La noche toledana (Los casos del Padre Mateo 2) El muerto de despoblado #2
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El muerto de despoblado #2

—¿Y qué hacemos con eso?

—Ahora, nada. Se apunta y se sigue. Si nos paramos hoy a repartírnoslo, mañana hay cuatro.

Leoz montó y se fue.

Padre Mateo se sentó en la piedra del caz, con el río delante, y estuvo dos horas y cuarto sin moverse.

En esas dos horas y cuarto pasaron por el camino cuatro personas y ninguna preguntó nada.

Hacia las once llegó la primera que sí.

Era una mujer de unos veintidós años, morena, con un pañuelo a la cabeza y una cesta.

—Buenos días.

—Buenos días. No pase vuestra merced.

—Yo vivo ahí.

Padre Mateo se puso de pie.

—¿Es hija de Matías Colodro?

—Rosa Colodro. ¿Y usted?

Se lo dijo. Se lo dijo entero, de pie, en el camino, sin adornarlo y sin dejar que se lo contara otro por la tarde.

Rosa Colodro no gritó.

Dejó la cesta en el suelo, muy despacio, como si fuera a romperse, y se sentó en la piedra que él acababa de dejar.

—¿Dónde está?

—Arriba.

—¿En el tendedero?

—Sí.

—Ahí es donde duerme la siesta.

Estuvo un rato callada.

—¿Puedo subir?

—Todavía no. Y le voy a decir por qué, y no le va a gustar: porque si sube vuestra merced ahora, dentro de dos meses alguien dirá que lo movió usted.

—Yo no movería nada.

—Ya lo sé. Se lo digo porque quiero que suba cuando pueda subir sin que eso pueda decirlo nadie.

Rosa Colodro se quedó mirando el río.

—Anoche dormí en la Isleta, en casa de mi tía. Por la fiesta.

—¿Y su padre?

—Se quedó. Se queda siempre. Dice que un molino parado hay que mirarlo.

—Señora, le voy a hacer preguntas ahora y sé que no es hora. Es que dentro de dos horas esto va a estar lleno de gente y ya no podré.

—Pregunte.

—¿Su padre tenía un libro de marcas?

Ella levantó la cabeza de golpe.

—El muestrario.

—¿Qué es?

—Un libro gordo, cosido, forrado en badana.

—¿De quién?

—Lo empezó mi bisabuelo.

—¿Y qué había dentro?

—Cada vez que en esta casa se hacía una forma nueva, se guardaba un pliego con la marca y se ponía el año al lado.

—¿Solo de esta casa?

—Cuando llegaba papel de otros molinos, mi padre pedía un pliego y lo pegaba también.

—¿De otros molinos también?

—De todos los que pudo. De Cuenca, de Segovia, del Paular, de Capellades. Decía que en España no hay dos y que él tenía uno.

—¿Y para qué servía?

—Para los pleitos.

—¿Qué pleitos?

—Los de papeles. Venían de la Chancillería y de Madrid, y una vez vino un canónigo de aquí.

—¿Y qué hacía su padre?

—Le ponían un papel delante. Él lo miraba al trasluz, lo buscaba en el libro y decía: este es de tal molino y de tal año.

—¿Y ya está?

—Y decía también, si hacía falta, en qué año había cerrado ese molino.

—¿Y él cobraba?

—Cuatro ducados. Es lo que más ganaba en todo el año y lo hacía tres veces.

—Señora, dígame una cosa. ¿Por qué se puede fechar un papel?

Rosa Colodro se limpió la cara con el dorso de la mano y contestó como quien recita.

—Porque la marca va cosida a la forma con alambre. Y la forma se gasta.

—¿Se gasta?

—Dos o tres años, según lo que se trabaje. Después hay que hacer otra, y al hacer otra nunca sale igual. Un hilo más, un hilo menos, la estrella un poco más arriba.

—¿Y eso se ve?

—A trasluz se ve todo. Mi padre distinguía dos formas del mismo molino con seis años de diferencia. A mí me costó ocho años aprenderlo y todavía fallo.

—¿Vuestra merced sabe?

—Sé. Soy la tendedera desde los quince. Pero sin el libro no sé nada, porque el libro es el que tiene los años.

—¿Y no hay otro?

—Hay uno en Capellades, dicen. Y otro que tenían los de Segovia, que se quemó.

—¿Y de los molinos de aquí?

—De los de aquí y de los de Cuenca, el de mi padre.

Padre Mateo se quedó callado un momento.

—Y desde el año pasado hay ordenanza —añadió ella.

—¿Qué ordenanza?

—La de Comercio, del noventa y uno. Manda que todo fabricante marque sus papeles. Mi padre se rió mucho. Decía que llegaba tarde para lo que hacía falta.

