bill con la noria. Se sentía nerviosa y agotada, pues había descansado mal por la noche. La lona no servía como pared. Dejaba pasar todos los ruidos y, en cuanto amanecía, también la luz.
Aunque lo peor había sido lo ocurrido a la hora de acostarse. Aquellos crujidos, como si alguien estuviera al otro lado del plástico. Después de oírlos, apenas había logrado pegar ojo.
—Puedes quedarte a dormir en mi casa unas cuantas noches —propuso Alva.
—Muchas gracias —respondió ella—. Si la cosa no mejora, igual acepto.
Su amiga vivía en el propio camping, entre caravanas, tiendas y casas móviles.
Una casa móvil era como una caravana, pero con aspecto de chalé.
En una de estas residía la amiga de Heidi con su madre y su hermano pequeño; a diferencia de la mayoría de los campistas, tenían allí su vivienda todo el año.
A Heidi le encantaba ir en invierno, cuando el lugar estaba vacío y parecía un parque inmenso, un jardín descomunal.
En verano, en cambio, aquello era otra historia. Por más que intentaba imaginarse una gran noria levantándose entre aquel maremágnum de remolques y tiendas de campaña, no podía.
—¿Cuándo llega? —preguntó Alva.
Llevaba puesto su vestido más bonito y se había colocado una pinza con una flor en el cabello moreno.
—No dijo una hora exacta.
Su padre ya se había ido a trabajar, aunque Jennifer seguía en casa, también pendiente de la aparición del nuevo inquilino.
Harry, en pantalón corto y camiseta, miró de reojo el vestido de su amiga. A él también le gustaba arreglarse en ocasiones especiales, pero no para algo así.
—¿Por qué vas tan elegante?
Alva se ajustó el vestido y se revolvió un tanto incómoda.
—No voy elegante.
Heidi sabía muy bien que el mayor sueño de su amiga era montar su propio parque de atracciones.
Incluso había llegado a dibujar ya los planos y había empezado a ahorrar.
A su padre le entraba la risa cada vez que ella le hablaba de aquellos planes; no es que se burlase, pero tampoco resultaba muy alentador.
La madre de Alva, por el contrario, nunca se reía: parecía convencida de que todo era posible. Ojalá tuviera razón.
Y ojalá Bill apareciera pronto, porque no quería dejar de pasarse un rato por casa de su abuela. Llevaban dos semanas sin verse, algo nada habitual.
En ese momento, se oyó un coche que se aproximaba por la calle. El motor se apagó justo frente a la entrada.
Ella fue corriendo hasta la ventana.
—Ya está aquí.
El recién llegado bajó del automóvil con una sonrisa. Vestía igual que el día anterior: el mismo jersey grueso de manga larga.
Alva y Harry se apiñaron de inmediato junto a su amiga.
—¿Cómo es que lleva cuello alto en pleno verano? —susurró la primera.
—No lo sé… —respondió Heidi.
Jennifer fue a recibirlo.
—¡Hola! Bienvenido —le saludó con voz alegre—. Ven que te enseñe tu habitación.
—Vamos —comentó Alva tirándole del brazo a su amiga—. Bajemos a ayudarle con las cosas.
Los tres salieron a toda prisa.
Heidi se sentía cada vez más insegura. ¿Y si Bill se molestaba al ver que sus compañeros habían venido a examinarle justo el primer día de su traslado, sin darle tiempo siquiera a acomodarse? Quizás quisiese estar a solas. Al verla, sin embargo, el semblante del nuevo huésped se iluminó.
—¡Hola! —saludó—. ¿Tienes visita hoy?
—Sí… —balbuceó—. Estos son Alva y Harry.
—Pensábamos… que igual necesitaba usted ayuda para trasladar las cosas —añadió Alva.
—Gracias, muy amable de vuestra parte, pero no traigo mucho. Solo esto —sonrió él, señalando la gran maleta que portaba en la mano—. Esta noche volveré con algunas cosas más.
—Ah, perfecto —respondió Heidi.
Bill desapareció detrás de Jennifer.
—¡Qué habitación tan fantástica! —le oyeron exclamar entusiasmado desde dentro de la casa.
Alva le dio un codazo a su amiga.
—¿No le preguntamos dónde se ha dejado la noria? —murmuró—. Hoy, desde luego, no la ha traído.
—Esperemos a que salga. No podemos entrar así de sopetón a agobiarlo con un montón de preguntas.
—¿Cómo que un montón de preguntas? Lo único que queremos saber es cuándo y dónde podremos ver la noria.
En ese momento, Bill apareció bajo el marco de la puerta.
—Mañana mismo podréis verla —anunció con voz tranquila.
Ninguno lo había oído acercarse. Alva sonrió, algo avergonzada.
—Me encanta ir al parque de atracciones y subirme a todas —musitó.
—¿Y a quién no? —respondió él.
—El sueño de Alva es tener su propio parque —intervino Jennifer—. ¿Verdad?
La chica asintió en silencio.
—¡Fantástico! —exclamó Bill—. Puede que necesite varios ayudantes si se me acumula el trabajo. ¿Podría contar con vosotros?
Los tres se quedaron observándole sin decir palabra. ¿Ayudantes?
—Por supuesto, os pagaría —añadió—. Como mínimo, seguro que podríais montaros gratis en la noria.
Heidi no daba crédito. ¡Sonaba casi como si les estuvieran ofreciendo un trabajo de verdad!
—¡Qué maravilla! Por supuesto. Estos muchachos te echarán una mano en todo lo que puedan —dijo Jennifer guiñándole un ojo a Heidi.
Esta le respondió con una sonrisa. Desde luego que le apetecía ayudar a Bill.
—Estupendo. Ya os llamaré cuando me organice un poco —concluyó él antes de bajar de nuevo al cuarto de invitados.
Los chicos se miraron entre sí, intentando, en la medida de lo posible, contener los saltos de alegría.
—¡Guau! —farfulló Harry—. Es majísimo.
Sus amigas no podían estar más de acuerdo.
También Jennifer era de la misma opinión.
—Aunque yo no sé si me atreveré a montarme en la noria. —Se llevó una mano a la tripa—. Imagínate que se queda atascada y que tengo que dar a luz ahí arriba.
Heidi soltó una carcajada.
—Mujer, no creo que eso pase, ¿no?
—Es broma —sonrió la novia de su padre—. Claro que subiré algún día.
A continuación, miró el reloj y se puso seria.
—¿Tú no querías ir a ver a la abuela hoy?
Ella asintió.
—Vale. Fredde estaba preocupado cuando volvió ayer de su casa. Si no vas tú, iré yo.
—No, no, voy yo —replicó Heidi con firmeza—. Ahora mismo.
Lo cierto es que se moría de ganas de hablar con su abuela sobre los hallazgos de la tarde anterior: el zapatito y el sonajero. La madre de su padre era una persona que siempre había sabido guardar un secreto; seguro que no se lo contaría a nadie.
Así pues, se despidió de Alva y Harry, y subió a su cuarto a buscar aquellos tesoros ocultos.
Nuevas nubes surcaban despacio los cielos. Pronto empezaría a llover otra vez.
Ojalá la abuela tuviera uno de sus días buenos, para que fuera posible charlar con ella tranquilamente. Aunque, en realidad, solo había una pregunta que quería hacerle:
¿A quién se le ocurre esconder zapatos y juguetes viejos bajo el suelo?