Lo que la niña dibujó #4
La segunda negó porque le había puesto al hombre los dos pies en el suelo, y en el dibujo el de atrás está levantado por el talón.
La tercera la miró un rato largo y asintió.
Feliciana Robledo, la celadora, entró a las siete con un candil y se quedó en la puerta.
—Señora, que las tengo sin cenar.
—Un momento.
—Es que se enfría.
—Feliciana.
—Voy, voy.
Se fue, y volvió a los diez minutos con un plato para la niña, sin que nadie se lo hubiera pedido, y lo dejó en el poyo de la ventana.
—Coma vuestra merced, que está en los huesos y luego me riñen a mí.
Se quedó un momento mirando la mesa llena de papeles.
—Padre.
—Diga.
—¿Eso lo ha hecho ella?
—Todo.
—Anda.
—¿No lo sabía vuestra merced?
—Sabía que pintaba. Le he barrido yo el suelo seis años y he tirado a la basura no sé cuántos.
—¿Los tiraba?
—Los que se caían. Yo qué sabía, padre. Aquí se barre y lo que hay en el suelo es basura.
Feliciana Robledo se limpió las manos en el delantal.
—¿Sirve para algo?
—Puede que para mucho.
—Pues vaya.
Aquella fue toda la ceremonia.
Firmaron los dos originales doña Ángela de Padilla, Francisco Leoz y Padre Mateo, con la fecha y la hora, y se guardaron en el arcón de la administración con dos vueltas de llave.
Antes de bajar, en el corredor, Padre Mateo se paró.
—Señora, ¿qué edad tiene esa niña?
—Trece años y ocho meses.
—¿Y qué pasa a los catorce?
Doña Ángela de Padilla apretó el manojo de llaves.
—Que hay que colocarla.
—¿En qué?
—De criada. Es lo que hay.
—¿Y quién coloca a una criada que no habla?
—Nadie, padre. Esa es la respuesta y no tengo otra.
—¿Y entonces?
—Entonces se queda. Y a los dieciséis se queda igual, y a los veinte también, y a los treinta está aquí cardando lana con las viejas y ya no la llama nadie por su nombre.
—¿Eso ha pasado?
—Tres veces desde que yo administro esto. Se llaman Rufina, Casilda y Andrea. Rufina tiene cuarenta y un años.
Padre Mateo se quedó mirando la puerta cerrada de la sala.
—¿Y no hay otra cosa?
—Hay dos y las dos son malas. Meterla monja, que no puede ser porque no tiene dote y porque los conventos piden limpieza y ella no tiene ni nombre. O que alguien responda de ella.
—¿Alguien quién?
—Alguien con apellido y con dinero. Y le voy a decir lo que hace falta para eso, padre, que lo sé porque lo he intentado nueve veces.
—Dígamelo.
—Hace falta que alguien la vea.
Padre Mateo no contestó.
—No se lo digo por usted —añadió ella—. Usted se va a ir en enero.
—Ya lo sé.
—Todos se van en enero.
Bajaron a las ocho, ya de noche.
Hacía un frío de cuchillo y la ciudad estaba cerrada.
—Padre.
—Espere a que estemos abajo.
—Padre, dígame una cosa.
—Abajo.
—Es corta.
—Abajo.
Bajaron la cuesta en silencio hasta la altura de Zocodover.
—Ahora.
—¿Qué tenemos?
—Tenemos un hombre de espaldas.
—Eso no es nadie.
—Eso no es nadie y es lo primero que tenemos que no nos ha dado ninguna de las cuatro justicias.
—Padre, no se le ve la cara.
—No.
—Ni la estatura, ni la edad, ni el color.
—Ni la estatura, ni la edad, ni el color.
—Entonces, ¿qué se le ve?
—Se le ve andar.
Y entonces, en vez de tirar hacia la posada, Padre Mateo torció a la izquierda y empezó a subir otra vez por una calle estrecha y en cuesta.
—¿Adónde vamos?
—A ver una jamba.
—¿Y cómo la va a encontrar?
—Por la jamba.
—Hay cuatrocientas jambas en Toledo.
—No de piedra más clara que el muro. Eso quiere decir que se cambió después, y una jamba se cambia cuando se ensancha una puerta para meter algo grande.
—¿Y cuántas puertas se han ensanchado en esta ciudad?
—Pocas. Aquí no cabe nada grande y por eso no se ensancha nada.
Tardaron veinte minutos en encontrarla y la encontraron a la tercera calle.
Era una calleja corta que baja desde la altura del Alcázar hacia el norte, con el empedrado de canto, un poyo a mano derecha y una reja baja.
Y a la izquierda, a mitad de calle, una puerta con dos escalones y una jamba de piedra más clara que el muro.
Padre Mateo se puso en el centro de la calle y miró hacia arriba.
Se veía, por encima de los tejados, el ángulo de poniente del Alcázar y dos ventanas con luz.
—Es esta.
—Es esta —dijo Leoz.
Padre Mateo se quedó allí de pie, en el medio del empedrado, mirando la calle vacía.
—Leoz.
—Diga.
—¿Qué hora es?
—Las nueve menos cuarto.
—Cuente vuestra merced cuánta gente pasa.
Estuvieron nueve minutos.
No pasó nadie.
—¿Ha visto?
—No ha pasado nadie.
—Ni pasará.
—¿Y qué saca de eso?
—Escúcheme bien, porque es lo único que tengo y lo voy a decir una sola vez.
—Le escucho.
—La noche del veintiocho de septiembre, después de las doce, un hombre bajó por aquí con un farol encendido en la mano izquierda.
—Sí.
—Y un legajo debajo del brazo derecho, andando por el medio de la calle.
—Sí.
—En una ciudad donde desde el toque de queda no se puede andar sin farol y sin cédula.
—Sí.
—Y no lo paró nadie.
Leoz se quedó callado.
—Padre, eso puede ser porque no había ronda.
—Puede.
—O porque no lo vieron.
—Puede.
—O porque tenía cédula.
Padre Mateo miró la calle en cuesta, vacía y negra, con las dos ventanas del Alcázar allá arriba.
—Y las cédulas —dijo— se asientan en un libro.