Todos tenían coartada, y uno la escribía #3
—Y hace siete días me entregó las diecinueve coartadas de diecinueve vecinos de Toledo, tomadas por él, escritas por él, en un solo legajo, y son las diecinueve verdad.
Leoz se sentó por fin en la silla, porque le fallaron las piernas y no quiso que se notara.
—Padre.
—Diga.
—¿Desde cuándo está en esa casa?
—Entró en el sesenta, de oficial menor, con veintiséis años. Es notario del secreto desde el setenta y uno. Me lo dijo él en octubre, contestando a una cortesía.
—El sesenta.
—El sesenta.
—Padre, y en los años sesenta una casa de esta ciudad que no era nadie probó su sangre y entró en el cabildo.
Padre Mateo levantó la cabeza muy despacio.
—Eso me lo dijo una monja en octubre y yo lo apunté como chisme de convento.
Estuvieron un rato largo sin hablar.
En aquel cuarto de posada, aquella tarde de diciembre, ocurrió una cosa que Padre Mateo iba a recordar durante años y que no tiene nada de brillante.
Lo que ocurrió fue que se le quitaron las ganas.
En México, cuando entendió el mecanismo, se le había puesto el cuerpo entero de otra manera. Había sentido una alegría física, casi indecente, que se parecía mucho a la de resolver un problema de aritmética.
Aquí no sintió nada de eso.
Aquí sintió lo que siente un hombre que ha estado hablando durante tres meses, todas las semanas, contándole a alguien lo que iba a hacer al día siguiente, y que de pronto se acuerda de todas las veces que ha abierto la boca.
Se acordó de la escalera del rellano y de los once pliegos.
Se acordó del sótano y de los dedos verdes.
Se acordó de un hombre de espaldas junto a una ventana, abriendo el bastidor con dos dedos para darle aire mientras él leía once líneas escritas en mayo de mil setecientos cincuenta y ocho.
Y se acordó de haber pensado, aquel día, que aquello había sido una delicadeza.
Fue Leoz el que rompió el silencio, y lo rompió por donde había que romperlo.
—¿Qué tenemos?
—Nada.
—Padre.
—Nada, Leoz. Ni una sola cosa que pueda ponerse delante de un juez, y menos delante de cuatro.
—Tenemos la cédula.
—Tenemos que un notario asentó una licencia a las ocho y media de la noche, que es su obligación y que es lo que hace desde hace veintiún años. Eso no lo pone en una calle: lo pone en su oficina.
—Tenemos que usted le contó lo de Ortuño y lo de Colodro.
—Y también se lo conté al corregidor, y al provisor, y a un maestro de obras, y a media escalera del Alcázar. Yo he ido diciendo por Toledo todo lo que iba a hacer, porque creía que era mi manera de trabajar limpio.
—Tenemos el dibujo.
—Tenemos un hombre de espaldas con un sombrero que llevan cuatro mil hombres en Castilla.
—Tenemos que no encontró ninguna plancha.
—Tenemos que no encontró ninguna plancha en un armario que nadie había abierto en setenta años y que él fue el único en abrir. Si mañana bajo yo a ese sótano y no encuentro nada, ¿qué prueba eso?
—Que no está.
—Que no está ahora.
Leoz se pasó la mano por la cara.
—Entonces todo lo que tenemos es que ese hombre lo ha hecho todo bien.
—Todo lo que tenemos es que ese hombre lo ha hecho todo bien —repitió Padre Mateo—, que es la única cosa que en tres meses no le he visto hacer a nadie más en esta ciudad.
—Eso no es una prueba.
—No.
—Ni siquiera es un indicio.
—Tampoco.
—Padre, con eso no se puede ir a nadie.
—No se puede ir a nadie. Y hay algo peor.
—¿Qué?
Padre Mateo se levantó y fue a la ventana.
—Que si me equivoco, destrozo a un hombre de cincuenta y ocho años.
—Padre.
—Un hombre que no tiene mujer, ni hijos, ni casa, ni más patrimonio en el mundo que treinta y dos años de no haberse equivocado nunca.
—Ya.
—Y en cuanto yo diga su nombre en voz alta, eso se acaba. Lo prendan o no lo prendan.
—Como el francés.
—Como el francés. Exactamente como el francés.
Se quedó mirando la calle.
—Y hay algo peor todavía, y es lo que llevo media hora sin decir.
—Dígalo.
—Que él sabe lo que sé yo. Todo. Se lo he ido contando yo mismo, semana a semana, y la última vez fue hace siete días.
—Padre.
—Diga.
—¿Y entonces qué hacemos?
Padre Mateo estuvo un rato con la frente contra el vidrio.
—Contésteme vuestra merced a una cosa. En tres meses, ¿cuántas veces ha aparecido en este asunto una prueba que no nos la haya dado él?
Leoz lo pensó de verdad.
—Una.
—¿Cuál?
—El dibujo de la niña.
—Una de todas. Y esa apareció porque nadie se la había pedido en once semanas.
—Sí.
—Leoz, en esta ciudad no queda nada que buscar. Todo lo que hay está en un armario y lo saca un hombre cuando yo se lo pido.
—Entonces no hay prueba.
—No hay prueba que encontrar.
Leoz levantó la cabeza.
—¿Y de la otra clase?
—De la otra clase, sí.
—Padre, eso tiene un nombre feo.
—Tiene dos y los dos son feos. Y llevo desde el mediodía dándoles vueltas y no se me ocurre un tercero.
—¿Y si se equivoca?
—Si me equivoco, un hombre honrado descubrirá que el fraile de Soria le ha puesto un cebo. Se lo dirá al decano, el decano me echará de esta ciudad en un día y yo me lo tendré merecido.
—¿Y si no se equivoca?
Padre Mateo se apartó del vidrio.
—Si no me equivoco, ese hombre va a hacer una cosa en los próximos cinco días. Y va a ser la primera cosa que haga sin que yo se la haya pedido.
Aquella noche cenó abajo, en la cocina, porque Ceferina Robles no le dejó subirse el plato.
Cenó con la posadera enfrente y no habló.
Ella tampoco, que en veintiséis años de posada había aprendido a distinguir a los que callan porque están enfadados de los que callan porque están sumando.
A las diez sonó la queda.
La toca la parroquia de Santiago y la repiten cuatro más, y desde ese momento, en la ciudad de Toledo, nadie puede andar por la calle sin farol encendido y sin cédula.
Padre Mateo abrió la ventana y se asomó al frío.
Abajo no había nadie.
Estuvo un rato contando las casas con luz, que eran seis.
De las seis, dos eran conventos y una era la portería del Ayuntamiento.
En las otras tres había alguien despierto a las diez de la noche del diecisiete de diciembre, y a Padre Mateo se le ocurrió, con el frío en la cara, que en tres meses no se le había pasado por la cabeza preguntarse una sola vez quién estaba despierto en Toledo.
Después cerró y se sentó a oscuras, y por segunda vez en tres semanas no encendió la vela.
Porque desde la queda no anda nadie por Toledo sin licencia.
Salvo el que escribe las licencias.