La noria del mal Capítulo 3
7%

Capítulo 3

C AYÓ LA NOCHE y cada vez más nubes oscuras encapotaron el cielo de Hovenäset. Mientras Jennifer limpiaba la habitación de invitados, Heidi y su padre se pusieron a arreglar la de arriba.

No conseguía quitarse de la cabeza lo que había oído esa tarde. ¿Y si fuera verdad? ¿Y si se veían obligados a vender la casa? Al cabo de un rato, se atrevió a preguntar sobre el tema directamente.

—Me da vergüenza —dijo él bajando la mirada—. Yo no quería que te enteraras de nada.

—¡Pero tengo derecho a saberlo! —respondió ella con enfado.

—Es que confiábamos en que al final se arreglaría. Y, en efecto, así ha sido. Con mi nuevo trabajo y el dinero que recibiremos de nuestro inquilino nos bastará.

—Eso no lo habéis sabido hasta hoy —replicó Heidi—. ¿Y si Bill no hubiera aparecido?

—Pero lo ha hecho. Eso es lo único que importa.

Esta vez fue ella quien bajó la vista.

—¿Cuánto va a pagar por la habitación? —preguntó.

—Mucho. Acaba de llamar y me ofrece mucho dinero.

—¿Es que es rico o algo así?

—Tiene pinta. Quizá sea estadounidense. Por el nombre, lo parece: William Sullivan.

—Pero no todos los estadounidenses son ricos, ¿no?

—No, desde luego que no.

Se quedaron en silencio. A Heidi le gustaba la idea de tener a una persona nueva en casa. Lo que no le hacía ninguna gracia era su recién estrenada «pared de mentira», consistente en una lona de plástico colgada del techo, oscura y fría. Le recordaba a los muros de una cárcel.

Un trueno la hizo estremecerse. La lluvia repiqueteaba contra el tejado y un fuerte viento comenzaba a soplar.

—Creo que debería bajar a echar un vistazo a la lancha —dijo su padre—. No he ido todavía desde que hemos vuelto de Gotland. Además, quiero pasar a ver a la abuela. ¿Te apañas tú sola con el resto?

Ya habían limpiado y colocado los muebles entre los dos. Ahora únicamente quedaba ordenar las cosas que habían tenido que mover de sitio: libros, fotos y objetos de decoración.

—Dile a la abuela que yo iré mañana a verla.

—Se lo diré —respondió él, antes de marcharse.

Un nuevo fragor retumbó en el cielo. Seguro que a la próxima sonaría aún más cerca. Se preguntó dónde dormiría Bill esa noche. Y dónde tendría su noria.

Entonces le sonó el móvil.

Era Harry, al que conocía desde que iban a la guardería. Vivía en una casa de color lila cerca de la suya.

—¿Qué tal tu nueva habitación? —preguntó—. ¿Puedo ir a echarle un vistazo?

Heidi contempló el caos de su dormitorio.

—No hay mucho que ver. ¿Qué tal lo habéis pasado en Francia?

Su amigo había estado una semana en París con su familia.

Le habló de los hoteles abarrotados, de los largos viajes en coche y de la Torre Eiffel, que era altísima.

Conforme le escuchaba, la mirada de Heidi se deslizó hasta el hueco en el suelo, entre las tablas.

Entonces, se acordó del zapatito. Lo había vuelto a guardar dentro de su caja.

Sin embargo, en ese momento, sintió el deseo de sacarlo de nuevo de su escondite.

Ojalá pudiera entender por qué alguien lo había colocado allí.

Y por qué únicamente había un zapato y no dos.

Heidi se acercó a la cavidad y se tumbó junto a ella, boca abajo. Luego, metió la mano y empezó a tantear por debajo de los listones de madera hasta hundir el brazo por completo. No encontró ningún otro zapato, tan solo pelusas de polvo blandas y fibrosas.

Sin embargo, de pronto, sus manos rozaron algo muy distinto. Algo duro y frío.

Estirándose todo lo que pudo, logró al fin, entre jadeos, atrapar aquella cosa.

—¿Hola? ¿Me escuchas o qué? —dijo Harry.

—Sí, claro —respondió ella, intentando que su voz sonase normal—. Solo estaba…

Después, se interrumpió al ver lo que tenía en la mano. Se trataba de un objeto alargado y plateado, con una bolita redonda en una punta: un sonajero antiguo. Un juguete para bebés. Heidi recordó haber tenido de pequeña uno casi igual, que le habían regalado sus tíos maternos cuando la bautizaron.

Su tacto era frío y, al agitarlo, emitía un leve y sordo tintineo.

Qué extraño que también hubieran escondido algo así.

¿A quién habrían pertenecido el viejo zapatito y el sonajero?

¿Y cómo habían ido a parar bajo el suelo de madera del dormitorio?