El secreto y la verdad #2
—¿Y qué dice allí?
—Que en toda ofrenda se ponga sal. Porque la sal es la señal de la alianza de Dios con los suyos.
Lorenzana se quedó mirándolo.
—El pacto de sal.
—El pacto de sal, eminencia. Ese hombre estuvo tres meses escribiendo en el suelo, del revés, con una letra volcada, la palabra que en la Escritura significa exactamente lo contrario de lo que él quería decir.
—¿Y por qué la escogió?
—Porque estaba grabada en una plancha de cobre y le cabía en el suelo.
El cardenal se quedó un momento con la mano en el brazo del sillón.
—Padre Mateo.
—Eminencia.
—Idos a Soria.
Al abate Duval lo vio el veinticinco por la tarde, en la casa de la cuesta de Santa Leocadia, con el equipaje hecho.
Era un baúl pequeño y un lío de ropa.
—Padre.
—Abate.
Duval tenía la mano izquierda cerrada sobre sí misma y no la escondía, que era lo nuevo.
—Me marcho mañana.
—Lo sé.
—A Salamanca. De corrector de pruebas.
—Es un buen oficio.
—Es el mío. Doce años en Angers.
Se sentaron los dos en el borde de la cama, porque no había más que una silla y estaba llena de ropa.
—No me han dicho quién lo ha arreglado —dijo Duval.
—Ni se lo van a decir.
—Ya.
—Y no he sido yo, para que quede claro. Yo pedí que se hiciera público que vuestra merced no tuvo nada que ver, y eso me lo han negado.
—Me alegro.
Padre Mateo levantó la cabeza.
—¿Se alegra?
—Me alegro mucho. Padre, si el domingo dicen mi nombre desde un púlpito, en Salamanca lo saben en quince días. Yo lo que quiero es que nadie sepa que existo.
—Eso es lo que dijo el cardenal.
—Pues tiene razón el cardenal.
—Es la cosa que más me ha costado tragar de este otoño.
Duval se quedó mirando el baúl.
—Padre.
—Diga.
—Voy a decirle una cosa que no me ha preguntado desde el veinte de octubre.
—No me la diga.
—¿Por qué no?
—Porque le di mi palabra de que no volvería a preguntársela, y si me la cuenta ahora, dentro de un año no sabré si me la contó porque quiso.
Duval sonrió, y esta vez la sonrisa duró un poco más.
—Se la cuento igual y es corta. En enero del noventa y uno juré la constitución civil. Fui de los primeros de mi diócesis. Lo hice porque tenía miedo y porque me convencí a mí mismo en tres días de que era lícito.
—Ya.
—En junio me retracté, cuando llegaron los breves del papa, y lo firmé y lo leí en voz alta delante de mi parroquia, que es lo que había que hacer.
—Entonces vuestra merced está en regla.
—Estoy en regla desde hace año y medio. Tengo el papel de la retractación en ese baúl.
—¿Y por qué no lo enseñó en septiembre?
—Porque para enseñar el segundo papel hay que decir que hubo un primero.
Padre Mateo asintió despacio.
—Ya lo había supuesto.
—¿Desde cuándo?
—Desde el ocho de octubre, cuando leí once líneas de un jornalero muerto en un legajo de un armario de esta ciudad y me pasé la tarde calculando meses.
Duval lo miró y no preguntó nada, que fue lo mejor que hizo aquella tarde.
—Abate.
—Diga.
—En Salamanca, cuando le den la primera prueba para corregir, mire vuestra merced las letras hebreas de las portadas.
—¿Por qué?
—Por nada. Por acordarse de que me lo dijo el tres de octubre y de que yo no le hice caso.
A Melchor Ribalta lo encontró el veintiséis, a las siete de la mañana, montando en la puerta de la Posada de la Hermandad.
Hacía un frío negro y todavía no había amanecido.
—Padre.
—Señor alcalde de cuadrilla.
—Me voy a los montes.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta que se derrita.
Ribalta apretó una cincha y no lo miró.
—Le han quitado a usted el nombre del asunto.
—Me lo han quitado a todos.
—A usted más.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo y usted lo sabe. En el bando del domingo va a poner que la justicia de esta ciudad ha esclarecido los hechos. Y la justicia de esta ciudad, aquella noche, estaba a tres calles pasando por casualidad.
—¿Y vuestra merced qué prefiere? ¿Que ponga su nombre y le abran expediente?
Ribalta se rio por la nariz.
—Yo prefiero que se derrita la nieve y que en abril haya pasto.
—Buena respuesta.
—Es la única que tengo. —Se subió al caballo—. Padre.
