Noche toledana
La trampa la escribió Leoz, porque su letra no la conocía nadie en Toledo.
La escribieron el martes dieciocho de diciembre, por la mañana, en el cuarto de la posada, y tardaron tres horas en cuatro líneas.
—Otra vez.
—Padre, van seis.
—Van seis y todas están mal.
—¿Qué tiene esta?
—Que está bien escrita. Un escribiente de una obra parroquial de Cuenca no escribe así. Póngale una falta.
—¿Cuál?
—La que le salga. Y no la ponga a propósito, que se nota.
A la séptima quedó así:
«Muy señor mío: Recibí la de vuestra merced del 9.
En efecto guardo yo copia del inventario que saqué en abril para el señor canónigo obrero, por costumbre mía de sacar dos siempre, y la tengo entera.
Salgo el jueves 20 en el ordinario y estaré en esa el viernes al mediodía, si Dios quiere y no llueve.
Servidor de vuestra merced,
Gaspar Retuerta, escribiente.»
Padre Mateo la leyó cuatro veces.
—Ya está.
—¿Le vale?
—Me vale.
Se quedó con el papel en la mano y no lo soltó enseguida.
—Leoz.
—Diga.
—Llevo tres meses persiguiendo a un hombre por haber metido un papel falso dentro de un legajo.
—Ya lo he pensado.
—¿Y qué ha pensado vuestra merced?
—Que no es lo mismo.
—Explíquemelo, que me hace falta oírlo.
—Padre, él metió un papel falso para que nadie viera lo que hay. Usted mete uno para que se vea. Y el suyo se va a quemar el sábado y el de él lleva treinta años ahí.
—Eso es un razonamiento de jesuita.
—Es lo que hay.
—Es lo que hay —dijo Padre Mateo— y no me consuela, y voy a hacerlo igual.
La enseñó aquella misma tarde en cuatro sitios, y la enseñó como se enseña una buena noticia, que es la manera más difícil de mentir.
Se la enseñó al corregidor Bracamonte en el Ayuntamiento.
Se la enseñó al provisor Arceo en el palacio.
Se la enseñó al inquisidor decano don Isidoro Quiñones, que la leyó con el pie en el almohadón y dijo que ya era hora de que algo saliera bien.
Y a las cinco y media, en la antesala del tribunal, se la enseñó a don Cosme Valdivielso.
—Aparece el escribiente.
Valdivielso cogió la carta y la leyó despacio, sin mover los labios.
—Retuerta.
—¿Lo conoce vuestra merced?
—De nombre, de la nómina de la obra. Se fue en junio.
—A Cuenca.
—A Cuenca.
Dobló la carta y se la devolvió con las dos manos.
—Padre, esto es lo mejor que ha pasado en tres meses.
—Eso mismo he pensado yo.
—Con ese inventario y con mi relación se coteja todo. Y si sobra un volumen o falta, sale a las dos horas.
—A las dos horas.
—¿A qué hora llega el viernes?
—Al mediodía, si no llueve.
Valdivielso se quedó un momento mirando el suelo.
—Va a llover —dijo—. Con este cielo, el viernes llueve.
—Pues llegará el sábado.
—Llegará. —Levantó la cabeza y sonrió apenas—. Perdóneme, padre. Es que llevo tres meses viendo llegar cosas que no llegan.
Aquella fue toda la conversación y duró cuatro minutos.
Padre Mateo bajó a la calle y estuvo un buen rato andando sin ir a ninguna parte.
—¿Y bien? —dijo Leoz, cuando lo alcanzó.
—Nada.
—¿Nada?
—Nada. Ni una cosa. Ha estado exactamente igual de amable que el lunes.
—¿Entonces?
—Entonces o me he equivocado del todo, o ese hombre es lo que yo creo. No hay término medio y lo sabremos el jueves.
El miércoles fue a ver al corregidor y le pidió lo que no podía pedirle.
—No.
—Señor corregidor.
