La noche toledana (Los casos del Padre Mateo 2) El grabado al revés
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El grabado al revés

El ocho de noviembre, Padre Mateo miró un papel por detrás.

Llevaba dos días sin salir de la posada.

Después de lo del plano no había vuelto a hablar con nadie de las cuatro justicias.

En parte porque no le hacía falta y en parte porque no se fiaba de sí mismo.

Cuando un hombre acaba de entender una cosa grande, lo primero que le apetece es contársela a alguien.

Y en aquella ciudad, contarle una cosa a alguien equivalía a contársela a cuatro oficinas.

De modo que se quedó arriba, con la copia de Prudencio, el cuaderno y la ventana.

Ceferina Robles le subió la comida los dos días y las dos veces se la bajó casi entera.

Al segundo día se plantó en el vano de la puerta con el plato en la mano.

—Padre.

—No empiece.

—Si no empiezo. Solo le digo una cosa y me voy.

—Dígala.

—Que un hombre que no come no piensa mejor. Piensa más deprisa, que no es lo mismo.

—¿Y eso quién se lo ha dicho a vuestra merced?

—Veintiséis años de posada. Aquí duermen arrieros, y un arriero que no come se cae del macho a las dos leguas convencido de que va estupendamente.

—¿Otra vez? —dijo Leoz.

—Otra vez.

—Padre, esa hoja la ha mirado usted setenta veces.

—Setenta y dos. Y siempre por delante.

Lo que tenía delante era la copia que un pasante del Ayuntamiento había hecho el veintinueve de septiembre en el sótano de San Ginés, firmada al pie por el corregidor y el provisor, con la hora escrita.

Once signos y una frase.

Estrellas de seis puntas. Un aspa dentro de un aro. Tres letras hebreas. Dos garabatos. Y una parrilla de asar con sus patas y su mango.

Y debajo, en letras de un palmo:

SVDEOF IBI LAS IBV

Con una letra volteada, boca abajo, el vientre para arriba.

Padre Mateo se levantó, fue a la ventana y puso la hoja contra el vidrio.

Eran las once de la mañana y entraba esa claridad blanca y pareja de noviembre que él llevaba usando desde octubre para mirar filigranas.

Puso la hoja del revés, con el dibujo hacia el cristal, y miró desde detrás.

Y todo se enderezó.

Las estrellas siguieron siendo estrellas, porque una estrella es igual por los dos lados.

El aspa siguió siendo un aspa.

Y la parrilla, que hasta entonces tenía el mango a la izquierda, lo tuvo a la derecha.

Que es donde lo tienen las parrillas de las estampas de san Lorenzo.

Y la frase se leyó sola.

VBI SAL IBI FOEDVS

Padre Mateo se quedó con el brazo en alto hasta que le dolió.

Hay hallazgos que llegan como una idea y hay otros que llegan como un ruido físico.

Este llegó por el hombro.

Llevaba cuarenta días mirando aquel papel por la cara por la que se mira todo, que es la de delante, y en cuarenta días no se le había ocurrido darle la vuelta, porque a nadie se le ocurre darle la vuelta a un dibujo.

A un papel escrito, sí. A un papel con filigrana, también: eso lo hacía desde los treinta años.

A un dibujo, no.

—¿Qué pasa? —dijo Leoz.

—Venga vuestra merced aquí.

—¿Qué miro?

—Lea.

Leoz leyó.

—Ubi sal, ibi foedus. Ya lo sabíamos, padre. Está al revés y por eso se lee al revés. Eso lo dijo el corregidor el primer día.

—Sí.

—¿Y entonces?

—Mire la última palabra. Despacio.

Leoz la miró.

—FOEDVS.

—¿Está bien?

—Está bien.

—Míreme la D.

Hubo un silencio de tres o cuatro segundos.

—Está boca abajo.

—Está boca abajo.

—Pero…

—Diga.

—Padre, si el papel está al revés y yo lo pongo del derecho, todo se endereza. Todo.

