Noche toledana #3
—Padre, cuando un hombre se muere así, se queda con las manos abiertas y sucias.
—Ya.
—Y yo no podía dejarlos así.
Padre Mateo se quedó mirando el agujero negro del techo.
—¿Me está diciendo vuestra merced que les lavó las manos por decencia?
—Le estoy diciendo que no supe hacer otra cosa. Les lavé las manos y se las puse encima del pecho, y el círculo de sal lo hice después, y aquello me llevó una hora larga las tres veces.
—Don Cosme.
—Ya sé lo que va a decirme.
—No lo sabe.
—Que es una barbaridad.
—No. Le iba a decir que eso es lo único de todo este asunto que a mí, desde el veintinueve de septiembre, me pareció de verdad cosa del demonio. Y resulta que era lo contrario.
Se hizo un silencio.
Después Valdivielso dijo la única cosa de aquella noche que no era una respuesta.
—Toda mi vida he guardado los pecados de esta ciudad, padre. Todos. Los de las casas grandes, los de los curas y los de los pobres. Nueve mil doscientos legajos y no se me ha ido uno.
—Lo sé.
—Solo me quedé con uno.
Arriba, en el borde del agujero, apareció una luz.
—¡Aquí! —gritó Leoz—. ¡Está aquí!
Valdivielso no se movió.
—Padre, todavía queda una cosa y quiero decírsela ahora, antes de que bajen.
—Dígala.
—El expediente de vuestra paternidad está en el segundo armario, atado con hilo blanco.
Padre Mateo se quedó muy quieto.
—Lo sé.
—El séptimo testigo se llamaba Bernabé Solana y declaró once líneas en mayo del cincuenta y ocho. Y el comisario escribió debajo no resulta, que es lo que se escribe cuando no hay nada y es lo que no borra nada.
—Sí.
—Yo tengo la llave de ese armario en el cuello y ahora la tiene usted en el brazo. Y sé hacer un cuadernillo en tres noches con papel de la casa.
—Lo sé.
—Diga que sí y mañana esa hoja no existe.
—Don Cosme.
—Nadie va a mirar ese legajo en cien años. Y cuando lo miren, no habrá nada.
—Ya.
—Y su madre, que era una mujer de bien, dejará de tener once líneas escritas contra ella en un armario de Toledo.
Padre Mateo tenía el brazo izquierdo atado al pecho con el cordón de una llave y siete pies de yeso encima.
Tardó bastante en contestar y no fue porque lo estuviera pensando.
—No.
—Padre.
—No, don Cosme.
—¿Por qué no? Nadie lo sabría. Ni siquiera yo estaría, que a mí me van a dar garrote en la plaza en primavera.
—Por eso mismo.
—No le entiendo.
Padre Mateo se giró un poco en el cascote, con mucho cuidado, para poder mirarlo.
—Porque si mañana falta esa hoja, dentro de cien años habrá en este armario un expediente limpio de un fraile de Soria del que nadie sabrá nada.
—¿Y qué mal hay en eso?
—Que a doscientas leguas de aquí habrá una mujer con una línea que no se pudo quitar.
—¿Por qué?
—Porque no tuvo cerca a un hombre que supiera coser.
—Eso es muy grande para una hoja.
—Es exactamente del tamaño de una hoja. Ese es el problema.
Valdivielso bajó la cabeza.
—Se lo he ofrecido de corazón.
—Lo sé. Es lo que más me cuesta de esta noche.
Los sacaron a las tres menos cuarto.
A Padre Mateo lo subieron con una escala y una cuerda, entre cuatro, gritando cada uno una cosa distinta, y le dolió más aquello que la caída.
A don Cosme Valdivielso no hubo que sujetarlo.
Subió el primero por la viga y se dejó atar las manos por delante.
Pidió una sola cosa, que fue que le dejaran ponerse la casaca.
No se la pudieron dar, porque estaba debajo del brazo de Padre Mateo.
Entonces dijo que daba igual.
Bracamonte llegó a las tres y cinco con doce hombres, por casualidad, desde tres calles más allá.
Lo primero que hizo fue mirar a Ribalta.
—¿Quién ha entrado en esa casa?
—Yo.
—¿Con qué orden?
—Con ninguna.
—¿Y qué hacía usted en la calle de la Chapinería a la una de la mañana?
—Pasaba.
Bracamonte se quedó un momento mirándolo.
—Pasaba —repitió—. Escríbalo así, que es lo que voy a escribir yo.
El fuego lo apagó un cuadrillero con una manta y dos cubos del pozo del patio.
Se quemaron cuarenta y un legajos por los cantos y siete enteros.
De la información de limpieza del año sesenta y dos no se quemó ni una hoja, porque estaba en el cuarto atado empezando por abajo y el papel apretado no arde.
El doctor Nieto le puso el brazo a Padre Mateo a las cinco de la mañana, en la cocina de la posada, con Ceferina Robles sujetando el farol y Leoz sujetándolo a él.
Fueron dos huesos.
—Va usted a estar seis semanas con esto colgado.
—Ya.
—Y no le va a volver a servir para el frío.
—Ya.
—Padre, ¿me está escuchando?
—Le estoy escuchando, doctor.
—Pues no lo parece, y llevo veintidós años sabiendo lo que parece cada uno.
Amanecía cuando lo dejaron solo.
Padre Mateo se sentó en el escalón del zaguán, con el brazo en cabestrillo y la boca llena todavía de polvo de yeso.
En la calle empezaban a pasar los primeros: un aguador, dos mujeres, un chico con leña.
El aguador iba con el burro cargado y llevaba las mangas mojadas hasta el codo, y al llegar a la altura del portal levantó la cabeza y saludó con la mano libre, sin pararse, como saluda la gente que trabaja.
Ninguno sabía nada.
Dentro de tres horas lo sabría la ciudad entera y no volvería a hablar de otra cosa en veinte años.
Padre Mateo se quedó allí sentado, viéndolos pasar, sin haber pegado ojo en toda la noche.
Que es una cosa que en Toledo tiene nombre propio desde hace cuatrocientos años, y que él, hasta aquella mañana, había creído que se decía de broma.