—He dicho que no, y le voy a explicar por qué, porque se lo debo.
—Explíquemelo.
—La casa del tribunal es del tribunal. Si yo meto a doce hombres ahí dentro sin orden del Consejo de la Suprema, mañana no me trasladan.
—¿Qué le hacen?
—Me procesan. Y no me procesan a mí solo.
—Lo entiendo.
—No, no lo entiende. Yo tengo cuarenta y un alguaciles con familia.
—Lo entiendo mejor de lo que parece.
Bracamonte se levantó y anduvo hasta la ventana.
Estuvo un rato de espaldas.
—Padre.
—Diga.
—La noche del jueves tengo ronda extraordinaria por lo de las Pascuas.
—Ah.
—Doce hombres. Y como la calle de la Chapinería está en el reparto, es probable que hacia las dos de la mañana yo esté por ahí cerca, digamos que a tres calles.
—Es probable.
—Y si en esa zona alguien diera voces, yo tendría obligación de acudir, porque para eso soy corregidor.
—La tendría.
—Pues eso es todo lo que le puedo dar y es más de lo que debo.
—Es bastante.
—No es bastante y los dos lo sabemos. Es lo que hay.
A Melchor Ribalta lo encontró en la Posada de la Hermandad el miércoles por la tarde, con las botas puestas y las alforjas hechas.
—Me voy a los montes el sábado.
—Necesito el jueves.
—¿Para qué?
Padre Mateo se lo contó.
Se lo contó todo, entero, en doce minutos, sin quitar nada, incluida la parte en que le decía que no tenía ni una prueba y que si se equivocaba iba a arruinar a un hombre honrado.
Ribalta lo escuchó de pie, apoyado en el quicio.
Cuando terminó, se quedó un rato callado.
—Padre, eso que quiere hacer no es legal.
—No.
—Ni en despoblado, ni en poblado, ni en el fin del mundo. Esa casa no es mía, ni es del corregidor, ni es de nadie que ande por esta ciudad.
—Lo sé.
—Y si entramos ahí y no hay nada, a mí me quitan la vara y a usted lo mandan a Soria en un carro.
—También lo sé.
—¿Y me lo pide igual?
—Se lo pido igual, y le voy a decir por qué se lo pido a vuestra merced y no a otro.
—Dígamelo.
—Porque el veinte de octubre, en Zocodover, vuestra merced se puso a horcajadas sobre un francés en una plaza donde no tenía ninguna jurisdicción, y es lo único que ha funcionado en esta ciudad en tres meses.
Ribalta se quedó mirando la pared un rato.
—Cuatro hombres —dijo—. Los cuatro míos y de mi cuadrilla, que hacen lo que yo les diga y no preguntan.
—Gracias.
—No me las dé todavía. Y hay una condición.
—Diga.
—Que si dentro de esa casa no hay nada, salimos y no ha pasado nada, y usted no vuelve a mencionar esto en su vida ni delante de un obispo.
—Aceptado.
—Y otra cosa, padre, y esta es de balde.
—Dígala.
—Usted no entra.
—Entro.
—Usted tiene cincuenta y un años y una mano medio inútil.
—Cincuenta y dos, desde el mes pasado.
—Peor.
—Entro, señor Ribalta. Si no entro yo, esto es un asalto. Si entro yo, es una comisión del cardenal que se ha excedido, que es una cosa fea y no es un delito.
Ribalta soltó una risa por la nariz.
—Eso ha sido de jesuita.
—Me lo dicen mucho últimamente.
La noche del jueves veinte de diciembre hizo en Toledo un frío seco de los que cortan los labios.
Se apostaron a las nueve.
Ribalta y dos cuadrilleros en el zaguán de una casa de enfrente, cedido por un vecino a quien no dieron explicaciones y que no las pidió.
Otros dos en la esquina de abajo.
Padre Mateo y Leoz en el portal de al lado, sentados en el escalón, con una manta, sin farol.
