Lo que la niña dibujó
Juana llevaba once semanas esperando a que alguien le preguntara.
El índice de las planchas se lo entregó don Cosme Valdivielso el sábado veinticuatro de noviembre, a las nueve de la mañana, en la antesala del tribunal.
Eran catorce pliegos cosidos.
Doscientas catorce planchas, numeradas del uno al doscientos catorce, cada una con su materia en tres o cuatro palabras, el arcón en que estaba y el estado del cobre.
Al final, en hoja aparte, once que se parecían a algo.
Padre Mateo las vio las once, una por una, en el sótano, con Valdivielso delante y un farol.
Una tenía una estrella de seis puntas dentro de una orla.
Otra tenía cuatro signos de planetas.
Otra era un alfabeto hebreo de una sola fundición.
Ninguna tenía once figuras.
Ninguna tenía una frase latina.
Ninguna tenía una parrilla.
—¿Las once? —preguntó Padre Mateo.
—Las once. Y hay otras nueve que no le he puesto en la hoja porque están de un lado que no se entiende nada. Se las enseño si quiere.
—Enséñemelas.
Se las enseñó.
Eran nueve láminas comidas por el cardenillo, con el grabado hecho una costra verde. En dos de ellas no se distinguía si había habido una figura o una letra.
—¿Se pueden limpiar?
—Se pueden. Con vinagre y sal, dicen. Yo no me atrevo, padre. Si le meto vinagre a una plancha del año veintitrés y se me deshace, luego vendrá alguien a preguntarme por ella dentro de cuarenta años.
—¿Y quién iba a preguntar?
—Nadie. Por eso mismo.
Padre Mateo estuvo un momento mirando las nueve.
—Don Cosme.
—Diga.
—¿Cuántas noches ha estado vuestra merced aquí abajo?
—Once.
—¿Desde qué hora?
—Desde las ocho hasta la una o las dos.
—Eso es mucho para un hombre de cincuenta y ocho años.
—Es lo que tengo. Yo no tengo casa ni quien me espere. Un hombre que no tiene a nadie hace muchas cosas por las noches, padre, y la mayoría son peores que esta.
—Lo siento —dijo Valdivielso.
—No lo sienta.
—He estado once noches, padre, y le juro que he abierto hasta las que estaban pegadas.
—Le creo.
—¿Y ahora?
—Ahora no lo sé.
Fue la conversación más corta que tuvieron en tres meses.
Diciembre entró en Toledo por la puerta de Bisagra con un viento de la sierra que dejaba las manos moradas.
En la ciudad ya casi no se hablaba de aquello.
Es lo que pasa.
Habían pasado nueve semanas desde San Miguel, cinco desde el molino y ninguna cosa nueva.
La sal de los umbrales se había ido borrando con la lluvia. Ya solo la echaban tres o cuatro casas por calle: las mismas que echan sal, agua bendita y ramos de romero desde antes de que naciera nadie.
El primero de diciembre, Bracamonte lo llamó al Ayuntamiento para decirle una cosa que no quería poner por escrito.
—Padre, me ha llegado un aviso de Madrid.
—¿Sobre la Fábrica?
—Sobre todo. Quieren esto cerrado antes de fin de año.
—¿Cerrado cómo?
—Cerrado. Es un verbo que en Madrid no lleva complemento.
—¿Y qué significa aquí abajo?
—Que si el veintitantos de diciembre no hay un hombre con nombre y apellido, se dará por concluso lo que haya y cada uno guardará su legajo.
—¿Y el capellán?
—El capellán va por su cuenta y va despacio. Ese lo juzgan por lo del hierro y no por lo otro.
—Ya.
—Padre, se lo digo claro. A mí me van a trasladar en primavera. Al provisor no le pasará nada. Al alcalde de la Hermandad tampoco, porque a los de la Hermandad ya no se les puede quitar nada más.
—¿Y al tribunal?
—Al tribunal, menos que a nadie.
—¿Cuánto tengo?
