La noche toledana (Los casos del Padre Mateo 2) El muerto de despoblado #3
68%

El muerto de despoblado #3

—No. Esto lo hacen porque son honrados y porque cada uno cumple con lo suyo. Eso es lo que me tiene sin dormir desde el jueves.

—¿El qué?

—Que para que esto salga así no hace falta que nadie sea malo. Basta con que todos hagan bien su oficio.

El martes seis de noviembre subió a la casa del Ayuntamiento y le pidió al corregidor una cosa que no era un papel.

—Un plano.

—¿De qué?

—De la ciudad y su término.

—¿Para qué?

—Para mirarlo.

Bracamonte lo llevó a la sala del fondo.

En la pared había un plano grande, dibujado a mano sobre cuatro pliegos pegados, con la muralla, las veinte parroquias, las puertas, el río, los puentes y, más allá, con trazo más flojo, los caminos y la vega hasta media legua larga.

—Lo mandé hacer en octubre —dijo Bracamonte—. Para repartir las rondas.

—¿Vuestra merced?

—Yo. Con lo que me sobró de la fiesta del Corpus, que ya ve para lo que sirve un presupuesto.

Padre Mateo se quedó delante de él.

—¿Tiene alfileres?

—Tengo chinchetas de las de los bandos.

—Deme tres.

Se las dio.

Padre Mateo puso la primera en el callejón de San Ginés, a cien pasos de la catedral.

Puso la segunda en el Nuncio Nuevo, en el extremo de poniente, pegado a la muralla.

Y puso la tercera fuera del plano dibujado, en el margen del papel, con el dedo señalando el sitio, porque el molino de Colodro caía a legua y media y allí el plano ya no llegaba.

Después se apartó dos pasos.

Los tres alfileres formaban una línea que no significaba nada. No estaban a la misma distancia, ni en la misma dirección, ni cerca unos de otros.

Estuvo mirándolos cuatro o cinco minutos.

—Padre —dijo Leoz.

—Espere.

—Es que no hay figura.

—Ya lo sé. Eso es lo que estoy mirando.

Bracamonte se apoyó en la mesa.

—¿Qué busca vuestra paternidad?

—Buscaba una figura. Un triángulo, una cruz, algo. Llevo desde el jueves esperando encontrarla y no está.

—¿Y entonces?

—Y entonces sobra el plano.

Padre Mateo se acercó otra vez a la pared y puso el dedo en el primer alfiler.

—San Ginés. Dentro de la ciudad. Un lego. Señor corregidor, ¿de quién era?

—Mío.

—Nuncio Nuevo. Dentro de la ciudad. Un canónigo, en obra del cabildo. ¿De quién era?

—Del provisorato. Me lo quitaron el seis de octubre en el patio.

—Molino de Colodro. Legua y media. Despoblado. ¿De quién es?

—De la Hermandad.

Padre Mateo se quedó con el dedo en el papel.

—Tres —dijo.

—Tres qué.

—Tres muertos.

—Sí.

—Tres jurisdicciones.

Se hizo un silencio en la sala.

—Señor corregidor, y ahora los otros. Los círculos de septiembre, los que no tenían muerto. El ocho.

—Un corralón de la calle de la Sal. Mío.

—El quince.

—El atrio de la ermita de San Eugenio. Del provisorato.

—El veintidós.

—La vega, en despoblado. De la Hermandad.

Bracamonte se enderezó muy despacio.

—Espere.

—Uno, dos, tres. Y otra vez uno, dos, tres.

—Eso es casualidad.

—Seis veces seguidas no es casualidad, señor corregidor. Seis veces seguidas es un hombre pasando lista.

Leoz se había puesto en pie sin darse cuenta.

—Padre, ¿me está diciendo que los sitios los eligió por eso?

—Le estoy diciendo que no los eligió por lo que son. Los eligió por de quién son.

—Pero un molino a legua y media…

—Ese hombre podía haber matado a Colodro dentro de Toledo. Colodro venía a cobrar a la ciudad una vez al mes, andaba solo y llevaba dinero encima. Era mucho más fácil, mucho más rápido y mucho menos trabajo.

—Sí.

—Y sin embargo esperó a que estuviera en su molino, en fiesta, a legua y media, y subió dieciocho escalones seis o siete veces cargando sal y velas.

—¿Por qué?

Padre Mateo se apartó del plano.

