Noche toledana #2
Bajaron los doce escalones.
Lo que había abajo era esto.
Un montón de legajos apilados en el suelo, en el centro de la bóveda, a dos varas de los estantes.
Alrededor del montón, tres arcones abiertos.
Y encima del montón, ardiendo, un brasero volcado.
Ardía mal, que es como arde el papel apretado: por los bordes, con mucho humo y poca llama, comiéndose el atado de fuera y sin llegar al de dentro.
Padre Mateo, en el segundo escalón, con el humo en la garganta, tuvo tiempo de ver una cosa antes de ver al hombre.
Vio los estantes.
Los nueve mil doscientos legajos seguían en sus huecos, atados de tres en tres con balduque encarnado, de canto, con la cartela pegada en el lomo y el estante numerado con su chapa de latón.
Y vio el hueco.
En el estante de la izquierda, a la altura del pecho, faltaba un atado, y en el hueco no había polvo, porque en aquella sala no había polvo en ninguna parte.
Aquel hombre había sacado un atado del estante, lo había traído al centro de la bóveda, lo había puesto encima de otros para que prendiera y había volcado el brasero encima.
Y antes de hacerlo había apartado los legajos de alrededor dos varas, para que no se corriera el fuego.
Y de pie al lado, con una vela en la mano y sin hacer nada por apagarlo, estaba don Cosme Valdivielso.
Tenía la casaca negra puesta y las manos limpias.
Se volvió cuando los oyó en la escalera.
Y no hizo lo que hace un hombre sorprendido.
Miró a Ribalta. Miró a los dos cuadrilleros. Miró a Leoz.
Y después miró a Padre Mateo, un segundo largo, con una cara que Padre Mateo no supo leer entonces y que estuvo leyendo el resto de su vida.
—El escribiente no existe —dijo.
—No.
—Ya.
Y echó a correr.
Corrió hacia el fondo del sótano, hacia donde estaba la leña y el banco roto, y allí, en la pared del fondo, había una puerta baja que Padre Mateo no había visto en tres meses porque nunca había mirado hacia allá.
Daba a las casas viejas.
Las casas que habían sido de la Inquisición, las que el cardenal había comprado para meter en ellas la universidad, las que llevaban dos años vaciándose, con los suelos levantados, las escaleras sin barandilla y los tabiques a medio tirar.
—¡Al patio! —gritó Ribalta—. ¡Tú y tú, al patio! ¡Y el fuego!
Uno se quedó con el fuego.
Los demás pasaron la puerta.
Lo que vino después duró cuatro minutos y Padre Mateo, que lo tuvo que declarar tres veces, nunca consiguió contarlo por orden.
Se acordaba del humo, que venía detrás de ellos por la puerta baja.
Se acordaba de un corredor largo con el suelo de yeso levantado y montones de cascote a los lados.
Se acordaba de una sala grande sin techo, con las vigas al aire y el cielo negro arriba, y de las pisadas de un hombre delante, deprisa, sin farol, en un sitio que conocía de memoria.
Se acordaba de Ribalta gritando a su izquierda.
Y se acordaba de una cosa que le pareció absurda mientras corría y que después entendió: que el hombre al que perseguían no derribaba nada.
No tiraba una silla detrás de sí, ni volcaba un montón de cascote, ni cerraba una puerta de golpe.
Corría y ya está.
En tres meses no había hecho una sola cosa sucia y no iba a empezar a las dos de la mañana.
Y se acordaba, sobre todo, de que él iba el tercero y de que en un momento dado el corredor se partió en dos y él tiró por el de la derecha porque le pareció que había oído algo.
El suelo de aquella pieza era de bovedillas de yeso sobre vigas de madera, y llevaba dos años sin nadie encima y ochenta con goteras.
Padre Mateo dio cuatro pasos.
Al quinto, el suelo hizo un ruido que no se parece a ningún otro.
Cayó una altura de siete pies.
Cayó de lado y con el brazo izquierdo por debajo, sobre un montón de cascote y de tejas rotas, y oyó el hueso antes de sentirlo, que es una cosa que le pasa a poca gente y que no se olvida.
Después no pudo respirar durante un rato.
Cuando pudo, estaba a oscuras, con el brazo izquierdo doblado por donde no se dobla y con la boca llena de polvo, y lo primero que hizo fue algo que le pareció ridículo mientras lo hacía: buscar el cuaderno.
Arriba, en alguna parte, se oían voces.
Y a los treinta o cuarenta segundos oyó otra cosa: unos pasos que volvían.
Volvían solos y sin prisa, tanteando.
Se paró en el borde del agujero, arriba, y desde abajo se vio una silueta contra el resplandor blanco que venía del corredor.
—¿Está vivo?
Padre Mateo no contestó.
—Padre. ¿Está usted vivo?
—Estoy vivo.
—¿Qué se ha roto?
—El brazo.
—¿Cuál?
—El izquierdo.
Hubo un silencio de dos segundos.
Después la silueta desapareció, y volvió al poco rato, y bajó.
Bajó por una viga caída, de espaldas, tanteando con el pie, como bajaba las escaleras del tribunal.
Don Cosme Valdivielso se agachó a su lado en el cascote.
Le buscó el brazo con las dos manos, se lo palpó desde el hombro y se paró donde había que pararse.
—Aquí.
—Sí.
—No lo mueva.
Se quitó la casaca, la dobló en tres y se la metió por debajo del antebrazo.
Después se sacó del cuello el cordón de la llave, lo pasó por encima y por debajo, y le ató el brazo al pecho.
Lo hizo despacio y lo hizo bien.
—Ya está.
—Gracias.
—No me las dé.
Se sentó en el cascote, a un paso, con la espalda contra la pared y las manos en las rodillas.
