El secreto y la verdad
Al final no se supo nada.
Eso es lo primero que hay que decir, porque es lo que ocurrió.
El viernes veintiuno de diciembre, a las once de la mañana, el tribunal del Santo Oficio de Toledo avocó la causa contra don Cosme de Valdivielso, notario del secreto de aquella casa, por los delitos que resultasen de lo actuado.
Y desde aquel momento, el procedimiento fue reservado.
Ni el corregidor, ni el provisor, ni el alcalde de cuadrilla de la Santa Hermandad Vieja, ni el fraile de Soria que había pasado tres meses en la ciudad volvieron a tener noticia oficial de nada.
—¿Nada? —dijo Leoz.
—Nada.
—¿Ni cuándo lo juzgan?
—Ni si lo juzgan.
—Padre, eso no puede ser.
—Es lo que es y lleva siéndolo trescientos años. Yo llevo tres meses diciendo que esta ciudad tiene cuatro justicias y ninguna mesa. Lo que no había entendido es que una de las cuatro no tiene mesa a propósito.
Lo que se supo, se supo por la calle, que es como se sabe todo en Toledo.
Se supo que habían prendido a un hombre del tribunal.
Se supo que había fuego aquella noche en la calle de la Chapinería y que el fraile de Soria se había caído por un suelo.
Se supo, en tres días, que el francés no había sido.
Y no se supo nunca, ni entonces ni en veinte años, qué había en aquellos papeles.
El sábado veintidós, el corregidor Bracamonte reunió por última vez a los cuatro en la sala del Ayuntamiento.
Esta vez no hubo discusión de sillas, porque la mesa redonda del carpintero seguía allí y nadie se había atrevido a devolverla en tres meses.
Duró veinte minutos.
—Señores, ¿de quién es la causa?
—Del tribunal —dijo Arceo.
—¿Con los tres?
—Con los tres.
—¿Y mis autos?
—Se remiten.
—¿Y los míos? —dijo Ribalta.
—También.
Bracamonte se quedó un momento con las dos manos en la mesa.
—Que conste que esta es la única cosa en la que hemos estado de acuerdo los cuatro desde septiembre.
—Conste —dijo Arceo.
—Y que conste que hemos estado de acuerdo en desprendernos de todo.
Nadie contestó a eso, y el escribano no lo escribió, y por eso no consta.
Lo del desfalco de la Real Fábrica se resolvió aparte y sin gloria, que es como se resuelven las cosas grandes.
Madrid contestó en marzo, tres meses después de lo que hacía falta.
Al asentista de los transportes no lo encontraron, porque había pasado a Portugal en enero con las cuentas al día.
A don Fermín Cazorla, capellán, lo condenó el tribunal eclesiástico a privación de la capellanía, dos años de reclusión en un convento de la sierra y restitución de lo percibido, que eran doscientos ochenta y ocho reales en catorce meses.
Al teniente don Blas Carrión lo trasladaron a Sevilla en abril, con una nota de servicio que no decía nada malo y tampoco decía lo otro.
Se cambió el método de descargar el acero.
Nadie dio las gracias a nadie.
El doctor Nieto le miró el brazo el sábado por la tarde y le dijo lo que ya le había dicho.
—Seis semanas.
—Ya.
—Y no se lo va a poner nadie mejor que se lo pusieron aquella noche. Se lo digo para que lo sepa.
—¿Estaba bien puesto?
—Estaba puesto por alguien que sabía dónde para el hueso y que no tembló. Yo no habría hecho nada distinto.
Padre Mateo se quedó mirando el cabestrillo.
—Doctor, ¿me hace vuestra merced un favor?
—Diga.
—No se lo cuente a nadie.
—¿Por qué no?
—Porque si se lo cuento yo a alguien parecerá que lo estoy defendiendo, y si lo cuenta vuestra merced parecerá que es verdad.
