La noche toledana (Los casos del Padre Mateo 2) Lo que la niña dibujó #3
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Lo que la niña dibujó #3

—Por la capa. Los hombres cogen la capa cada uno de una manera y no la cambian en toda su vida. Este se la sujeta con el brazo, aquí, contra el costado, para dejarse libre lo de debajo.

—¿Y qué más?

—Que anda por el medio.

—¿Y eso qué quiere decir?

Doña Ángela de Padilla se enderezó.

—Padre, en Toledo, de noche, un hombre que va donde no debe va pegado a la pared. Este va por el medio de la calle, con el farol encendido y bajándolo para verse los pies. Este no va escondiéndose de nadie.

—No.

—Este va como voy yo a misa de siete.

Padre Mateo estuvo un momento sin poder decir nada.

Después preguntó lo último que le quedaba por preguntar aquella tarde, y lo preguntó mirando a la niña.

—Juana. ¿Sabe vuestra merced qué noche fue esa?

Ella asintió.

—¿Sabe lo que pasó esa noche en esta ciudad?

Juana se quedó muy quieta.

Después negó con la cabeza, una vez, despacio.

Y Padre Mateo comprendió, con una claridad que no le hizo ningún bien, que nadie se lo había dicho.

Que le habían dicho el domingo que don Bruno había muerto.

Que no le habían dicho cuándo, ni dónde, ni cómo, porque era una niña y porque no habla y porque a la gente le parece que a los que no hablan no hay que contarles las cosas enteras.

Y que ella llevaba once semanas con aquel papel guardado sin saber que era nada.

—Juana.

Ella lo miró.

—Este hombre pasó por esa calle la noche en que mataron a don Bruno.

La niña no se movió.

Después se sentó en el poyo de la ventana, muy despacio, se quedó mirando el suelo y empezó a llorar sin ruido.

Como lloraba don Roque Ayllón en Soria, en septiembre.

Como llora casi toda la gente que Padre Mateo había visto llorar en su vida, que no es como lloran en las comedias.

Doña Ángela fue hacia ella.

Padre Mateo le puso la mano en el brazo y la paró.

—Espere.

—Padre…

—Espere un momento.

No la paró por crueldad. La paró porque en tres meses en aquella ciudad había aprendido una cosa sobre la gente a la que nadie pregunta nada, y era que lo peor que se le puede hacer es taparla enseguida.

Esperó.

Cuando Juana levantó la cabeza, Padre Mateo hizo lo único que se le ocurrió que no fuera consolarla.

Le dijo la verdad.

—Vuestra merced no vio matar a nadie. No podía haber hecho nada. Estaba en una ventana a doscientas varas y a oscuras, y para cuando ese hombre pasó por ahí ya no había nada que hacer.

Juana lo miraba.

—Y ahora le voy a decir la otra parte, que es más difícil.

Doña Ángela se llevó la mano a la boca.

—Este papel es lo único que hay en toda Toledo. Yo llevo desde el veintinueve de septiembre trabajando con cuatro justicias, un cardenal, un tribunal, un corregidor, un médico y un escribiente, y no tengo nada. Y vuestra merced tiene esto.

Sacó el pañuelo y se lo dio, y ella lo cogió.

—Lo tiene porque don Bruno le enseñó a mirar y a poner el día. Y porque hizo vuestra merced lo que él le enseñó, todas las noches, durante seis años, sin que se lo mandara nadie y sin que nadie le diera las gracias.

Juana se limpió la cara.

—Yo no le voy a decir que esto sirva para prender a nadie.

Juana levantó los ojos.

—No se lo digo porque todavía no lo sé, y le he prometido la verdad.

Esperó.

—Le digo lo que hay. Llevo once semanas y esta es la primera cosa que he encontrado. Y no la he encontrado yo.

Estuvieron callados un rato.

Fue Juana la que se movió primero.

Cogió la tablilla, escribió, y se la enseñó.

¿ME LO DEVUELVE?

Padre Mateo miró la hoja del veintiocho de septiembre, que tenía en la mano y que era, en aquel momento, la cosa más valiosa que había en Castilla.

—Se lo devuelvo hoy mismo.

Juana lo miró sin entender.

—Voy a hacer una cosa y voy a tardar una hora.

Juana esperó.

—Voy a llamar al escribiente que espera abajo. Vamos a copiar este dibujo delante de vuestra merced.

Esperó otra vez.

—Y vuestra merced va a mirar la copia y va a decir si está bien hecha o mal hecha.

Juana lo miró.

—Y si dice que está mal hecha, se hace otra. Y otra.

Ella escribió.

¿Y EL MÍO?

—El suyo se queda aquí, con doña Ángela, guardado bajo llave, y con un papel firmado por dos personas que diga que es de vuestra merced.

Juana borró.

¿POR QUÉ?

Padre Mateo tardó un momento.

—Porque en esta ciudad todo lo que entra en una oficina se queda en la oficina. Y porque este papel es de vuestra merced, y lo va a seguir siendo cuando yo me haya ido y cuando ninguno de nosotros se acuerde de esto.

Doña Ángela de Padilla se apoyó en la mesa.

—Eso no lo hace nadie, padre.

—Ya lo sé, señora. Llevo tres meses viéndolo.

Leoz subió a las seis y cuarto, con la carpeta y sin preguntar por qué.

—Padre.

—Siéntese ahí. Va vuestra merced a copiar una cosa.

—¿Qué cosa?

—Un dibujo.

Leoz miró la hoja y después miró a la niña, y después volvió a mirar la hoja.

—Padre, yo no sé dibujar.

—Vuestra merced copió en México trescientas ochenta hojas de un libro de cuentas sin equivocarse en una cifra.

—Eso son números.

—Esto es lo mismo con otra forma. Y además no está solo: está ella.

Lo copió Leoz, en hora y media, sentado a la mesa larga con la niña al lado.

Lo copió tres veces, porque las dos primeras Juana negó con la cabeza.

—Padre, dígale que me explique qué está mal.

—Dígaselo vuestra merced. Está delante.

—Es que no sé cómo.

—Enséñele la copia y el original juntos y espere.

Leoz los puso juntos.

Juana miró los dos papeles, cogió el lápiz, y sobre la copia de Leoz, muy suavemente, sin apretar, pasó una raya al lado de la sombra.

Leoz se quedó mirándola.

—Va torcida.

La niña asintió.

—Es que si va torcida no cabe en el papel.

Juana negó con la cabeza.

—Sí cabe —dijo doña Ángela, desde atrás—. Cabe si empieza usted la calle más arriba.

—Ah.

—Es lo que hace ella. Empieza siempre por lo de arriba.

Leoz volvió a empezar.

La primera negó porque Leoz había enderezado la sombra, y la sombra iba torcida.