—Todo menos eso.

—Es que eso no puede ser.

—Ese es exactamente el ruido que llevo oyendo dos días dentro de la cabeza y por eso no he bajado a cenar.

Bajó el brazo y volvió a la mesa.

—Escúcheme y no me deje pasar ni una.

—Le escucho.

—Un espejo cambia la derecha por la izquierda. Eso hace y no hace más. Si yo escribo una palabra y la miro en un espejo, la veo del revés, pero cada letra sigue de pie.

—Sí.

—Y si yo copio de un espejo, me sale la palabra derecha con todas las letras de pie.

—Sí.

—Entonces esa D boca abajo no la ha puesto ningún espejo. Ni al ponerla, ni al quitarla, ni en ningún sitio del camino. Esa D estaba boca abajo antes de que empezara nada.

Leoz se sentó.

—Estaba en lo que copió.

—Estaba en lo que copió.

Se pasaron la tarde probándolo, porque a Padre Mateo, desde México, no le bastaba con que una cosa fuera razonable.

—Coja vuestra merced una pluma.

—La tengo.

—Escriba en ese papel, del revés, la palabra FOEDVS. Como si la fuera a leer alguien en un espejo.

Leoz lo intentó.

Tardó dos minutos largos, se paró tres veces, borró la E y le salieron las letras de tamaños distintos y torcidas hacia abajo, como se le tuercen a un hombre que va contra su propia mano.

—Ya está.

—Es horrible.

—Ya lo sé.

—Y ahora hágalo cuarenta y una veces, que es lo que hay entre los once signos y las diecinueve letras, en un sótano, de noche, con un farol y con un muerto al lado.

—No podría.

—Yo tampoco. Y sin embargo eso —señaló la copia— está hecho con pulso, sin una corrección y sin una letra más pequeña que otra.

—Entonces no lo escribió. Lo copió.

—Lo copió. De algo que ya estaba al revés.

—¿De un espejo?

—Del espejo no, porque tendría que haber cargado con un espejo de dos palmos hasta la boca de las Cuevas de Hércules, y porque en el espejo la D estaría de pie.

—¿Entonces de qué?

Padre Mateo se levantó y anduvo hasta la ventana.

—De algo que en este mundo está al revés por oficio.

—¿Y qué está al revés por oficio?

—Tres cosas. Un sello, un molde de tipos y una plancha de grabar.

Leoz dejó la pluma.

—Padre.

—Diga.

—Un sello es pequeño.

—Un sello es pequeño y no lleva once figuras.

—Y un molde de tipos no lleva parrillas.

—No lleva parrillas ni estrellas de seis puntas ni letras hebreas de tres fundiciones distintas.

Se quedaron los dos callados.

—Queda una —dijo Leoz.

—Queda una.

Faltaba comprobar una cosa, y para comprobarla Padre Mateo tuvo que agradecerle algo al asesino.

De las tres inscripciones solo tenía copia de una: la de San Ginés, hecha por Prudencio y firmada.

La del Nuncio Nuevo estaba en un legajo del provisorato.

La del molino estaba en un legajo de la Hermandad que a aquellas alturas ya estaba en el tribunal.

Pero el primero de noviembre, en el tendedero, Padre Mateo había estado dos horas y cuarto solo, sentado en una piedra, esperando a que llegara Ribalta.

Y antes de sentarse en la piedra había subido los dieciocho escalones con el cuaderno y había copiado aquello, letra por letra, apoyado en la pared, con la mano izquierda todavía vendada.

Sacó el cuaderno y puso las dos hojas juntas encima de la mesa.

—Leoz.

—Diga.

—Cuente las palabras de una y de otra.

—Iguales.

—Mida el alto de las letras con el compás.

Leoz lo hizo dos veces.

—Casi iguales. Un pelo más grandes las del molino.

—Y ahora míreme la de.

Leoz se inclinó sobre las dos hojas.