Al cardenal Lorenzana lo vio el domingo veintitrés, a las cinco de la tarde, en la misma sala del brasero encendido.
Padre Mateo entró con el brazo en cabestrillo.
—Sentaos, padre.
—Gracias, eminencia.
—¿Duele?
—Por las noches.
—A los cincuenta y dos años todo duele por las noches. Ya me contará a los setenta.
Lorenzana lo miró un rato largo, como en septiembre.
—Habéis hecho lo que os pedí y lo habéis hecho mal.
—Sí.
—¿Sí?
—Vuestra eminencia me pidió que se resolviera sin escándalo. Ha habido un motín, un francés inválido, una mujer de los montes presa, un capellán preso y un incendio en el archivo del Santo Oficio. Yo diría que no he cumplido ni una sílaba.
—Y sin embargo aquí estáis.
—Aquí estoy.
El cardenal se acomodó en el sillón.
—Voy a deciros lo que se va a hacer, y luego discutiremos, y luego se hará lo que yo he dicho. Es la manera más honrada de tener una conversación.
—Se lo agradezco.
—Primero. Se hará saber en esta ciudad, por bando del corregidor y desde los púlpitos el domingo.
—¿Qué se hará saber?
—Que las tres muertes están esclarecidas y que el autor está preso.
—¿Y lo otro?
—Y que no hubo en ellas maleficio, ni pacto, ni cosa del demonio. Sino un hombre y un cordel.
—Eso es más de lo que esperaba.
—Es lo único que me importa de verdad. Lo demás es papelería.
—¿Y el nombre?
—El nombre no.
Padre Mateo esperó.
—El nombre no, padre, porque la causa es del Santo Oficio y no puedo darlo aunque quisiera. Y le voy a ahorrar a vuestra paternidad el argumento noble: aunque pudiera, tampoco.
—Eminencia.
—Segundo. De lo que ese hombre hizo en el año sesenta y dos no se dirá una palabra.
—Ahí no estoy de acuerdo.
—Ya lo sé. Decidme por qué y decídmelo entero, que para eso os hice venir en septiembre.
Padre Mateo se enderezó en la silla.
—Porque hay en un armario de esta ciudad una información de limpieza con cuatro folios falsos, y porque en esa información se sostiene una casa, y en esa casa se sostienen unas rentas, y de esas rentas comen trescientas personas.
—Eso es un argumento a mi favor.
—Todavía no he terminado. Y porque, mientras eso siga ahí, cualquier hombre que en los próximos cien años abra ese legajo va a leer una mentira y va a creerla, y va a fundar sobre ella lo que funde.
—¿Y qué proponéis? ¿Que lo publique?
—Propongo que no se destruya.
Lorenzana se quedó quieto.
—Explicaos.
—No pido que se diga. Pido que se escriba.
—¿Qué se escriba dónde?
—Una razón de lo que ese hombre confesó. Con fecha, con testigos y firmada por vuestra eminencia y por el señor decano.
—¿Y luego?
—Y luego se cose al final del mismo legajo y allí se queda.
—¿Para qué?
—Para que dentro de cien años, cuando ya no haya casa, ni rentas, ni pobres que comer de ellas, y a nadie le haga daño, esté escrito.
El cardenal no contestó enseguida.
Se levantó, anduvo hasta el brasero, lo removió con la badila y volvió.
—Eso es un acto de fe muy raro, padre.
—Es el único que sé hacer.
—¿Y si dentro de cien años nadie abre ese legajo?
—Entonces habremos perdido tres pliegos de papel.
Lorenzana se sentó.
—Concedido.
—Eminencia…
—Concedido, y no me lo agradezcáis, que lo hago por una razón que no es la vuestra. Lo hago porque a mí me van a juzgar también, y prefiero que lo hagan con todo delante.
—Eso es mejor razón que la mía.
—Es la misma dicha por un hombre que tiene setenta años y un arzobispado.