—Tres semanas.
En Zocodover se vendía capón para las Pascuas.
El abate Duval ya podía andar y no podía cerrar la mano izquierda.
De María la Cabrera no se sabía nada, que era lo previsto.
Y de fray Julián sí se sabía, porque el prior escribía cada ocho días, corto y sin adornar: que seguía en la enfermería, que la fiebre subía y bajaba, que comía poco, que preguntaba.
Padre Mateo contestaba todos los martes.
Leoz le llevaba las cartas al correo y volvía sin decir nada.
—¿La ha echado?
—La he echado.
—¿Sale mañana?
—Sale mañana al alba y llega el lunes.
—Seis días.
—Seis días, padre. Como la semana pasada y como la otra.
Los martes por la noche, después de escribir a Soria, se quedaba un rato mirando la pared.
—Padre.
—Diga.
—Llevamos doce días sin salir a nada.
—Lo sé.
—¿Qué hacemos?
Padre Mateo tardó en contestar.
—Volver a la lista.
—Padre, la lista está agotada.
—La lista de los sospechosos está agotada. Yo no le hablo de esa.
—¿De cuál?
—Antes de eso, hágame vuestra merced un favor. Dígame en voz alta lo que tenemos.
Leoz abrió el cuaderno.
—Tres muertos.
—Siga.
—Tres jurisdicciones distintas, a propósito.
—Siga.
—Seis arrobas de sal compradas el tres de agosto por un hombre que dijo llamarse Ramón Ávila.
—¿Y de ese qué sabemos?
—Que existió el rato que tardó en cargar dos serones.
—Siga.
—Cinco velas de sebo de un molde que tiene medio Toledo.
—Siga.
—Once figuras y una frase copiadas de una plancha de cobre que no está en ninguna de las dos casas donde hay planchas de cobre.
—Siga.
—Tres pares de manos fregadas.
—Siga.
—Un inventario que falta de un arcón cerrado con llave. Un muestrario de papelero que falta de un armario. Y un cuadernillo de papel distinto del que solo tenemos la palabra de una monja de clausura.
—¿Y de personas?
—De personas, nada.
—¿Nada?
—Un capellán preso por otra cosa que no dice dónde estaba. Un francés que tampoco lo dice y que no puede cerrar la mano. Y una mujer de los montes de la que no se sabe nada desde octubre.
—¿Y coartadas?
—Diecinueve, tomadas por el tribunal, en un legajo que nos entregarán cuando esté cerrado.
Padre Mateo escuchó todo aquello mirando la pared.
—Leoz.
—Diga.
—¿Qué falta en esa lista?
Leoz repasó las hojas.
—No sé. Yo diría que está todo.
—Falta gente.
—¿Cómo que falta gente?
—Que ahí hay sal, cera, cobre, papel y armarios. Y las únicas tres personas que salen son tres presos.
Leoz bajó el cuaderno y no dijo nada.
—Por eso vamos a volver a la otra lista.
—¿Cuál?
—La que hice en octubre. La de la gente a la que no ha preguntado nadie.
Leoz sacó el cuaderno y lo abrió por donde estaba doblado.
—Aquí hay once nombres y siete están tachados.
—Léame los cuatro.
—El escribiente que copió el inventario de Ortuño, que sigue sin aparecer. Un carretero del alfolí. La cuñada del papelero, en la Isleta.
—Y el cuarto.
Leoz se paró.
—El cuarto no es un nombre. Pone: la niña de la Casa de Caridad.
—Sí.
—¿Desde cuándo está ahí?
—Desde el cuatro de octubre.
Leoz cerró el cuaderno con mucho cuidado, que fue su manera de no decir nada.
Aquella mañana, en la cocina, Ceferina Robles le puso el desayuno delante y se quedó de pie.
—Padre.
—Diga.
—¿Es verdad que hay en el Alcázar una cría que dibuja?
Padre Mateo levantó la cabeza.
—¿Quién se lo ha dicho a vuestra merced?