Tardó bastante en decir nada.

—Boca abajo.

—¿En cuál?

—En las dos. En la misma palabra y en la misma letra.

—Y en el Nuncio también, y eso no lo tengo escrito pero lo tengo visto, porque el seis de octubre estuve con la copia de Prudencio en el aire comparándolas.

—Tres de tres.

—Tres de tres, con cinco semanas y legua y media de por medio.

Leoz se apartó de la mesa.

—Padre, eso no lo hace un hombre que se acuerda.

—No.

—Eso lo hace un hombre que copia.

—De lo mismo. Cada vez.

Padre Mateo cogió el cuaderno y escribió una línea, y al escribirla se dio cuenta de que llevaba cinco semanas teniéndola delante.

Un hereje sabe teología. Este hombre solo sabe imprimirla.

La imprenta del arzobispado le abrió a las ocho de la mañana del nueve.

El regente se llamaba Ambrosio Pineda, tenía cincuenta y cuatro años, las manos manchadas de por vida y la costumbre de contestar antes de que terminaran de preguntarle.

—¿Otra vez el papelero?

—Otra vez no. Ahora vengo a lo contrario.

—¿Qué es lo contrario del papel?

—El cobre.

Pineda lo miró de otra manera.

—Pase.

Lo llevó a la sala del fondo, la de las cajas, y de allí a un cuartito con una mesa de piedra.

En el cuartito había un aparato que Padre Mateo no había visto nunca.

Dos cilindros de madera, uno encima de otro, con una plataforma que corría entre ellos y una cruceta de brazos largos para hacerlos girar.

—¿Y esto?

—El tórculo. Para estampar de cobre. Lo de fuera, las prensas, es para letra. Esto es otro oficio y otro gremio y casi otra religión.

—Explíquemelo como a un ignorante, que es lo que soy.

—Con gusto, padre, que además nunca me lo pide nadie.

Pineda fue al bastidor de la pared y sacó una plancha.

Era una lámina de cobre de un palmo por dos tercios, rojiza, con la superficie llena de rayas finísimas.

—Esto es una plancha. Esta es de un san Ildefonso que hacemos para las novenas.

Padre Mateo la cogió con las dos manos y la puso a la luz.

Vio un santo con las manos juntas, mirando hacia la derecha, y debajo unas letras.

Las letras estaban al revés.

—¿Por qué?

—Porque la estampa sale al contrario de la plancha. Se entinta el cobre, se limpia por encima, se pone el papel húmedo encima, se pasa por el tórculo y lo que estaba a la derecha sale a la izquierda.

—¿Siempre?

—Siempre. Es lo primero que aprende un grabador y lo que más equivocaciones cuesta.

—¿Y entonces el grabador tiene que dibujar del revés?

—Todo. Y sobre todo las letras. Un grabador se pasa la vida escribiendo al contrario. Al final lo hace mejor que al derecho, y hay algunos que ya no saben firmar.

Padre Mateo le devolvió la plancha.

—Señor Pineda, ¿se equivocan?

—Todos los días.

—¿Cómo se equivocan?

—De cuatro maneras.

—Dígalas.

—Se les olvida invertir una palabra entera y sale al revés en la estampa. Se les va una letra parecida, la be por la de. Se les cae una tilde.

—¿Y la cuarta?

—La cuarta es de cansancio. Cuando llevan tres horas, ponen una letra boca abajo.

Padre Mateo no movió un músculo.

—¿Boca abajo?

—Boca abajo. La ene, la ene por la u, la de. Y no lo ven, porque llevan tanto rato mirando el cobre al revés que ya no distinguen.

—¿Y qué se hace?

—Se raspa con el bruñidor, se rebate el cobre por detrás y se vuelve a abrir. Y queda una sombra que se ve al trasluz de la estampa. Por eso hay planchas viejas que tienen la cara como un campo arado.

—¿Y si no se arregla?

Pineda se encogió de hombros.