Padre Mateo bajó la vista un momento.
—¿Puedo pedir dos cosas más?
—Podéis pedir. Es distinto de conseguir.
—El abate Duval.
—Ya está hecho.
—¿Cómo que ya está hecho?
—Sale para Salamanca el veintiséis. Va de corrector de pruebas a una imprenta de allí, con una carta mía a un canónigo que me debe un favor de mil setecientos ochenta y uno.
—¿Y se le va a decir a esta ciudad que se equivocó con él?
—No.
—Eminencia.
—No, padre. Y esto no lo voy a discutir con vuestra paternidad, porque en esto tengo razón y vos también, y las dos razones no caben.
—Le rompieron una mano en una plaza.
—Y si yo subo el domingo a ese púlpito y digo el nombre de ese hombre para defenderlo, la mitad de Toledo se acordará de que existe. Lo que le conviene a ese hombre no es que le pidan perdón. Es que se le olvide.
Padre Mateo estuvo un momento callado.
—Es una respuesta sucia.
—Es una respuesta vieja. Yo llevo cincuenta años viendo pedir perdón en público y no le he visto arreglar nunca nada más que la conciencia del que lo pide.
—¿Y la segunda cosa?
—La segunda cosa no la he pedido todavía.
—Pues pedidla.
Y Padre Mateo la pidió, y para pedirla tuvo que contarle a un cardenal de setenta años quién era una expósita de trece que dibujaba planos de memoria en el ala de mediodía de su propia casa de caridad.
Tardó ocho minutos.
Lorenzana lo escuchó sin interrumpir.
—¿Y qué queréis para ella?
—Que alguien responda de ella. Con dote, para que la admitan de puertas adentro en un convento donde no le hagan falta las palabras. No a profesar. A vivir, y que profese o no profese cuando le toque decidirlo a ella.
—¿Qué convento?
—San Clemente.
—¿Por qué ese?
—Porque en ese convento hay una mujer de setenta y un años.
—¿Y?
—Y es la única persona viva que se acuerda de que Bruno Sardá contaba el dinero dos veces y se equivocaba siempre a favor del otro.
—Eso no es un motivo canónico.
—Esa mujer se va a morir dentro de poco, eminencia. Y con ella se muere eso.
El cardenal Lorenzana estuvo callado bastante rato.
—¿Sabéis lo que me estáis pidiendo?
—Una dote.
—Me estáis pidiendo que ponga mi nombre debajo del de una niña de la que no se sabe quién es. Y aquí, para eso, se piden papeles.
—Lo sé.
—Y no los hay.
—No los hay.
—Padre, ¿os dais cuenta de la gracia que tiene esto?
—Me doy cuenta desde hace tres días y no he podido dormir.
Lorenzana se rió por lo bajo, sin ninguna alegría.
—Está bien. Media.
—¿Media?
—Media dote la pongo yo y media la busca vuestra paternidad, porque si la pongo entera se convierte en obra mía y en Toledo eso son ocho meses de expediente. Si la ponemos dos, es una limosna y se hace en tres semanas.
—¿Y quién pone la otra media?
—Eso lo vais a resolver vos, que sois el que ha venido a pedir.
Padre Mateo se quedó con la boca abierta y después se echó a reír, y al reírse le dolió el brazo.
—La pondrá doña Ángela de Padilla.
—Lo sé —dijo el cardenal—. Lleva dieciocho años poniendo la otra media de todo lo que hago yo en esta ciudad.
Antes de salir, Padre Mateo se detuvo en la puerta.
—Eminencia, una última cosa y es de curiosidad.
—Decidla.
—La frase que escribía en el suelo. Ubi sal, ibi foedus.
—Donde hay sal, hay pacto.
—Sí.
—¿Y qué?
—Que no es de ningún grimorio.
—¿De dónde es?
—Del Levítico. Y de los Números, y del segundo de las Crónicas.