La noche toledana (Los casos del Padre Mateo 2) Todos tenían coartada, y uno la escribía
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Todos tenían coartada, y uno la escribía

Los diecinueve decían la verdad.

Eso fue lo primero que le pareció mal.

El legajo se lo entregaron el lunes diez de diciembre, a las nueve de la mañana, en la antesala del tribunal, con recibo y con dos firmas.

Era un cuaderno cosido con hilo encarnado, de ciento treinta y siete folios, con una portada que decía:

«Diligencia de averiguación tocante al paradero y ocupación de diecinueve testigos en las noches de 28 de septiembre y 5 de octubre de este año de 1792.»

Debajo, con la misma letra:

«Recibidas y escritas por mí, Cosme de Valdivielso, notario del secreto de este Santo Oficio.»

—Perdone el retraso —dijo Valdivielso—. Fueron tres semanas y han sido cinco.

—¿Qué pasó?

—Que dos estaban en la vendimia y uno se me murió.

—¿Se le murió?

—El aguador viejo de la calle de la Chapinería. De ochenta y un años y de invierno. Le tomé la declaración el nueve de noviembre y se murió el veintitrés.

—¿Y consta?

—Consta la declaración y consta la muerte. En esta casa no se quita nada, ya se lo dije.

Padre Mateo pesó el cuaderno en la mano.

Pesaba lo que pesan ciento treinta y siete folios y un trabajo de cinco semanas.

En la portada, la letra era la de siempre: pequeña, regular, con las mayúsculas sin adorno y los renglones tan derechos que parecían tirados a regla.

—¿Lo ha escrito vuestra merced entero?

—Entero.

—¿Sin escribiente?

—Sin escribiente. Se lo ofrecí al señor decano y me dijo que como quisiera. Y yo quise así, porque cuando escriben dos, hay dos maneras de preguntar.

Lo leyó en dos días, en el cuarto de la posada, con Leoz enfrente y una lista al lado.

Era un trabajo excelente.

Padre Mateo lo pensó desde el folio doce y lo siguió pensando hasta el final, y no era una impresión: era un juicio profesional. En veinte años de comisiones no había tenido en las manos una diligencia mejor hecha.

Cada declaración empezaba igual. Nombre entero, edad, oficio, calle, parroquia. Si sabía firmar o no. Quién le tomó juramento y a qué hora.

Después, la pregunta, escrita siempre con las mismas palabras, sin adornar y sin sugerir nada.

Y después, la respuesta, en primera persona, con el modo de hablar de cada uno.

—Padre, mire la del azacán.

—La he mirado tres veces.

—Es que se le oye.

—Ya lo sé.

Toribio Maeso, azacán, de cuarenta y cuatro años.

Declaraba que la noche del veintiocho se acostó a las ocho y media, porque al día siguiente era San Miguel y había que subir doble.

Que dormía en la misma pieza que su mujer y su suegra.

Y que la suegra tosía toda la noche, con lo cual daba fe de él mejor que un notario.

La suegra confirmaba.

Y al margen, con la misma letra pequeña y regular, una nota:

«Preguntada la suegra sin estar delante el yerno.»

—Eso lo hace muy poca gente —dijo Leoz.

—Eso no lo hace nadie.

Había en aquel cuaderno cosas que Padre Mateo no había visto escribir a ningún escribano de España.

Por ejemplo, la hora de la declaración y la hora en que había terminado, las dos.

Por ejemplo, una nota que decía que el declarante había pedido de beber y que se le había dado.

Por ejemplo, la frase de un hombre recogida entera aunque no sirviera para nada:

«Preguntado dónde estuvo la noche del veintiocho de septiembre, dijo que en su casa, y que se acuerda porque aquella noche se le murió el gato y lo enterró al día siguiente en la huerta del convento de la Concepción, y que si es menester lo desentierra.»

Y debajo, con la misma letra:

«No se tuvo por menester.»

Padre Mateo se rió en voz alta él solo, en el cuarto, y se le quitaron las ganas enseguida.

De los diecinueve, dieciocho decían que estaban en su casa durmiendo.

Y los dieciocho lo probaban.

No lo probaban de la manera que prueban los inocentes de las comedias, con un amigo que jura por ellos.

Lo probaban como se prueba de verdad en una ciudad pobre.

Porque dormían cinco en un cuarto. Porque compartían pared. Porque el sereno los conocía.

Porque a las once se les oyó discutir y porque la vecina de abajo se levantó a un niño y vio luz.

El decimonoveno era el sacristán de San Ginés, que no dormía en su casa porque no tenía casa, y que aquella noche estuvo velando a un hermano suyo en la calle de la Sierpe, con cuatro personas más, todas nombradas y todas preguntadas después.

Al final del cuaderno, en hoja aparte, había una razón de gastos.

Doce reales de papel. Ocho de tinta. Cuatro y medio de velas. Y una nota:

«De los recados y citaciones no se pone cargo, por haberlos hecho el que suscribe fuera de las horas de oficina.»

Padre Mateo cerró el cuaderno el miércoles a mediodía.

—¿Y bien? —dijo Leoz.

—Diecinueve de diecinueve.

—¿Ninguno?

—Ninguno. Y no porque estén bien contadas. Porque son verdad.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque si un hombre monta diecinueve coartadas falsas, alguna se le tuerce. Y aquí no hay ninguna torcida, hay diecinueve mediocres. Un hombre durmiendo, una suegra tosiendo, una vecina levantándose a un niño. Eso no se inventa. Eso se recoge.

Leoz miró la portada del cuaderno.

—Entonces hemos perdido cinco semanas.

—No.

—Padre, diecinueve de diecinueve.

—Hemos ganado una cosa y todavía no sé cuál.

Faltaban trece días para fin de año.

