La noria del mal Capítulo 1
2%
La noria del mal

La noria del mal

Por Kristina Ohlsson

© inepub.com

Capítulo 1

« A QUÍ NO HAY QUIEN VIVA», pensó Heidi.

Ante el umbral de su habitación, miraba fijamente todo lo que el carpintero había destrozado. Papá llamaba a aquello «reforma», pero para ella era una auténtica catástrofe.

A su lado reposaba una maleta y, a la espalda, llevaba colgada su mochila. Acababa de regresar de Gotland con su padre y Jennifer, la pareja de este. Los tres habían pasado allí dos semanas, alojados en una casita prestada. Su madre no la había llamado ni una sola vez.

—Estará muy ocupada —le había dicho Jennifer, con una palmadita en el hombro.

«Muy ocupada».

Tanto que ya no tenía tiempo para su hija.

Desde que se fue a vivir a Alemania, poco después de Navidad, solo la había visto en una ocasión.

En un hotel. Le parecía demasiado largo el viaje hasta Hovenäset, así que Heidi tuvo que subirse a un autobús que tardaba un par de horas en llegar a Gotemburgo para poder estar con ella el fin de semana.

En el interior de la casa se respiraba un aire cargado, sofocante. Fuera hacía calor y el cielo estaba encapotado. Una tormenta se acercaba al pueblo.

Su padre subió corriendo las escaleras.

—¡Heidi! ¿Dónde estás?

Ella no respondió.

—Vaya —exclamó él al ver la habitación—. Guau. Madre mía. Caray.

Eso era algo que solía hacer: empezar a soltar palabras sin ton ni son en cuanto se ponía nervioso.

Rodeó a Heidi con el brazo y la estrechó contra su pecho.

Ella no le devolvió el abrazo. Las lágrimas le nublaban la vista y sentía un nudo en la garganta.

En el exterior, junto a la ventana abierta del dormitorio, los árboles crujían azotados por el viento.

Más allá, se veía el mar. Olas salvajes agitaban la superficie del agua.

—Lo siento mucho, cariño. Estaba convencido de que el carpintero habría avanzado más. Pero ¿te has dado cuenta de lo bonito que ha quedado todo abajo? Aquí arriba quedará igual de bien.

«Abajo».

Donde dormirían papá y Jennifer.

Y «aquí arriba».

Donde viviría ella.

En una parte separada de la casa. Para que tuviera tranquilidad cuando llegara el bebé.

Así se lo habían vendido: con doce años, decían, necesitaba tener su propio rinconcito en el que refugiarse.

A Heidi, sin embargo, le daba la impresión de que, más bien, aquello se trataba de un lugar que les permitiría olvidarse de que ella existía.

Él volvió a abrazarla.

—¿Qué te parece? ¿Verdad que quedará genial?

No sabía qué contestar. Le habían pedido al encargado de la reforma que ampliara su habitación; por eso había tirado una de las paredes laterales para levantar otra un poco más allá.

El problema era que la obra estaba sin terminar, de modo que lo único que se alzaba ante sus ojos resultaba ser una hilera de tablones verticales que iban del suelo al techo, tan separados entre sí que ella misma cabía entre ellos sin dificultad.

—El carpintero volverá dentro de cuatro semanas —le explicó su padre—. Se me había ocurrido que, mientras tanto, podríamos colgar una lona de esas de plástico delante de las tablas. Será casi como una pared.

Heidi dio un respingo.

—¿Cuatro semanas? ¿Me tengo que tirar el verano entero sin una pared en mi cuarto?

—Bueno… las otras tres paredes siguen en su sitio… —se apresuró a añadir él al ver la expresión de su hija—. Y, por supuesto, dejaremos todo esto bien limpio antes de poner la lona. Y colocaremos los muebles en su sitio. ¿Cómo lo ves?

Se hizo el silencio. El ruido sordo y profundo de un trueno en la distancia fue lo único que se oyó en ese momento.

El temporal estaba cada vez más cerca. Grandes gotas de lluvia empezaron a golpear el cristal de la ventana.

Heidi miró a su padre. A veces parecía tonto de remate.

¿A quién le gusta tener una pared de plástico en su dormitorio? A nadie. Absolutamente a nadie.

—Ya te lo he explicado: el carpintero no volverá hasta que no le acabemos de pagar lo que le debemos. Todo ha salido más caro de lo que pensábamos. Y yo no tengo la culpa de haberme quedado sin trabajo.

Ella apretó los puños dentro de los bolsillos.