La casa del tribunal no tiene rótulo y a aquella hora tampoco tenía luz.
—Padre.
—No hable vuestra merced tan alto.
—¿Cuánto vamos a estar?
—Hasta las cinco.
—¿Y si no pasa nada?
—Si no pasa nada, mañana pido perdón a un hombre honrado y me voy a Soria.
Estuvieron tres horas sin que pasara nada.
Es un trabajo del que no habla nadie y que consiste en estar sentado en un escalón de piedra con dos varas de frío por debajo, mirando una puerta que no se abre, y en no dormirse.
A las diez pasó el sereno y cantó la hora.
A las diez y media se apagó la última luz de la calle, que era la de una casa de la esquina donde había un enfermo.
A las once dieron las once en cuatro sitios distintos y ninguno a la vez.
Leoz se durmió a las once y cuarto, sentado, con la barbilla en el pecho, y Padre Mateo lo dejó dormir doce minutos y luego le dio con el codo.
—Perdón.
—No pida perdón. Duérmase otros doce a las doce y cuarto.
—¿Y usted?
—Yo llevo tres meses sin dormir bien. Estoy entrenado.
A las once y media pasó la ronda, y Ribalta salió al medio de la calle y habló con el cabo, y el cabo miró hacia el portal y no miró más.
A la una menos cuarto, Ribalta cruzó la calle y se sentó en el escalón, a su lado, sin decir nada.
Estuvieron un rato así.
—Padre.
—Diga.
—Yo a usted no le caigo bien.
—Es la segunda vez que me dice eso.
—Y es la segunda vez que no me lo niega.
Padre Mateo se ajustó la manta.
—Señor Ribalta, en tres meses he tratado con seis hombres de autoridad en esta ciudad.
—¿Y?
—Cuatro me han dado buenas razones para no hacer nada.
—Esas nunca faltan.
—Uno me ha dado todo lo que le he pedido, y estoy aquí sentado esperando a que salga por esa puerta.
—¿Y el sexto?
—El sexto está sentado en este escalón a la una de la mañana, con cuatro hombres suyos, sin orden, sin jurisdicción y sin sacar nada de esto.
—Eso no contesta lo que le he preguntado.
—Contesta a algo mejor.
Ribalta se rio bajo.
—Usted habla como los de la ciudad.
—Y vuestra merced piensa como los del monte, y llevamos tres meses siendo los dos lo mismo y sin saberlo.
A la una y veinte apareció la luz.
No en la fachada. En el respiradero.
El sótano de la casa del tribunal tiene dos respiraderos a la altura de la calle, con reja, y por uno de ellos, muy tenue, se vio pasar un resplandor amarillo de abajo arriba, quedarse quieto y volver a moverse.
Padre Mateo puso la mano en el brazo de Leoz.
—Ahí está.
—Puede ser cualquiera.
—A la una y veinte de la noche, en el sótano, no hay cualquiera.
—¿Entramos?
—No.
—¿Cómo que no?
—Todavía no. Si entramos ahora, encontramos a un hombre mirando planchas de cobre, que es exactamente lo que lleva un mes haciendo con licencia del decano.
Ribalta se levantó despacio.
—¿Y qué esperamos?
—A que haga lo que no puede explicar.
Esperaron veinte minutos.
A la una y cuarenta, el resplandor del respiradero cambió de color.
Se puso más blanco, luego más alto, y de la reja empezó a salir un hilo de humo que subía derecho porque no había nada de viento.
—Ahora sí.
Entraron por la puerta grande, que estaba entornada, como está siempre, y que aquella noche estaba entornada porque alguien había bajado sin cerrarla.
Ribalta iba delante.
Al fondo del zaguán, a la izquierda, la puerta del sótano estaba abierta y por ella salía humo.
No era humo negro. Era humo blanco y espeso, de papel viejo ardiendo despacio, y olía a algo que Padre Mateo no había olido nunca y que le pareció, en aquel momento, lo más obsceno del mundo.