Lo que la niña dibujó #2
—Ya lo sé. Lo digo yo por eso mismo.
La sala de las mayores tenía dos ventanas grandes al mediodía, cuatro bancos, una mesa larga y un brasero que calentaba tres varas a la redonda y nada más.
Había once niñas y una celadora.
La celadora se llamaba Feliciana Robledo, tenía cincuenta y dos años y estaba cosiendo con las manos rojas.
—Ave María.
—Sin pecado.
Doña Ángela le hizo un gesto y Feliciana levantó a las niñas y se las llevó a la sala de al lado, todas menos una.
Juana estaba en el poyo de la ventana. No en el banco.
Igual que el cuatro de octubre: las rodillas juntas, la tablilla encima y el pelo recogido con una cinta que no era de la casa.
Estaba más delgada y más alta.
Padre Mateo se sentó en el banco, a tres pasos, y no se acercó más.
—Buenas tardes.
Juana lo miró.
Y aquí hay que decir una cosa, y es que Padre Mateo, que en tres meses de Toledo había hablado con un cardenal, con un inquisidor, con cuatro justicias y con un asesino sin saberlo, no supo por dónde empezar.
Estuvo callado casi un minuto.
Después dijo lo único que le pareció verdad.
—Vengo tarde.
Juana no se movió.
—El cuatro de octubre estuve aquí y vuestra merced me enseñó un plano del patio. Me acuerdo del carro y de los cinco sacos.
Nada.
—Y aquel día vuestra merced hizo una cosa que yo vi y no pregunté.
Padre Mateo se llevó la mano al costado, despacio, y apretó por fuera de la tela, en el sitio donde ella se había apretado el bolsillo del mandil once semanas antes.
Juana bajó los ojos a la tablilla.
—Debí preguntarlo aquel día. No lo hice porque entró un hombre por la puerta y porque yo iba con prisa a cosas que me parecían más grandes.
Doña Ángela, junto a la pared, no dijo nada.
—Le pregunto ahora, y si vuestra merced no quiere, no pasa nada y me voy y le pido perdón igual.
Estuvo esperando.
Cuando ya pensaba que aquello se había acabado, Juana giró la tablilla y escribió con el lápiz de plomo, despacio, con una letra grande y redonda de las que se aprenden tarde.
Después la volvió hacia él.
¿POR QUÉ AHORA?
Padre Mateo leyó aquellas tres palabras dos veces.
—Porque me he quedado sin nada. Y porque me acordé de vuestra merced hace dos días leyendo una lista.
Juana borró con el dedo y volvió a escribir.
¿SOY LA ÚLTIMA?
—Sí.
Ella lo miró un momento largo.
Y entonces se levantó del poyo, dejó la tablilla en el banco, salió de la sala sin pedir permiso y volvió al cabo de dos minutos con un cartapacio.
Era un cartapacio de badana verde, gastado por las esquinas, atado con dos cintas.
Lo puso encima de la mesa larga y se apartó.
Doña Ángela se acercó despacio.
—Ese era de don Bruno.
Padre Mateo no lo tocó.
—¿Puedo?
Juana asintió una vez.
Deshizo las cintas y lo abrió.
Dentro había papel.
Muchísimo papel. Hojas de todos los tamaños, la mayoría de estraza y de mala calidad, algunas con cuentas escritas por el otro lado, recortadas de sobres, de márgenes, de pliegos aprovechados.
Las contó por encima con el pulgar, como se cuenta un legajo.
Doscientas y pico.
Y en todas había un dibujo.
Padre Mateo las fue sacando de veinte en veinte y poniéndolas sobre la mesa larga.
Había manos. Muchísimas manos: manos de coser, manos de cardar, manos de vieja, la mano de una niña con un dedo vendado.
—Señora, ¿conoce vuestra merced estas manos?
Doña Ángela se inclinó sobre la mesa.
