La noche toledana (Los casos del Padre Mateo 2) Todos tenían coartada, y uno la escribía #2
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Todos tenían coartada, y uno la escribía #2

Llamó con los nudillos en la madera del torno.

—Ave María Purísima.

—Sin pecado concebida.

La voz vino de la derecha, igual que la otra vez, y no había envejecido dos meses en dos meses.

—Vuestra paternidad ha tardado.

—Vengo cuando puedo.

—Eso lo dice todo el mundo y casi nadie es verdad. En usted lo doy por bueno.

—Gracias.

—No las dé. Lo doy por bueno porque me han dicho que la ciudad le ha tirado al suelo en Zocodover.

—Me han pisado una mano.

—¿Y ya escribe?

—Escribo despacio.

—Peor sería no tener qué escribir.

Padre Mateo se apoyó en la pared.

En el locutorio, sobre el banco, había un brasero pequeño que no calentaba nada y que alguien había puesto allí a propósito, porque en octubre no estaba.

Lo miró un momento y no dijo nada de él.

—Madre, ¿han dicho ustedes algo por don Bruno?

—Le decimos la misa de los martes desde el treinta de septiembre.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que se muera la última que lo conoció.

—¿Y quién es?

—Yo.

Padre Mateo se quedó con la mano en la pared.

—Somos veinte, padre, y de las veinte quedan tres que llevan aquí más de treinta años. Las otras diecisiete entraron después y para ellas don Bruno era una voz que traía libros.

—Ya.

—Cuando yo me muera, en esta casa nadie sabrá que aquel hombre contaba el dinero dos veces y se equivocaba siempre a favor del otro. Y eso, padre, es lo que se pierde de verdad cuando se muere una vieja.

—Reverenda madre, vengo a pedirle una cosa rara.

—Las raras son las que valen. Las otras se las pide uno al sacristán.

—Vengo a que me ayude a contar.

—Cuente.

—En tres meses he preguntado a mucha gente.

—¿A cuánta?

—A un corregidor, a un provisor, a un alcalde de cuadrilla y a un inquisidor. A un médico y a un capellán. A un francés y a una mujer de los montes.

—Siga.

—A un azacán, a un guarda de obra, a un ama de llaves, a una posadera y a una niña que no habla.

—Es mucha gente.

—Y hace un rato me he dado cuenta de que a la mitad de ellos les he preguntado por otros y no por ellos.

—Eso es lo que se hace.

—Sí. Y a los que mandan no les he preguntado nada.

Hubo un silencio al otro lado de la madera.

—Padre.

—Diga.

—¿Sabe vuestra paternidad cuánto llevo yo aquí?

—Cuarenta y tres años.

—Cuarenta y tres años y cuatro meses. Y en cuarenta y tres años y cuatro meses, por este agujero han pasado seis obispos auxiliares, once visitadores, cuatro corregidores, no sé cuántos confesores y todos los curas de esta parroquia.

—Ya.

—Y a mí no me ha preguntado nadie dónde estaba yo.

Padre Mateo se enderezó.

—¿Cómo dice?

—Digo lo que oigo decir. Que en esta ciudad se pregunta mucho y se pregunta siempre hacia el mismo lado.

—Madre, dígamelo otra vez despacio.

Y sor Inés de la Encarnación se lo dijo otra vez, despacio, sin saber lo que estaba diciendo, con la voz de una mujer de setenta y un años que lleva cuarenta y tres oyendo Toledo por un cilindro de madera.

—Padre, en cuarenta y tres años nadie me ha preguntado dónde estaba yo. Los que guardan la puerta nunca están en la lista de los que entran.

Padre Mateo no dijo nada.

Estuvo callado tanto rato que al otro lado la voz volvió a hablar.

—¿Se ha ido?

—No, madre.

—Pues diga algo, que aquí dentro un silencio se hace muy largo.

—Perdone. Estaba contando otra vez.

—¿Y cuánto le sale?

—Uno.

Se hizo un silencio distinto.

—¿Le he dicho algo malo?

—Me ha dicho vuestra reverencia lo que llevaba once semanas delante.

—Entonces no se lo he dicho yo. Se lo ha dicho usted y me ha usado a mí de pared.

—Puede ser.

—Es lo que somos las de aquí dentro, padre. Paredes. La gente viene, habla, se oye a sí misma y se va convencida de que le hemos aconsejado.

—Madre.

—Diga.

—¿Le puedo hacer una pregunta que no le he hecho en octubre?

—Hágala.

—¿Vuestra reverencia conoce a don Cosme Valdivielso?

El torno no se movió.

—Le conozco la voz.

—¿De qué?

—De aquí. Viene dos veces al año.

—¿A qué viene?

—A traerme la razón de las capellanías que tiene esta casa en el arciprestazgo. Papel del tribunal, no. Papel de rentas.

—¿Desde cuándo?

—Desde que yo soy abadesa. Diecinueve años.

—¿Y cómo es?

—Cortés. Corto. No se queda a charlar y no acepta dulce.

—¿Nunca?

—Nunca. En diecinueve años, ni una vez. Y aquí todo el mundo acepta dulce, padre, hasta los que vienen a embargarnos.

Padre Mateo se quedó mirando la madera.

—Madre.

—Ya se ha vuelto a callar.

—¿Le dijo alguna vez algo don Bruno Sardá de él?

Sor Inés tardó.

—Una vez.

—¿Cuándo?

—No lo sé. Este verano.

—¿Qué dijo?

—Que era el hombre más ordenado que había visto en su vida y que le daba pena.

—¿Pena?

—Eso dijo. Que le daba pena porque no tenía a nadie a quien enseñarle todo aquello.

El torno giró y salió un plato con pastas de almendra.

Padre Mateo lo miró y no lo cogió.

