El grabado al revés #2
—Si no se arregla, se tira. Y si es una plancha buena y cara y el error está en un sitio que no importa, se deja y se estampa así cincuenta años.
Padre Mateo sacó del hábito la copia de Prudencio y la puso sobre la mesa de piedra, del derecho.
—Míreme esto.
Pineda se inclinó.
Tardó menos de diez segundos.
—Esto es una plancha.
—Explíquemelo.
—Padre, esto no lo ha escrito nadie. Esto lo ha copiado alguien de un cobre, y de un cobre con una de abajo.
—¿Cómo lo sabe?
—Por el trazo. Fíjese en el aro.
—Lo miro.
—Cuando un hombre dibuja un círculo, lo hace de un golpe y le queda el cierre. Esto no tiene cierre.
—¿Y qué tiene?
—Dos arcos que se juntan. Eso pasa cuando uno va siguiendo una línea que ya está, no cuando la inventa.
—¿Y los signos?
—Los signos son de libro.
—¿De qué libro?
—De cualquiera.
—Explíquemelo.
—En un taller como este hay tres o cuatro planchas de figuras. Alfabetos raros. Signos de los planetas. Las armas de las órdenes.
—¿Y para qué sirven?
—Para las portadas y para los remates. Cuando hay que poner una cosa que parezca antigua, se echa mano de eso.
—¿Y la parrilla?
Pineda se rió, y en cuanto se rió se puso serio.
—La parrilla es san Lorenzo, padre. Eso está en el mismo cajón que lo otro.
—¿En el mismo cajón?
—En el mismo cajón. Un cajón de figuras es un cajón de figuras. No están ordenadas por si son de Dios o del diablo. Están ordenadas por el tamaño.
Padre Mateo se apoyó en la mesa de piedra con las dos manos.
Estuvo un momento sin decir nada.
—Señor Pineda, ¿cuántas casas hay en Toledo con planchas de cobre?
—¿Con planchas de verdad, con tórculo y con quien sepa usarlo?
—Con planchas. Aunque no las usen.
Pineda lo pensó de verdad, contando con los dedos manchados.
—Esta.
—¿Y?
—Y el tribunal.
—¿El Santo Oficio tiene planchas?
—Tiene las recogidas. Cuando visitan librerías y hallan cosa prohibida, no se llevan solo los libros. Se llevan el cobre, porque un libro se copia y una plancha hace mil.
—¿Y qué hacen con ellas?
—Guardarlas. Antes se fundían algunas. Ahora ya ni eso, que el cobre lo paga uno y fundir cuesta.
—¿Cuántas tendrán?
—Ni idea. Yo he oído decir que un armario entero.
—¿Y alguien más? ¿Un particular? ¿Un platero?
—Un platero graba en plata y no en cobre, y graba escudos. Puede haber en alguna casa una plancha vieja de un mayorazgo. Pero once figuras y una frase entera en el mismo cobre, eso no está en la casa de un particular.
—Entonces son dos sitios.
—Son dos sitios, padre. El mío y aquel.
Padre Mateo recogió la copia y la dobló.
—Señor Pineda, tengo que pedirle una cosa desagradable.
—Ya me la figuro.
—Quiero ver todas las planchas de esta casa.
—Ya me la figuraba. ¿Cuándo?
—Ahora.
—Pues vamos.
Eran ciento seis.
Ciento seis planchas de cobre, guardadas de canto en un bastidor de madera con separadores de fieltro, cada una con su número escrito en el borde con tinta blanca.
Estuvieron cuatro horas y media, con Leoz apuntando, sacándolas del bastidor una por una, poniéndolas a la luz de la ventana y volviéndolas a meter en su separador.
Vírgenes, santos, escudos del arzobispado, dos vistas de la catedral, un mapa del arciprestazgo, orlas y cenefas.
Una tabla de sangrías con un cuerpo de hombre señalado con letras.