Arriba seguían gritando, cada vez más lejos.
—Se han ido por el otro lado —dijo.
—Sí.
—Tardarán cinco minutos en volver por la escalera de la torre.
—¿Vuestra merced los conoce?
—Padre, yo entré en estas casas con veintiséis años. Aquí estaba la sala de audiencia. Ahí arriba dormía el portero. Por donde ha caído usted había una alacena.
Padre Mateo estaba tumbado de espaldas, mirando el agujero negro del techo.
—¿Por qué ha vuelto?
—Porque he oído el suelo.
—Podía haber seguido.
—Sí.
—Estaría vuestra merced en la calle de la Sillería.
—Estaría en la calle de la Sillería y en tres días en Portugal, que tengo cuatrocientos reales y un pariente en Badajoz. Lo tengo pensado desde el veintinueve de septiembre.
—¿Y por qué ha vuelto?
Valdivielso tardó en contestar.
—Porque no soy eso.
Estuvieron un rato callados. Arriba se oyó un golpe y una voz.
—Don Cosme.
—Diga.
—El veintiuno de septiembre, Bruno Sardá encontró un cuadernillo de papel distinto en un legajo.
—Sí.
—¿En cuál?
—En una información de limpieza del año sesenta y dos. Cuatro folios, en el segundo cuaderno, donde declara el tercer testigo de la línea materna.
Lo dijo como quien da una signatura.
—¿Y qué decía el cuadernillo verdadero?
—Decía que la bisabuela de la parte era hija de un hombre que fue reconciliado por este Santo Oficio en el año mil quinientos noventa y uno.
—¿Y el falso?
—El falso no dice nada. Esa es la gracia. El falso dice que el testigo no supo dar razón.
—¿Lo escribió vuestra merced?
—Lo escribí yo. En marzo del sesenta y dos, en tres noches, con papel de la casa y con la letra del comisario, que llevaba muerto cuarenta años y que era fácil.
Padre Mateo cerró los ojos.
—¿Por cuánto?
—Por nada.
—Don Cosme.
—Por nada, padre. Y eso es lo peor y por eso no lo he contado nunca.
—¿Nada?
—No me dieron dinero. Ni una vez, ni entonces ni después.
—¿Entonces por qué?
—Me lo pidió el señor inquisidor don Fernando de Amézaga.
—¿Y quién era?
—El hombre que me tenía en su casa desde los dieciséis años, porque mi madre había sido criada suya.
—¿Y qué le dijo?
—Que aquella familia hacía mucho bien. Y que una línea escrita en mil quinientos noventa y uno no era la voluntad de Dios.
—¿Y vuestra merced?
—Yo tenía veintiocho años y le debía todo. Le dije que sí y lo hice bien.
—¿Y después?
—Después él se murió, en el sesenta y ocho.
—¿Y?
—Y en el setenta y uno me hicieron notario del secreto.
—¿Por aquello?
—Nunca lo he sabido. Puede que fuera por aquello y puede que fuera porque yo era el que mejor escribía de la casa. Llevo veintiún años sin saberlo y he pensado en ello todos los días.
Padre Mateo movió la cabeza en el cascote.
—¿Y la familia?
—La familia son gente decente. Se lo digo de verdad y no para defenderme.
—Siga.
—El nieto de aquel canónigo sostiene la mitad de lo que reparte su eminencia entre los pobres de esta ciudad.
—¿Cuántos?
—Trescientos y pico comen todos los días de una renta que existe porque yo cosí cuatro folios en el año sesenta y dos.
—¿Lo saben ellos?
—No lo sabe nadie. No lo sabía nadie.
—Hasta septiembre.
—Hasta el veintiuno de septiembre, a las once de la mañana, cuando un encuadernador de sesenta y un años me enseñó un cuadernillo y me dijo, riéndose, que ese papel no era hermano de sus hermanos.
Arriba se oyó otra vez la voz de Ribalta, más cerca.
—Padre.
—Diga.
—Le voy a decir una cosa y no la voy a repetir.
—Dígala.
—Aquel día, cuando me enseñó el cuadernillo, no pensé en la familia. Pensé en mí. Y desde entonces no he vuelto a pensar en otra cosa, ni una sola vez, ni cuando estaba subiendo dieciocho escalones en un molino con dos serones de sal.
—Ya.
—Yo no maté a nadie por esa casa, ni por esta ciudad, ni por los pobres del Alcázar. Yo maté a tres hombres para que no se supiera lo que hice cuando tenía veintiocho años.
Padre Mateo estuvo callado un momento.
—¿Y por qué en tres jurisdicciones distintas?
—Porque a Sardá lo maté con el corazón en la boca y sin plan ninguno.
—¿Y luego?
—Y a la mañana siguiente bajé aquellos escalones y vi al corregidor y al provisor peleándose por un sótano como dos perros por un hueso.
—Ya.
—Y me di cuenta de que si repartía, no instruía nadie.
—¿Y la sal?
—La sal fue idea de la ciudad, no mía. Aquí llevan quinientos años contando que debajo hay una escuela. Yo solo dije que sí.
—Y los círculos de septiembre.
—Antes de todo. Cuando Sardá me lo enseñó, tuve ocho días para pensar y en ocho días no se me ocurrió nada mejor que enseñarle a la gente a mirar hacia abajo.
—Una más y es la que llevo tres meses sin entender.
—Dígala.
—Las manos.
Valdivielso se quedó callado.
—Se las lavó vuestra merced a los tres. Con agua, hasta que se les arrugaron las yemas. He pensado que era por la cola, o por la tinta, o porque habían agarrado algo.
—No.
—¿Entonces?
Don Cosme Valdivielso tardó bastante.