Capítulo 4
D URANTE UNOS INSTANTES se quedó tan absorta mirando el sonajero y el zapatito que se le olvidó por completo que estaba hablando por teléfono. No volvió en sí hasta que la voz impaciente de su amigo al otro lado de la línea reclamó su atención.
—Bueno, ¿qué? ¿Qué te parece?
—¿El qué? —preguntó, desconcertada.
Harry suspiró con fastidio.
—No me estás escuchando. Te decía que si quieres venir mañana al camping a ver si ya ha llegado la noria.
Se incorporó de golpe. Así que él también había oído hablar de la atracción.
—Conozco al dueño —le informó ella—. Me refiero a que sé quién es. Va a alojarse en nuestra casa. Se llama William, pero le llaman Bill.
—¡No fastidies! ¿Te das cuenta de lo alucinante que es eso?
Heidi soltó una risita.
—Le hemos alquilado la habitación de invitados del sótano. Se instala mañana por la mañana.
—¡Genial! Entonces Alva y yo nos pasaremos por allí a primera hora. ¡Ojalá se traiga la noria!
—Eso espero yo también.
Luego, colgaron.
Unas horas más tarde, su padre regresó de la casa de la abuela. Ella acababa de terminar de hacerse la cama. Sentía un intenso cosquilleo en el estómago, una mezcla de nervios y de ilusión: cuantas más vueltas le daba, más le gustaba la idea de que Bill fuera a mudarse allí con ellos.
La verdad es que necesitaban el dinero. Además, le vendría pero que muy bien tener otra cosa en la que pensar.
Algo que no guardara relación con su madre ni con nada de todo aquello que tanto la entristecía y amargaba.
No tenía sueño. Ni el más mínimo atisbo de cansancio. En cuanto se acostó, un sinfín de ideas se arremolinaron de forma alborotada en su cabeza. La lona crujió.
Al cabo de un rato, se levantó, agarró de nuevo el sonajero y el zapatito, y se puso a mirarlos del derecho y del revés, examinándolos con atención.
No le apetecía en absoluto devolverlos a su escondite bajo las tablas del suelo.
Y mucho menos enseñárselos a su padre y a Jennifer, quienes seguro querrían guardarlos para el futuro bebé.
Así pues, en lugar de eso, decidió meterlos en uno de los cajones del escritorio, el de arriba, que podía cerrarse con llave. Un escalofrío le recorrió el cuerpo al girar la llave en la cerradura y ocultarla luego dentro de uno de los libros que reposaban sobre la mesa.
La lona volvió a crujir.
Heidi se estremeció y se sumergió bajo las sábanas.
Un relámpago iluminó el cielo nocturno. Un instante después sonó el fragor del trueno.
Había oído decir que bastaba con contar los segundos entre ambos para saber lo cerca que se hallaba la tormenta.
Si el trueno llegaba enseguida, significaba que la tenías encima.
Lo cual podía ser peligroso, por ejemplo, si te encontrabas en el mar.
La lona crujió de nuevo.
Y eso que, en esta ocasión, ella no había movido ni un músculo.
¿Por qué no dejaba de hacer ese ruido?
Enseguida, cerró los ojos con fuerza. Luego, los abrió.
«Solo son imaginaciones mías», pensó. «La lona no hace ningún ruido, claro que no».
Un segundo después, otro relámpago cruzó el cielo.
—Uno, dos, tres, cuatro… —empezó a contar para sus adentros.
Entonces, llegó el trueno. Ella se quedó rígida, como de piedra. ¿Qué le pasaba? De pequeña le daban miedo las tormentas, pero ya no.
De la lona volvió a brotar un crujido, esta vez más sonoro. A continuación, uno aún más fuerte. Y más cercano.
El corazón le retumbaba en el pecho.
¿Acaso había alguien al otro lado?
De repente, el suelo empezó a emitir un chirriante gemido, como si alguien caminara sobre él.
Con pasos lentos. Muy lentos.
Encendió la lámpara de lectura.
La oscura lona colgaba recta, inmóvil.
—¿Hola? —susurró.
No hubo respuesta.
Fuera, los truenos y los relámpagos continuaban persiguiéndose por el firmamento. El plástico, en cambio, permanecía en completa quietud.