Y tres planchas de figuras: una de alfabetos —griego, hebreo, samaritano y lo que allí llamaban caldeo—, una de signos de los planetas y los metales, y una de emblemas.
El trabajo tenía un ritmo y el ritmo era este: Pineda sacaba, Padre Mateo la ponía contra el vidrio de la ventana, la miraba diez o quince segundos, decía «no», y Leoz escribía el número y dos palabras de qué era.
A la sesenta, a Padre Mateo le lloraban los ojos.
A la noventa, había dejado de decir «no» y decía solamente que no con la cabeza.
A las tres y media de la tarde llegaron a la última, la volvieron a meter en su separador y Pineda cerró el bastidor con una llavecita que llevaba en el chaleco.
En ciento seis planchas no había ni una sola con once figuras juntas.
Y sin embargo, dos de ellas le pusieron a Padre Mateo el corazón en la garganta.
En la de alfabetos, las letras hebreas eran de tres tamaños y de tres cortes distintos.
Padre Mateo estuvo mirando aquella plancha ocho minutos.
—Señor Pineda.
—Ya lo he visto.
—Dígalo vuestra merced.
—Que las tres letras de su papel podrían salir de aquí.
—¿Podrían?
—Podrían, y de otras veinte iguales que habrá en España. Estas planchas de alfabetos se copian unas de otras desde hace doscientos años. La mía la compró el cardenal en Madrid.
—¿Y la parrilla?
—La parrilla no está en ninguna de las tres. Está en un san Lorenzo entero, con el santo, y el que copió su papel copió la parrilla sola.
—Entonces no fue de aquí.
—De aquí no ha salido eso, padre, y no se lo digo por defender la casa. Se lo digo porque en mi cajón de figuras no hay ninguna plancha que tenga esas once cosas juntas.
—¿Y podría alguien haberlas juntado?
—Podría un hombre con once planchas delante, un papel y tiempo.
Padre Mateo se paró en la puerta.
—Dígame una última cosa. Si yo tuviera un cajón con doscientas planchas viejas recogidas de aquí y de allá, ¿podría encontrar en él las once?
Ambrosio Pineda se quedó pensando.
—Con doscientas, sí. Con doscientas encuentra usted lo que quiera.
Subió a la casa del tribunal el lunes doce por la mañana.
Lo recibió don Cosme Valdivielso en la antesala, y esta vez no tuvo que esperar cuarenta minutos.
—Padre. Le hacía en el molino.
—Del molino vengo, en cierto modo.
—¿Qué necesita?
Padre Mateo se lo contó.
Se lo contó entero y despacio.
Había decidido en la escalera que no tenía otra manera de conseguir aquello.
Y porque además —y esto lo pensó dos veces antes de decidirlo— aquel hombre era el único de la ciudad que le había dado siempre lo que le pedía.
Le contó lo del contraluz.
Le contó lo de la D volteada.
Le contó lo que había dicho Pineda del tórculo, de los grabadores que se equivocan a las tres horas y del cajón donde las parrillas de los santos están al lado de los signos de los planetas, ordenadas por tamaño.
Y le dijo que en Toledo había dos sitios con planchas y que ya había visto uno.
Don Cosme Valdivielso lo escuchó de pie, sin moverse, con el sombrero en la mano.
Cuando Padre Mateo terminó, tardó un momento en hablar.
—Padre.
—Diga.
—Eso es lo mejor que le he oído a nadie en treinta y dos años en esta casa.
—Es una deducción y no es una prueba.
—Es más que una deducción. Es un sitio. Llevamos desde septiembre sin un sitio.
Se puso el sombrero, se lo quitó otra vez y se pasó la mano por la nuca.
—Voy a serle sincero. Yo estas seis semanas he pensado tres cosas y las tres estaban mal.
—Dígalas.
—Primero pensé que era un loco.
—¿Y luego?