—Diga.
—Lo de la mujer de Hontanar.
—Dígame.
—La sueltan en febrero. Me lo ha dicho el portero del tribunal, que es de mi pueblo y me debe dinero.
—¿Y?
—Y voy a ir a buscarla el día que salga y la voy a llevar a su casa yo mismo, en mi caballo, aunque tenga que ir andando yo al lado las nueve leguas.
Padre Mateo se quedó con la mano en la brida.
—¿Por qué?
—Porque la traje yo en un carro de leña.
Estuvieron un momento callados en la oscuridad.
—Señor Ribalta.
—Diga.
—Vuestra merced y yo no nos caemos bien.
—No.
—Y si volviera a Toledo dentro de diez años y hubiera otro muerto en despoblado, se lo pediría a vuestra merced antes que a nadie.
Ribalta se quedó quieto un segundo.
—Y yo bajaría —dijo.
Y espoleó, y no dijo adiós, porque en los montes eso no se dice.
A Juana la vio el veintisiete por la tarde, en la sala de las mayores, con doña Ángela de Padilla y con Feliciana Robledo en la puerta, que entró tres veces sin ninguna necesidad.
Estaba en el poyo de la ventana.
Padre Mateo se sentó en el banco, a tres pasos, como siempre.
—Vengo a contarle una cosa y no vengo a pedirle nada.
Juana lo miró.
—Se ha resuelto. El hombre del dibujo está preso. No le voy a decir el nombre porque no puedo, y no es porque vuestra merced sea una niña: es porque no puedo decírselo a nadie, ni al corregidor.
Ella asintió una vez.
—Y le voy a decir la parte que es de vuestra merced.
Juana esperó.
—Sin ese papel yo no habría llegado. Se lo he dicho a un cardenal, se lo he dicho a un corregidor y lo he puesto por escrito en un pliego que se va a quedar en un armario.
Esperó otra vez.
—Ahí no dice su nombre. Dice una testigo de la Real Casa de Caridad.
Juana bajó los ojos.
—Es lo que he podido conseguir y no es bastante.
Juana cogió la tablilla y escribió.
NO IMPORTA.
—Sí importa. Pero es lo que hay y no le voy a mentir el último día.
Después le contaron lo de San Clemente.
Se lo contó doña Ángela, que lo hizo mucho mejor que él.
Que había una casa. Que había una dote entre dos. Que había una habitación.
Que se comía todos los días y que se trabajaba en la ropa blanca y en la cocina.
Y que había una monja muy vieja que quería conocerla.
Y que no tenía que ser monja.
Que a los veintiuno decidiría ella, y que si decidía que no, saldría con un oficio y con un papel firmado.
Juana escuchó todo aquello sin mover la cara.
Cuando terminaron, cogió la tablilla y escribió tres palabras.
¿PUEDO LLEVARME EL CARTAPACIO?
—Todo —dijo Padre Mateo—. Y el que se lo quiera quitar tendrá que hablar conmigo, y estaré en Soria, que está a seis días.
Juana borró y escribió otra vez.
¿ELLA VE?
Padre Mateo tardó un momento en entenderlo.
—No, no ve. Habla por un torno y por una reja con cortina, y a vuestra merced no le va a ver la cara nunca, ni vuestra merced a ella.
Juana se quedó muy quieta.
Y entonces, por primera y única vez en tres meses, sonrió.
Padre Mateo entendió por qué y no dijo nada, porque no había nada que decir.
En la puerta, doña Ángela de Padilla lo esperaba con las llaves en la mano.
—Padre.
—Señora.
—Media dote son mil cien reales.
—Lo sé.
—Yo no los tengo.
—Ya me lo figuraba.
—Los voy a sacar de la memoria de misas de una tía de mi marido que lleva veintidós años pagando por un alma que a estas alturas estará donde tenga que estar.
—Eso no se puede hacer.
—Eso lo autoriza el provisor, que es hijo de una prima de mi marido y a quien se lo voy a pedir el jueves.
—Doña Ángela.
—No me lo diga.
—Se lo voy a decir igual. Vuestra merced es la persona más útil que he conocido en esta ciudad y es la única a la que nadie le va a dar las gracias por escrito.
—Eso ya lo sé, padre. Llevo dieciocho años sabiéndolo y no me quita el sueño.
—¿Y qué le quita el sueño?
Doña Ángela apretó las llaves.
—Las otras tres. Rufina, Casilda y Andrea.
Se levantó para irse.
—Juana.
Ella lo miró.
—Vuestra merced no me debe nada. Y yo le debo once semanas.