—Esta es de Feliciana. Se le conoce en el pulgar, que lo tiene torcido de una quemadura.
—¿Y esta?
—Esta es mía.
Se quedó mirándola un momento y no dijo nada más de ella.
—¿Y estas dos pequeñas?
—De Perpetua, que salió colocada en agosto. Ahí tendría diez años.
—¿Y esta con el dedo vendado?
—Esa es la suya. Se cortó en enero con el peine de cardar y estuvo tres semanas sin poder trabajar.
—¿Se dibujó a sí misma?
—Se dibuja la mano. La cara no se la dibuja nunca.
Había un perro.
Había el patio del Alcázar cuatro veces, en cuatro estaciones, con los mismos nueve arcos.
Había una mujer de espaldas fregando, y en la mujer de espaldas se veía cómo cargaba el peso en la cadera derecha.
Había una cara de hombre viejo, hecha con cuatro rayas.
Aquella cara Padre Mateo la reconoció sin que se lo dijeran.
Tenía los hombros redondos y el pelo blanco muy corto que él había visto en el suelo de un sótano el veintinueve de septiembre.
Se quedó mirándola.
—¿Es don Bruno?
Juana asintió.
—¿Cuántas veces lo dibujó vuestra merced?
Ella levantó los dedos de las dos manos, dos veces, y luego una mano más.
—Veinticinco.
Asintió.
Padre Mateo puso aquella hoja aparte, boca arriba, en un extremo de la mesa, y siguió.
Y entonces vio los números.
En la esquina de arriba, a la derecha, todas las hojas tenían un número escrito pequeño. A veces dos: un número y otro debajo.
—Señora.
—Diga.
—¿Qué es esto?
Doña Ángela se inclinó.
—El día.
—¿El día del mes?
—El día del mes y el mes debajo, cuando se acuerda. Se lo enseñó don Bruno. Le decía que un dibujo sin día no sirve para acordarse de nada, que sirve para adornar.
Padre Mateo se enderezó muy despacio.
Miró el montón que tenía delante, y por primera vez en tres meses le pasó por el cuerpo una cosa que no era una idea, sino un frío.
Aquello no era un cartapacio de dibujos de una niña.
Era un diario.
Doscientas y pico hojas, fechadas, hechas por una persona que no habla y que por lo tanto mira, en una casa alta desde la que se ve media ciudad.
—Juana.
Ella levantó la cabeza.
—¿Están por orden?
Asintió.
—¿Del primero al último?
Volvió a asentir, y entonces hizo algo más: se acercó a la mesa, pasó la mano por encima del montón sin tocarlo, y con el dedo señaló un punto a dos tercios del alto.
Padre Mateo metió los dedos por donde ella había señalado y separó.
Sacó una hoja.
Era papel de estraza, del malo, de un dedo más ancho que largo.
En la esquina, en el número, ponía 28, y debajo, más pequeño, 7bre.
Padre Mateo se quedó de pie con la hoja en la mano y tardó bastante en mirarla.
Cuando la miró, lo primero que pensó fue que estaba mirando desde arriba.
Era una calle en cuesta, vista desde una ventana alta y un poco de lado.
Se veía el empedrado con las piedras puestas de canto, un poyo y una reja baja.
Y a la izquierda, una puerta con dos escalones y una jamba de piedra más clara que el muro.
Y en medio de la calle, de espaldas, bajando, había un hombre.
Estaba dibujado con seis o siete líneas y no había en él una sola cosa de más.
Se le veía el sombrero, redondo y de ala corta.
Se le veía la capa, no volandera, sino recogida contra el cuerpo, sujeta por el brazo derecho.
Se le veía que iba andando, y se veía por dónde: por el centro de la calle, no pegado a la pared.
En la mano izquierda, baja, a la altura de la rodilla, llevaba un farol.