—Cójalo —dijo la voz—. Y no le dé más vueltas a lo del dulce, que hay mucha gente que no come dulce y no ha matado a nadie.

—Ya lo sé, madre.

—Pues que se le note.

La carta de México llegó el lunes diecisiete, con el correo de Cádiz, y era la cuarta.

La primera la había traído Leoz en octubre y tenía media página.

La segunda llegó en noviembre y tenía nueve líneas.

La tercera, a primeros de diciembre, tenía seis.

La cuarta tenía cuatro y media, y era la mejor.

Doña Mariana de Velasco escribía como se dispara: apuntando poco y acertando siempre, y cada carta más corta que la anterior, de manera que Padre Mateo había empezado a temerlas por lo mismo por lo que las esperaba.

A la segunda le había contestado con doce líneas y a la tercera con seis, y las dos veces se había quedado con la sensación de haber salido perdiendo en una conversación que no estaba teniendo.

Leoz le subió esta y se quedó en la puerta, porque a la tercera ya había aprendido que aquellas cartas se leían de pie.

«Padre:

Su carta de octubre llegó en cuarenta y un días y estaba escrita por un hombre que se creía muy listo. La de noviembre llegó en treinta y ocho y estaba escrita por otro. Prefiero al de noviembre y no me alegro de las razones.

Aquí sigo con el pleito de las tierras de mi difunto, que va para tres años.

Le contaré lo único que he aprendido en ese tiempo, porque quizá le sirva y porque me consta que a usted estas cosas le entretienen más que a mí.

He desconfiado sucesivamente del abogado, del procurador, del escribano de cámara y de mi propio administrador, que es un ladrón pero un ladrón previsible.

De quien no he desconfiado ni un solo día es del hombre que tiene los papeles.

Se llama Cirilo, lleva veintidós años en esa casa, sabe dónde está cada legajo y no cobra ni la cuarta parte que los otros.

Cuando pregunto algo, él lo trae. Cuando falta algo, él lo busca.

Y a nadie, en tres años, se le ha ocurrido preguntarle nada. Porque a quien tiene los papeles no se le pregunta: se le pide.

No digo que Cirilo sea nada. Digo que si lo fuera, yo sería la última en enterarme y él el primero en ayudarme a averiguarlo.

Y ahora, la mía, por cuarta vez, que ya es cabezonería: ¿quién le lava a usted la ropa, padre?

Se lo pregunto desde hace un año y usted no me contesta. Y no me contesta porque no lo sabe. Nadie sabe quién le lava la ropa a nadie. Esa es exactamente la ventaja de lavar la ropa.

M. de V.»

Padre Mateo leyó aquella carta de pie, junto a la ventana, a las cuatro de la tarde del diecisiete de diciembre.

Después se sentó en la cama.

Y después, sin levantarse, empezó a hablar en voz alta, despacio, como quien lee una cuenta.

Leoz estaba en la puerta y no entró.

—El veintisiete de septiembre, el provisor me extendió una cédula para andar de noche y me dijo que un oficial pasaría a tomar razón.

—Sí.

—El veintinueve de septiembre, en la boca de las Cuevas, un hombre me dijo que había asentado él mismo esa cédula la noche antes, a las ocho y media, de su puño, y que aquel libro no lo escribe nadie más.

—Sí.

—El veintiocho de septiembre, después de las doce, un hombre bajó por una calleja de la que se ve el Alcázar, con farol y con un legajo bajo el brazo, por el medio de la calle, y no lo paró nadie.

Leoz se apoyó en la jamba.

—El cuatro de octubre, en el Ayuntamiento, me entregaron una lista de trescientos cuarenta y un volúmenes escrita entera con una sola letra y sin una enmienda, y con ella un papel que señalaba a un canónigo inocente.

—Mena.

—El cinco de octubre, a las once de la mañana, yo le dije a un hombre que don Fadrique Ortuño me traería al día siguiente el inventario de la obra.

—Sí.

—A Ortuño lo mataron aquella noche. Y el inventario desapareció de un arcón cerrado con su propia llave.

Leoz no dijo nada.

—El seis de octubre me dieron un papel que señalaba a una mujer inocente de los montes.

—La Cabrera.

—El catorce de octubre le dije a ese mismo hombre que iba a llevarle dos papeles a un papelero llamado Colodro, para que los fechara por la marca.

—Padre.

—A Colodro lo mataron el treinta y uno. Y le faltó de un armario el único muestrario de marcas que había en Castilla.

—Padre.

—Espere.

Padre Mateo tenía las dos manos abiertas sobre las rodillas.

—El veintiuno de septiembre, Bruno Sardá le contó a una monja de clausura que había encontrado en un legajo un cuadernillo de papel que no era de la misma familia que el resto. Ocho días después estaba muerto en un círculo de sal.

—Sí.

—El ocho de octubre, ese mismo hombre me explicó, sin que se lo preguntara, que lo que más se consulta en aquel archivo no son procesos de fe.

—¿Qué son?

—Expedientes de limpieza.

—¿Y?

—Y me explicó también que lo que la gente teme no es una condena, sino una línea. Una que dijo un testigo hace doscientos años y que no se puede contestar, porque el que la dijo está muerto.

Leoz se separó de la jamba.

—El doce de noviembre, cuando le conté lo del cobre, él mismo me dijo que en aquella casa había cuatro arcones de planchas y que eran lo único que no había indizado en treinta y dos años.

—Y se ofreció a mirarlas.

—Se ofreció a mirarlas. Solo. De noche. Once noches. Y me trajo un índice de doscientas catorce con once que se parecían a algo y ninguna que fuera.

—Y usted dijo que sí.

—Yo dije que sí en cuatro minutos, en un sótano, con los dedos verdes.

Se quedó callado.