—Porque en la ciudad lo hubiera instruido el corregidor. Y en su molino lo instruye la Hermandad.

Bracamonte se sentó.

Se sentó de golpe, en la primera silla, sin buscarla.

—Padre.

—Diga.

—Está usted diciendo que a mi canónigo lo mataron en un manicomio a medio hacer para que no lo llevara yo.

Padre Mateo tardó un momento en contestar.

—No los mató donde estaban —dijo—. Los mató donde no podemos juzgarlos.

Nadie dijo nada.

El escribano del corregidor, que llevaba media hora en el rincón sin que nadie se acordara de él, había dejado de escribir hacía tres frases y no se atrevía a preguntar si aquello se apuntaba.

—Eso es una barbaridad.

—Es una barbaridad y es lo único que explica los tres a la vez. Todo lo demás explica uno o explica dos.

Anduvo hasta la ventana y volvió.

—Señores, llevamos cinco semanas creyendo que hay alguien que quiere que esta ciudad mire al demonio. Y hay algo de eso. Pero el aparato no es lo importante.

—¿Y qué es lo importante?

—El sitio. Siempre ha sido el sitio. La sal, las velas y las letras son para que la causa se llame de una manera. Y el sitio es para que la instruya uno y no otro.

—¿Y con eso qué consigue?

—Lo que ha conseguido. Que el jueves pasado hubiera tres muertos idénticos y que hoy estén en tres armarios.

Bracamonte levantó la cabeza.

—Padre, para hacer eso hay que saberse esta ciudad.

—Hay que sabérsela muy bien.

—No. Escúcheme. Hay que saber que un lego dentro de la muralla es mío. Que un canónigo en obra del cabildo es del provisor. Que a legua y media manda la Hermandad. Y que si a las tres cosas se les pone encima un círculo de sal, se las lleva el tribunal.

—Sí.

—Eso no lo sabe un vecino de Toledo.

—No.

—Eso no lo sabe ni un abogado de los de aquí. Yo llevo cuatro años de corregidor y he tenido que preguntarlo dos veces este otoño.

Padre Mateo se apartó del plano.

—Ya lo he pensado, señor corregidor. Y he llegado a una conclusión que no me sirve para nada.

—Dígala.

—Que el que ha hecho esto conoce los fueros de esta ciudad como un sacristán conoce sus campanas. No de haberlo leído. De haberlo visto pasar.

—¿Y eso a cuánta gente reduce?

—A mucha menos de la que había el jueves. Y a mucha más de la que yo puedo mirar.

—Deme un número.

—No se lo voy a dar, porque en cuanto le dé un número vuestra merced prenderá a alguien y volveremos a empezar. Ya lo he hecho yo una vez este mes.

Bracamonte encajó aquello sin decir nada, que fue lo mejor que hizo en todo el otoño.

—¿Y qué quiere que haga?

—Que cuente. Ya no le pido más.

—¿Que cuente qué?

—Todo. Cuántas rondas, a qué hora, quién las manda, quién sabe dónde están. Y que no se lo diga a nadie.

Leoz habló entonces, y habló muy bajo.

—Entonces no es una secta.

—No.

—¿Y qué es?

Padre Mateo miró el plano de la ciudad, con sus veinte parroquias dibujadas a tinta y sus tres chinchetas.

—Un hombre con un plano.

—¿Y para qué quiere que la causa vaya al tribunal?

—Eso todavía no lo sé.

—Padre, es lo único que importa.

—Es lo único que importa y es lo único que no tengo. Llevo cinco semanas sabiendo cómo y hoy he empezado a saber dónde. Del porqué no sé una palabra.

Fuera empezaron a tocar.

Era martes seis de noviembre y no venía a cuento.

Pero en Toledo, durante toda la octava de los Difuntos, las parroquias tocan a ánimas al caer la tarde.

Cada una a su hora y ninguna a compás, hasta que no queda un sitio de la ciudad donde no se oigan por lo menos tres.

Padre Mateo se quedó de pie delante de la pared, escuchándolas.

Bracamonte no se levantó de la silla. Leoz recogió las tres chinchetas del plano, una por una, y las volvió a clavar en el mismo sitio, porque no se le ocurrió otra cosa que hacer con las manos.

Veinte campanarios.

Cuatro justicias.

Y ni una sola mesa en toda Castilla donde poner las tres cosas juntas.