La noche toledana (Los casos del Padre Mateo 2) El grabado al revés #3
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El grabado al revés #3

Padre Mateo devolvió la plancha a su sitio.

Se limpió los dedos, que se le habían quedado verdes, y se los estuvo mirando un momento.

—Necesito la autorización del señor decano.

—Ya se la he pedido esta mañana, en cuanto vi que subía usted la escalera —dijo Valdivielso—. Perdóneme el adelanto. Es que tengo la fea costumbre de adivinar qué me van a pedir.

Don Isidoro Quiñones lo autorizó aquella misma tarde, desde el sillón y con el pie en el almohadón, y añadió de su puño una condición que a Padre Mateo le pareció, en aquel momento, un fastidio de viejo:

«Con que se dé razón semanal a este tribunal de lo que se vaya hallando.»

Al bajar la escalera, Padre Mateo se paró.

—Don Cosme.

—Diga.

—Una última cosa y no le entretengo más.

—No me entretiene.

—Si encuentra vuestra merced una plancha con las once figuras, ¿qué hace?

Valdivielso lo pensó, y lo pensó de verdad, que era lo que hacía siempre.

—La dejo donde está.

—¿No me la trae?

—No, padre. La dejo donde está, cierro el arcón y subo a buscarle a usted, sea la hora que sea. Y bajamos los dos y la saca usted delante de mí.

—¿Por qué?

—Porque si la subo yo solo por esa escalera, ya no es una plancha que estaba en un arcón. Es una plancha que ha estado en mis manos.

Padre Mateo lo miró desde tres escalones más abajo.

—Es lo más sensato que se ha dicho en esta casa desde septiembre.

—Es que yo de esto sé, padre. De lo demás, no.

Y aquí conviene detenerse, porque es la decisión más importante que Padre Mateo tomó en Toledo y la tomó en cuatro minutos, de pie, en un sótano frío, con los dedos verdes de cardenillo.

Podía haber dicho que no.

Podía haber pedido dos escribientes al corregidor, o dos legos del convento de San Pedro Mártir, o haberse encerrado él mismo tres semanas en aquel sótano con un farol y las rodillas destrozadas.

No lo hizo, y las razones que se dio fueron todas ciertas.

Que el corregidor ya no tenía causa y no podía meter a sus hombres en la casa del tribunal.

Que él no podía estar allí abajo tres semanas sin dejar de hacer todo lo demás.

Que el único hombre de Toledo con licencia para abrir aquellos arcones era el que se estaba ofreciendo a abrirlos.

Y que aquel hombre llevaba seis semanas dándole cuanto le había pedido, sin cobrarse nada, sin pedir nada y sin equivocarse más que una vez en trescientos cuarenta y un asientos.

Había una razón más y esa no se la dijo.

Era que estaba cansado.

Padre Mateo salió de allí con la sensación de haber cerrado la mitad del caso.

Toledo, en la segunda semana de noviembre, había entrado en una calma que no era calma.

Hacía trece días que no aparecía nada.

Los franceses estaban repartidos por la sierra. El abate Duval seguía en la casa de la cuesta de Santa Leocadia sin poder cerrar la mano.

La Cabrera llevaba tres semanas en un sitio del que no se daba noticia.

Y el capellán Cazorla estaba en la cárcel decente, esperando que Madrid contestara a un pliego que Madrid no iba a contestar hasta marzo.

La gente había vuelto a abrir las tiendas hasta las seis.

En los umbrales, la raya de sal seguía puesta, pero ya no la renovaba todo el mundo, y en las casas donde se había borrado nadie la volvía a echar.

Es lo que hacen las ciudades. Aguantan seis semanas y luego se cansan, y el cansancio parece valor.

La carta de Soria llegó el martes trece por la tarde, con el correo ordinario, y venía escrita con la letra grande y despaciosa del padre prior.

«Mateo:

Fray Julián lleva once días en la enfermería. El médico de Almazán lo llama fluxión de pecho. Yo lo llamo lo que es.

Le ha bajado la fiebre dos veces y las dos ha vuelto a subir. Come poco y no se queja, que en él es la peor señal que hay.

Pregunta por vos todos los días y me defiende a mí de mí mismo cuando digo que no escribís.

No os llamo. Tenéis cincuenta y un años y sabéis lo que hay que hacer sin que os lo diga un viejo que gobierna frailes.

Digo solamente que de ahí a aquí son seis días de camino, y que un mal de pecho a los cincuenta y ocho años no espera seis días dos veces.

Escribidle a él. A mí no me hace falta.»

Padre Mateo la leyó tres veces de pie, junto a la ventana, con la misma luz blanca con la que llevaba una semana mirando papeles al trasluz.

Después se sentó en la cama.

Leoz esperó en la puerta sin entrar.

—¿Malas?

—De Soria.

—¿El prior?

—Fray Julián.

Leoz entró y cerró.

—¿Nos vamos?

Aquel plural le dolió más que la carta.

—No.

—Padre.

—No, Leoz.

—Son seis días. Doce entre ir y volver. Aquí no va a pasar nada en doce días, que llevamos cinco semanas sin que pase nada.

—Han pasado tres muertos en cinco semanas.

—Ya me entiende.

—Le entiendo perfectamente y tiene vuestra merced razón en todo menos en una cosa.

—¿Cuál?

—Que si me voy doce días, esto se cierra.

—No se cierra. Se para.

—Se cierra. En cuanto yo salga por la puerta de Bisagra, el corregidor tendrá su legajo, el provisor tendrá el suyo y el tribunal tendrá el tercero.

—¿Y?

—Y no habrá en esta ciudad nadie con licencia para leer los tres.

—Usted tiene licencia.

—Yo no tengo autoridad ninguna, Leoz. Lo único que tengo es que estoy aquí, y que los cuatro me aguantan porque me llamó el cardenal.

—Eso es poco.

—Es lo único que ha impedido en seis semanas que esto se acabe.

Leoz se quedó de pie.

—¿Y si se muere?

Padre Mateo se pasó la mano por la cara.

—Entonces se habrá muerto sin mí, como se muere casi todo el mundo.

Estuvo dos horas escribiendo aquella carta y le salieron seis líneas.

«Julián:

Coma. Y espere. En ese orden.

Le debo a vuestra reverencia dos conversaciones. Una sobre un cepillo de ánimas.

Y otra sobre por qué no le hice caso en septiembre, cuando me dijo que traía yo de las Indias la costumbre de ver ejércitos donde hay un hombre con miedo. Tenía usted razón y me ha costado un francés.

Volveré en cuanto pueda y no sé cuándo es eso.

A vuestra reverencia no le miento, que es el único.

Mateo.»

La cerró, la lacró y la dejó encima de la mesa para el correo de la mañana.

Luego bajó a la cocina, le pidió a Ceferina Robles papel de estraza y le mandó a fray Julián, con la carta, media libra del chocolate que había traído Leoz de México en el paquete atado con hilo.

—Eso no llega en condiciones —dijo ella.

—Ya lo sé.

—Se apelmaza y llega hecho una piedra.

—Que llegue hecho una piedra.

Después apagó la vela y se quedó sentado a oscuras, que era una cosa que no hacía nunca.

Abajo, en la casa del tribunal, don Cosme Valdivielso llevaba desde las ocho en el sótano.

Había bajado un farol, una banqueta, un paño y un cuaderno nuevo, y estaba sacando planchas del primer arcón, una por una, poniéndolas a la luz y anotando lo que veía.

Trabajó hasta las dos de la mañana.

Fue el primero de los diez días.