—Luego pensé que era un francés, con perdón.
—¿Y la tercera?
—La semana pasada, con lo del molino, pensé que era una cuadrilla. Porque un hombre solo no anda a legua y media de noche.
—¿Y ahora?
—Ahora pienso que es un hombre que sabe dónde está el cobre.
—Yo también.
—¿Y cuántas planchas hay en esta casa?
—No lo sé exactamente. Doscientas y pico.
—Necesito verlas.
Y aquí es donde don Cosme Valdivielso hizo lo que llevaba haciendo desde el veintinueve de septiembre.
—Yo se las saco.
—Se lo agradezco.
—No, padre, escúcheme, que le voy a proponer algo mejor y le va a costar aceptarlo.
—Propóngalo.
—Esas planchas están en el sótano, en cuatro arcones, sin índice.
—¿Sin índice?
—Sin índice. Es lo único de esta casa que no he ordenado yo, y le voy a decir por qué: porque no son papel. Yo soy notario del secreto. De las planchas nunca se ha hecho cargo nadie.
—¿Y desde cuándo están ahí?
—Desde siempre. Las de la visita de librerías del año veintitrés vinieron en un carro, según está escrito, y desde entonces nadie ha vuelto a abrir aquello más que para meter más.
—Con más razón quiero verlas.
—Y las va a ver. Pero son doscientas y pico, están sin numerar y hay que sacarlas de cuatro arcones que pesan lo que pesan.
—¿Cuánto tardaríamos?
—Usted y yo, tres semanas. Porque usted tiene que estar delante, y usted tiene otras cosas, y yo despacho hasta las siete.
—¿Y qué propone?
—Que las coteje yo.
Padre Mateo no dijo nada.
—Yo solo —siguió Valdivielso—. Por las noches.
—¿Cómo?
—Saco una por una, la pongo a la luz y la comparo con su dibujo.
—¿Y después?
—Y después hago un índice, que es lo mío y es lo único que sé hacer bien. A usted le entrego la lista y las que se parezcan.
—Es mucho trabajo.
—Es trabajo de noche, padre, y a mí las noches me sobran desde hace veinte años. Y le voy a decir otra cosa, ya que estamos.
—Dígala.
—Si esas planchas hubieran estado ordenadas, esto lo tendríamos resuelto. Yo llevo treinta y dos años en esta casa y hay un armario que no he abierto. Eso es culpa mía y no es de nadie más.
Padre Mateo lo miró un momento largo.
Después miró la puerta cerrada del archivo, y después el suelo.
—¿Cuánto tardará?
—Diez días. Doce, si las de abajo están pegadas por el cardenillo, que lo estarán.
—Antes de decirle que sí, quiero verlos.
—¿Los arcones?
—Los arcones.
Valdivielso lo pensó un segundo.
—Baje.
El sótano de la casa del tribunal es una bóveda larga con dos respiraderos a la altura de la calle, y allí abajo huele a lo que huelen todos los sótanos de Toledo, que es a piedra mojada y a tiempo.
Había leña. Había un banco roto. Había cuatro arcones de madera con herrajes, arrimados a la pared del fondo, con una capa de polvo de dedo y medio encima de las tapas.
Valdivielso levantó la tapa del primero.
Dentro, apiladas de canto y sin ningún orden, había planchas de cobre.
Estaban verdes.
No verdes de suciedad: verdes de cardenillo, con una flor de polvo azulado en los bordes y en los huecos del grabado, y algunas pegadas unas a otras por el óxido.
Padre Mateo sacó la de arriba con las dos manos.
Era un escudo con una tiara y unas llaves. Le costó reconocerlo porque estaba al revés.
—¿Cuántas hay?
—En este, sesenta o setenta. En los otros tres, no lo sé.
—¿Y esto lleva así desde el año veintitrés?
—Lo de abajo, sí. Lo de arriba lo metí yo en el setenta y nueve.