En la calle, Toledo se estaba preparando para la Pascua como se prepara siempre: mal, tarde y con mucho ruido. Habían puesto los puestos de turrón en Zocodover. Los del cabildo ensayaban por las tardes y se oía desde la calle Ancha.

El corregidor Bracamonte había mandado, la semana anterior, retirar la guardia de la casa del abate Duval, con el argumento de que ya no hacía falta.

Y era verdad que ya no hacía falta.

Las ciudades se cansan.

Aquella tarde Padre Mateo hizo lo que hacía siempre que se quedaba parado, que era contar.

Cogió una hoja y escribió los nombres de todos los que en tres meses habían tocado aquello.

No los sospechosos. Todos.

El corregidor. Sus dieciocho alguaciles y su escribano.

El provisor y sus dos notarios.

El alcalde de cuadrilla, sus nueve cuadrilleros y su escribano.

El inquisidor decano, los otros dos inquisidores, el fiscal, el alguacil mayor, el portero y el notario del secreto.

El doctor Nieto. Prudencio, el pasante que dibujó. Los dos calificadores. El maestro de obras del Nuncio. El guarda. El azacán.

Y los diecinueve.

Le salieron setenta y ocho nombres.

Puso una raya delante de los que estaban en el cuaderno de las coartadas.

Diecinueve.

Se quedó mirando aquello un rato largo.

—Leoz.

—Diga.

—¿A cuántos de estos setenta y ocho les ha preguntado alguien dónde estaba la noche del veintiocho de septiembre?

Leoz contó.

—Diecinueve.

—¿Y a los otros cincuenta y nueve?

—A ninguno.

—¿Por qué?

—Porque son la justicia.

—Ahí está.

Padre Mateo se levantó y anduvo hasta la ventana.

—Escúcheme una cosa, y es de método y no de sospecha. En una averiguación se pregunta a los testigos. Y son testigos los que estaban cerca del hecho.

—Sí.

—Y no se pregunta a los que instruyen, porque los que instruyen no son testigos: son los que preguntan.

—Es lo lógico.

—Es lo lógico. Y por eso lleva funcionando cuatrocientos años y por eso no lo mira nadie.

—¿Y qué ve usted?

—Que en este cuaderno hay diecinueve vecinos de Toledo con su hora y su cama. Y ni un solo hombre de los que han estado dentro de los tres círculos.

—Padre.

—Diga.

—A usted tampoco se lo ha preguntado nadie.

Padre Mateo se volvió despacio.

—No.

—Y usted estuvo en la ciudad las tres noches.

—Las tres.

—Y tiene cédula para andar de noche desde el veintisiete de septiembre.

—La tengo en la manga.

Estuvieron un momento callados.

—¿Se lo apunto? —dijo Leoz.

—Apúntelo. Y apunte también dónde estaba yo, y quién puede decirlo, y va a ver vuestra merced qué poco.

—La posadera.

—La posadera duerme abajo y yo duermo arriba, y entre los dos hay una escalera de madera que no cruje.

—Entonces usted no tiene coartada.

—Yo no tengo coartada. Y en esta ciudad hay cincuenta y ocho hombres más que tampoco la tienen y a los que nadie se la va a pedir jamás.

El jueves trece fue a ver al doctor Nieto al Nuncio Viejo, y no le contó nada.

Le hizo una pregunta y se fue.

—Doctor, ¿tiene vuestra merced diez minutos?

—Tengo setenta y uno enfermos y ocho plazas libres. Tengo lo que quiera.

—Es una pregunta de su oficio y no de este asunto.

—Peor para mí. Diga.

—¿Cómo distingue vuestra merced una sospecha de una obsesión?

Nieto se apoyó en la pared del corredor y se cruzó de brazos.

—¿Me lo pregunta en general o me lo pregunta por usted?

—Por mí.

—Bien. Así se contesta mejor.

—Le escucho.

—Aquí dentro tengo cuatro hombres convencidos de una cosa. Uno cree que el rey le debe dinero. Otro cree que su mujer se le aparece. Otro cree que le envenenan la sopa. Y otro cree que hay un vecino que le mira.

—¿Y cuál está loco?

—Tres.

—¿Y el cuarto?

—Al cuarto lo miraba el vecino. Estuvo aquí once meses.

Padre Mateo se quedó muy quieto.

—¿Y cómo lo supo vuestra merced?

—Porque un día le pregunté qué haría si le demostraran que el vecino no lo miraba, y me contestó: pues me alegraría mucho.

—¿Y los otros tres?

—Los otros tres, a esa misma pregunta, se enfadan. Todos. Sin excepción, padre, y llevo veintidós años preguntándola.

—¿Por qué se enfadan?

—Porque a un hombre con una obsesión no se le quita un peso al demostrarle que se equivoca. Se le quita el suelo. Un obseso no quiere tener razón: necesita tenerla.

Padre Mateo estuvo un momento sin decir nada.

—Doctor, hágamela.

—¿La pregunta?

—Hágamela.

Nieto lo miró de frente.

—Padre Mateo, ¿qué haría vuestra paternidad si mañana le demostraran que la persona en la que está pensando no ha tenido nada que ver?

Padre Mateo tardó bastante.

—Dormiría dos noches seguidas.

—¿Se alegraría?

—Me alegraría muchísimo. Y luego estaría igual que en octubre, sin nada, con tres muertos y trece días.

—Entonces váyase tranquilo.

—No estoy tranquilo.

—No he dicho tranquilo. He dicho que se vaya tranquilo, que es lo que se puede.

Fue a San Clemente el viernes catorce por la tarde.

Fue solo, sin doña Ángela, porque ya lo conocían y porque quería estar solo.

El locutorio estaba más frío que en octubre. Olía a cera y a membrillo, como entonces.