Capítulo 2
J AMÁS EN LA VIDA Heidi había corrido tan deprisa. Encontró a la pareja de su padre en la cocina, sentada en una silla, sujetándose el vientre. Una expresión de desasosiego le ensombrecía el rostro. Tenía la vista clavada en la otra puerta, la que daba al recibidor y a la entrada de la vivienda.
En el umbral había un hombre.
—¡Perdón! —se disculpó él—. ¡Perdón! No era mi intención asustarles. Es que… he llamado, pero nadie me oía. Y como estaba abierta de par en par, he entrado… aunque, desde luego, ha sido una torpeza terrible por mi parte…
Jennifer le miraba con inquietud. Heidi se colocó junto a ella. Apenas un par de segundos después, su padre irrumpió en la casa y, empujando a un lado al intruso, se abrió paso hacia las dos.
—¿Quién narices es usted? —le gritó—. ¿Y qué hace aquí?
A continuación, se volvió hacia las chicas.
—¿Estáis bien? Estaba en la parte trasera y he oído un grito.
Venía empapado por la lluvia, con la ropa chorreando.
—He sido yo —dijo Jennifer—. Este señor me ha dado un buen susto.
—No saben cómo lo lamento —volvió a disculparse el hombre—. Había venido a preguntar si la habitación seguía libre. No obstante, entiendo que, después de esta forma de presentarme, no querrán tenerme como inquilino…
Tenía una expresión lastimosa. Vestía unos pantalones largos negros y un jersey de cuello alto, también negro. Tenía el pelo espeso y oscuro, igual que su barba. «No es fácil adivinar su edad, aunque debe de tener más o menos los mismos años que papá», pensó Heidi.
¿Qué pintaba ese tipo en su casa?
Su padre negó con la cabeza.
—«¿Inquilino?» —repitió, ladrando como un perro—. ¿Cómo que inquilino?
Jennifer, en cambio, parecía de pronto aliviada, incluso contenta.
—¡Ah! Ahora lo entiendo… —exclamó al tiempo que se levantaba y apoyaba, a continuación, una mano en el brazo de su pareja—. Es que puse un anuncio en el camping. Como a veces se llena, dejé una nota diciendo que tenemos una habitación extra, disponible para alquilar.
—¿Estás de broma? ¿Has tomado esa decisión por tu cuenta, sin hablarlo conmigo? —replicó él, abriendo los ojos de par en par.
—No —respondió ella con firmeza—. He intentado hablarlo contigo muchas veces. Pero no escuchas. Necesitamos el dinero, Fredde. No es tan difícil de entender. Y el cuarto de invitados está vacío.
La habitación se encontraba en el sótano, donde también había una pequeña cocina. Además, disponía de entrada independiente. Heidi no recordaba que la hubieran alquilado nunca.
—No estoy de acuerdo —declaró él—. No quiero extraños en casa bajo ningún concepto. El dinero me da igual. Ya haré horas extra.
—¿Ah, sí? ¿Cómo? Si tu jefe no te ha garantizado ni media jornada… —replicó Jennifer con expresión triste y un brillo intenso en los ojos.
El recién llegado carraspeó en el umbral de la vivienda.
—Veo que no lo han hablado entre ustedes. Así que…
—Sí, lo que hemos hablado es suficiente —le interrumpió Fredde—. Tendrá usted que buscarse alojamiento en otro sitio.
—¿Desde cuándo decides tú por los demás? —respondió su novia, enfadada—. ¿Es que Heidi y yo no contamos?
—¡Heidi! —aulló él—. ¿Acaso crees que a ella le apetece compartir casa con un puñado de extraños?
—No. ¡Pero igual sí le apetece tener un cuarto con cuatro paredes de verdad! —replicó Jennifer, con la voz quebrada—. ¡Y la posibilidad de seguir viviendo en su casa de toda la vida!
Un silencio absoluto se hizo en la cocina. A Heidi le latía el corazón con fuerza.
«¿La posibilidad de seguir viviendo en su casa de toda la vida?».
—¿De qué está hablando, papá? —preguntó muy bajito—. ¿Es que nos vamos a mudar?
—No —respondió él con brusquedad—. No nos vamos a mudar.
—Tu hija tiene derecho a saber los problemas que nos agobian —terció Jennifer.
—¿Ahora mismo? ¿Delante de las narices de un extraño? ¿Es que no te basta con alquilarle una habitación?
Heidi sintió cómo un pánico tremendo empezaba a invadirle de los pies a la cabeza. ¿Pero cuánto dinero necesitaban?