—Una lavandera que sube allí. Hace dos meses. Dice que hay una expósita que no habla y que pinta el patio como si lo viera desde arriba.
—¿Hace dos meses?
—O tres. En esta casa se entera una de todo con retraso, que es como se entera una de las cosas que no importan.
Padre Mateo dejó el pan.
—Ceferina.
—Dígame.
—Si vuestra merced hubiera sabido lo que yo estaba buscando, ¿me lo habría contado?
—El primer día.
—¿Y por qué no me lo contó?
—Porque a mí nadie me ha preguntado nunca por una cría del Alcázar. A mí me preguntan por franceses.
Subió el jueves seis de diciembre por la tarde.
La cuesta del Alcázar en diciembre es la misma cuesta y es peor. Se paró tres veces y la tercera se paró de verdad, con la mano en la pared, tosiendo hasta que se le pasó.
Leoz esperó al lado sin ofrecerle el brazo, porque ya había aprendido que ofrecérselo era peor.
—Padre.
—No.
—Si no he dicho nada.
—Iba vuestra merced a decir que subiéramos más despacio.
—Iba a decir que hace frío.
—Pues tiene razón y no me consuela.
Arriba, el edificio tenía el mismo aire de decisión y las mismas ventanas iguales, y por las chimeneas de poniente salía humo, y de la crujía de los telares venía el ruido de siempre.
Doña Ángela de Padilla lo esperaba en el zaguán con el manojo de llaves.
Se habían visto cinco veces desde el veinte de octubre y se hablaban de otra manera.
—Padre.
—Señora.
—Ha tardado.
—Sí.
Ella no añadió nada. Echó a andar por el corredor y él fue detrás.
—¿Cómo está la casa?
—Con frío. Se nos ha roto una caldera y hay ochenta y cuatro niños lavándose con agua de pozo. Y con menos dinero, porque este otoño no ha vendido nadie hilado.
—¿Y ella?
—Igual.
—¿Igual bien o igual mal?
—Igual, padre. Es lo que hay que entender de esa niña. Está igual desde hace seis años.
—¿Y antes?
—Antes hablaba.
—¿Qué pasó?
Doña Ángela anduvo cuatro pasos antes de contestar.
—No lo sé.
—Señora.
—Le digo la verdad. No lo sé. Hubo entonces una historia y yo no repito historias que no me constan, y menos de una niña que no puede desmentirlas.
—Es la respuesta más decente que voy a oír hoy.
—Es la única que doy desde hace dieciocho años y me ha costado dos amistades.
—¿Y no se ha intentado nada?
—Se ha intentado todo lo que se le ocurre a esta casa, que es rezar, reñir y llevarla al médico. El doctor Nieto la vio hace tres años.
—¿Y qué dijo?
—Dijo que la dejáramos en paz y que le diéramos papel.
—¿Y le hicieron caso?
—Le hice caso yo. Lo del papel. Lo de dejarla en paz lo hace la casa sola, que para eso somos once mujeres y ochenta y cuatro niños.
Se pararon delante de la puerta de la sala de las mayores.
—Le voy a pedir tres cosas antes de que entre.
—Pídalas.
—Primera. No le hable alto. La gente le habla alto porque no habla, como si estuviera sorda, y ella lo nota.
—No lo haré.
—Segunda. No le toque la cara ni la barbilla para que le mire. Se lo hacen todos.
—No lo haré.
—Y tercera. Si no contesta, no repita la pregunta tres veces. Cuando no contesta es que no quiere, y quiere que se sepa que no quiere.
—¿Y entonces?
—Entonces se pasa a otra cosa y no se le tiene en cuenta.
Padre Mateo se quedó con la mano en el picaporte.
—Señora.
—Diga.
—¿Puede quedarse vuestra merced dentro?
—Iba a quedarme de todos modos. Aquí no entra un hombre solo en la sala de las niñas, y menos usted, que además es fraile.
—Bien.
—No lo digo por vuestra paternidad.