Del farol salía una mancha de lápiz que se abría hacia el suelo, delante y a los lados, y en el borde de aquella mancha la niña había dibujado la sombra del hombre, que iba delante de él, larga y torcida por la cuesta.
Y debajo del brazo derecho, apretado contra el costado, llevaba algo.
Algo plano. Recto por tres lados. Del tamaño de un libro grande o de un legajo.
Padre Mateo se sentó.
Se sentó sin querer, en el banco, con la hoja en las dos manos.
Estuvo mirándola mucho rato.
Doña Ángela se acercó y miró por encima de su hombro, y como no entendía lo que estaba pasando, no dijo nada, que fue lo mejor que podía hacer.
Padre Mateo levantó la vista.
—Juana.
Ella lo miraba.
—¿Esto lo vio vuestra merced?
Asintió.
—¿Por esa ventana?
Señaló con la barbilla la segunda ventana de la sala, la del rincón.
—¿De noche?
Asintió.
—¿Muy de noche?
Juana lo pensó. Después fue al banco, cogió la tablilla y escribió.
DESPUÉS DE LAS DOCE. OÍ LAS DOCE Y LUEGO NO OÍ MÁS.
Padre Mateo cerró los ojos un segundo.
—¿Y por qué estaba despierta?
Ella escribió.
NO DUERMO BIEN.
Y debajo, sin que se lo pidieran, otra línea.
NUNCA.
—¿Y por qué dibujó a ese hombre y no otra cosa?
Juana borró y escribió muy deprisa, y fue la frase más larga de aquella tarde.
PORQUE NO PASA NADIE.
Padre Mateo se quedó con la hoja en la mano.
—Explíquemelo.
Ella lo pensó, borró, y escribió otra vez.
POR ESA CALLE, DE NOCHE, NO PASA NADIE NUNCA.
—¿En seis años?
Levantó tres dedos.
—¿Tres veces?
Asintió.
—¿Y las otras dos también las dibujó?
Asintió.
Padre Mateo miró el montón de la mesa y le costó bastante decir la frase siguiente sin que se le notara nada.
—¿Puedo verlas?
Juana volvió a la mesa, buscó dos veces y sacó dos hojas más.
Una era de febrero y era una mujer con un bulto.
La otra era del quince de septiembre y era un hombre con un farol, de espaldas, subiendo, con el farol en la mano izquierda y algo debajo del brazo derecho.
El mismo sombrero.
La misma capa recogida.
La misma manera de andar por el centro de la calle.
—Juana, una cosa más y es importante.
Ella esperó.
—El cinco de octubre. ¿Dibujó vuestra merced algo aquella noche?
Juana fue al montón, buscó y sacó una hoja.
Era la lluvia en el vidrio de una ventana, hecha con veinte rayas y tres manchas.
—¿Y el treinta y uno?
Buscó otra vez y tardó más.
Sacó una hoja con un gato dormido encima de un fardo.
—¿Nada más?
Negó con la cabeza.
—¿Aquellas dos noches no pasó nadie por la calle?
Se encogió de hombros, y aquel encogerse de hombros quería decir que no lo sabía, porque aquellas dos noches había estado mirando otra cosa.
—Está bien —dijo Padre Mateo—. Está muy bien. Es lo que tenía que contestar.
Doña Ángela lo miró sin entender.
—Señora, si esta niña me hubiera sacado un dibujo de las tres noches, yo no me habría creído ninguno.
Padre Mateo puso las dos hojas juntas encima de la mesa larga, el veintiocho y el quince, y las estuvo mirando el tiempo que se tarda en rezar un credo despacio.
El quince de septiembre era el día del segundo círculo.
El del atrio de la ermita de San Eugenio.
El del provisorato.
—Señora doña Ángela.
—Padre.
—Necesito que vuestra merced mire estos dos papeles y me diga si ve lo mismo que yo.
Ella se acercó y los miró un rato largo.
—Es el mismo hombre.
—¿Por qué lo dice?