—De verdad que no quería provocar una pelea —dijo el intruso, intentando hacerse oír—. Me llamo William Sullivan, aunque todo el mundo me llama Bill. Soy el que va a traer la noria al camping. Pero acabo de enterarme de que no puedo alojarme allí: está completo.
¡El hombre de la noria!
Su padre abrió la boca y la cerró de nuevo, como un pez fuera del agua.
—¿De verdad? —dijo, al fin—. ¿Es usted el propietario de la noria?
El señor Sullivan asintió con la cabeza. Heidi miró por la ventana de la cocina hacia la calle. No se veía ninguna noria.
—Todo se decidió hace apenas una semana —explicó el recién llegado—.
En principio iba a llevar la atracción a Strömstad, pero el contrato se canceló.
Así que, en vez de eso, vine aquí. El problema es encontrar alojamiento.
Todas las casas están ya alquiladas y el hotel de Kungshamn no puede acogerme.
Por eso me he alegrado tanto al ver su anuncio en el camping. Puedo pagarles bien.
Los dos posibles anfitriones se miraron en silencio.
Heidi apenas podía respirar de pura rabia. ¿De qué iba su padre? ¿Por qué no le había contado lo mal que andaban de dinero?
—Perdóname… —susurró Jennifer—. Tendría que haberte dicho lo del anuncio.
—No pasa nada —repuso él, un pelín avergonzado—. Es solo que me ha pillado por sorpresa.
A continuación, se volvió hacia su hija.
—¿Tú qué opinas? —le preguntó—. ¿Te parece bien que alquilemos la habitación?
Heidi asintió. Por supuesto que sí. Cualquier cosa, con tal de poder seguir viviendo en su casa de toda la vida.
Además, Bill tenía pinta de ser un tipo simpático. ¡Y era dueño de una noria! ¡A lo mejor los dejaba subir gratis, a ella y a sus amigos!
—Entonces, no se hable más —concluyó su padre—. Bienvenido.
Y así quedó todo resuelto. Tendrían un inquilino, que se alojaría en la habitación del sótano durante el verano.
El hombre les estrechó la mano a los tres, uno por uno, con un apretón fuerte y cálido.
—Pronto vas a tener un hermanito, ¿verdad? —observó, mirando la barriga de Jennifer.
Los dos mayores se echaron a reír, como si hubiera dicho algo muy gracioso.
—Así es. Dentro de cuatro semanas.
El recién llegado sonrió.
—Cuatro semanas… —repitió—. Entonces quizá tenga el honor de conocer a la criatura.
—Esperemos que sí —contestó Jennifer.
El padre de Heidi miró con curiosidad al nuevo inquilino.
—¿Habías estado antes en Hovenäset?
—No, nunca —respondió Bill—. Pero parece un sitio de lo más acogedor.
—Lo es —aseguró él—. El lugar más bonito del mundo. Y el más pequeño.
«Totalmente cierto», pensó Heidi. En invierno residían apenas doscientas personas en todo el pueblo. En verano eran muchas más, pero solo por unas pocas semanas.
Nadie en la familia amaba tanto aquel pueblecito pesquero como su padre.
A ella también le gustaba. Cuando era pequeña vivían en la localidad vecina de Kungshamn, a unos kilómetros.
Se trasladaron a Hovenäset una vez cumplió los seis años.
Su madre solía comentar a menudo cuánto se arrepentía de la mudanza.
«Yo quería vivir en Gotemburgo», le había confesado. «Sin embargo, Fredde se empeñó en irse a un sitio todavía más pequeño que Kungshamn. Esto no es para mí. En este pueblo no hay nada».
«No es verdad, claro que hay cosas», pensaba Heidi. «Quizá no haya tiendas ni restaurantes. Pero hay una playa, tenemos un cobertizo de pesca precioso con una lancha junto al mar. Y estoy yo…».
¿Por qué eso no le bastaba?
—¿Cuándo te gustaría instalarte? —preguntó Jennifer.
Bill se enderezó.
—Si puede ser, mañana por la mañana —dijo Bill, erguido—. Aunque quizá eso no os vaya bien…
—Oh, sí, no hay problema —respondió ella—. Nos apañamos.
El hombre sonrió.
—Estupendo —replicó rascándose la barba—. Bueno, ahora tengo que irme. Nos vemos mañana.
A continuación, alzó la mano en señal de despedida y salió de la casa por el mismo camino por el que había entrado.