Sabía que estaba siendo injusta. En efecto, no era culpa suya que lo hubieran despedido el otoño pasado.

Y tampoco Jennifer tenía la culpa de estar de baja por el embarazo.

Sin embargo, ahora que él había encontrado un nuevo trabajo, Heidi se había hecho a la idea de que con eso bastaría.

Él se quedó callado un momento, esperando que su hija dijera algo. Como no fue así, probó a cambiar de tema:

—¿Has visto que van a traer una noria al camping?

Heidi lo miró sorprendida.

—Venga ya… —repuso.

Su padre se animó al verla hablar por fin.

—¡Es verdad! —insistió emocionado—. Salía hoy en el periódico local. La van a poner en medio de todos los campistas. Ya sabes, una noria es una de esas ruedas gigantes con cabinas que dan vueltas y vueltas.

—Papá, sé perfectamente lo que es una noria.

—Un día podríamos subirnos —sugirió él, a la vez que le revolvía su pelo corto.

—¡Fredde! ¿Puedes venir un momento? —gritó Jennifer desde la planta de abajo—. Necesito que me eches una mano para levantar una caja.

Heidi puso los ojos en blanco. En los últimos tiempos, la pobre parecía necesitar ayuda para todo. La tripa le crecía semana a semana, y se la veía casi el día entero resoplando y quejándose.

Su padre le acarició la mejilla.

—¿Quieres pasarte un rato a ver a la abuela? Se alegrará de verte.

La abuela vivía sola, en una casa que quedaba a tiro de piedra de la de ellos. Con su avanzada edad, empezaba a tener problemas de memoria. Además, veía muy mal. Otra de las cosas terribles que habían ocurrido el último año: que hubiera empeorado tan de repente.

—Iré más tarde, quizá. Si no quedo con Alva y Harry.

Alva y Harry eran sus mejores amigos. Los había echado de menos un montón durante aquellos quince días en Gotland.

—Estupendo —dijo él—. Bueno, voy a ayudar a Jennifer.

Heidi no contestó. Al poco, lo oyó bajar corriendo las escaleras e, instantes después, las risas de los dos llegaron a sus oídos.

Acto seguido, dio un par de pasos al frente y entró en su habitación. La habían vaciado antes de irse de vacaciones, creyendo que la obra estaría terminada al regresar.

Se asomó a la ventana y vio a su padre acercarse al coche: todavía quedaban cosas en el maletero. La lluvia le obligaba a moverse a toda prisa.

Luego, se volvió de nuevo hacia el interior de la estancia y se quedó reflexionando unos segundos. Lo mejor sería que empezara a limpiar y a organizar un poco todo aquello; al fin y al cabo, le tocaba dormir en esa habitación desangelada.

De repente, reparó en algo.

Algo extraño.

Había una pequeña caja de madera en un rincón.

Heidi se agachó frente a ella. Era más o menos del tamaño de una de zapatos, aunque más plana.

Sobre la tapa, una nota rezaba:

La he encontrado bajo el suelo .

Roger .

Roger era el carpintero. Pero ¿qué quería decir eso de que la había encontrado «bajo el suelo»?

A continuación, miró los tablones verticales destinados a convertirse en pared y se dio cuenta de que, en aquella zona, un gran hueco se abría en el entarimado. El carpintero debía de haber retirado dos de los largos listones de madera del parqué y había encontrado la caja debajo.

La observó minuciosamente al tiempo que le iba dando vueltas.

Estaba sucia y polvorienta; sin embargo, aun así, todavía podía apreciarse la pintura negra y brillante que la recubría.

La sacudió con cuidado. Había algo dentro, se oía con toda claridad. Algo que se deslizaba de un lado a otro.

Tiró de la tapa y, de un único gesto, la abrió.

Se quedó contemplando el interior.

Un zapatito de niño.

Era lo único que guardaba la caja de madera.

Lo sacó: era antiguo, confeccionado enteramente en piel.

Presentaba varias manchas de suciedad y el cuero se sentía rígido al tacto.

En los laterales, el material estaba cuarteado en grietas negras.

La suela se veía endurecida y un fino cordón colgaba desatado.

¿De quién sería aquel zapato? ¿Y por qué lo habrían escondido bajo el suelo de su dormitorio?

Un nuevo trueno retumbó aún más cerca.

Heidi volvió la vista hacia la ventana. Las nubes espesas y oscuras que se cernían sobre el mar se habían multiplicado.

Fue entonces cuando oyó gritar a Jennifer.