—¿Para qué hacía falta?

—Para lo de antes, decía. Que lo de antes no lo arregla ninguna ordenanza.

Padre Mateo se sentó a su lado en la piedra.

—Señora Colodro, escúcheme bien. Ese libro ya no está.

—¿Se lo han llevado?

—Se lo han llevado.

—¿Y el dinero?

—El dinero está.

Rosa Colodro estuvo un rato mirándose las manos.

—Entonces mi padre no se murió por ladrones.

—No.

—Padre, ese libro solo servía para una cosa. Para decir cuándo se hizo un papel.

—Sí.

—Y a nadie le importa cuándo se hizo un papel.

—Sí le importa.

—¿A quién?

—A quien haya dicho que se hizo en otro año.

Ribalta llegó a la una menos cuarto con seis cuadrilleros y un escribano de su cabildo, y lo primero que hizo fue bajarse del caballo y mirar el camino y no la puerta.

—¿Ha entrado alguien?

—Yo.

—¿Alguien más?

—Nadie. Llevo aquí desde las nueve y media.

—¿Y ha tocado?

—Una forma que estaba encima de la tina. La levanté, la miré y la volví a poner donde estaba. Apúntelo.

Ribalta se lo dijo al escribano con las mismas palabras.

—Suba conmigo, padre.

Subieron.

Ribalta se quedó al final de la escalera y estuvo mirando aquello un buen rato, con la vara colgando de la mano.

—¿Cuántas pisadas ha contado?

—Seis idas y seis vueltas. Puede que siete.

—Yo también.

—¿Ha mirado la suela?

—Lisa. De ciudad. Aquí abajo nadie gasta eso.

—¿Y el peso?

Ribalta se agachó y puso el dedo al borde de una pisada.

—Marca más el talón que la punta en las que van hacia el círculo, y al revés en las que vuelven.

—¿Y eso qué dice?

—Que subía cargado y bajaba de vacío. Padre, eso lo sabe cualquiera que haya cargado leña. En la ciudad se lo habrían pisado veinte alguaciles antes de que usted llegara.

—Lo sé.

—Es lo único bueno del monte. Aquí nadie ayuda.

—Yo he visto muchos muertos en despoblado —dijo—. Los he visto con la cabeza abierta a piedras y los he visto con seis meses encima y comidos.

—Ya.

—Esto no se parece a ninguno.

—No.

—Padre, aquí no ha venido nadie a robar. Ahí abajo hay una mesa con resmas contadas y en aquel cajón hay dinero.

—Lo sé.

—Entonces, ¿a qué ha venido?

Padre Mateo señaló el armario del piso de abajo con la barbilla.

—A por un libro.

Ribalta lo miró un momento largo y no dijo nada, porque era un hombre del monte y sabía cuándo callarse.

El doctor Nieto llegó a las tres y subió al tendedero sin quitarse la capa.

Estuvo veinte minutos arriba y bajó frotándose las manos de frío.

—Anoche. Entre las nueve y la una.

—¿El mismo cordel?

—El mismo surco, el mismo grueso, por detrás.

—¿Se defendió?

—No.

—Doctor, este hombre tenía cincuenta años y unos brazos de partir leña.

—Ya lo he visto. No se defendió.

—Tres de tres.

—Tres de tres.

Padre Mateo se apoyó en la jamba.

—Deme vuestra merced una explicación de eso que no sea que el asesino es Sansón.

Nieto tardó.

—Solo hay una. Que en los tres casos el hombre sabía quién tenía detrás y le pareció normal que estuviera detrás.

—¿Y las manos?

—Lavadas. Otra vez.

—Doctor, aquí hay agua por todas partes. Este hombre metía los brazos en agua fría desde el amanecer.

—Por eso he tardado veinte minutos. Padre, no están mojadas. Están fregadas.

—¿Diferencia?

—La piel de entre los dedos y debajo de las uñas. Un papelero tiene ahí pasta seca y cola. Este no tiene nada. Y le voy a decir más: tiene la carne de las yemas arrugada, como los otros dos.

Padre Mateo se quedó mirando la rueda parada.

—Doctor, dígame en qué trabajaban los tres.

—Encuadernador, canónigo obrero y papelero.

—¿Y qué tienen esos tres oficios en las manos?

Nieto lo pensó.

—Cola. Cal. Pasta de trapo.

—¿Y qué más?

—Tinta.

—Papel —dijo Padre Mateo—. Los tres tenían papel en las manos. Y a los tres se las han fregado.

—Eso no prueba nada.

—No prueba nada y explica todo, que es lo que llevo cinco semanas confundiendo.

Lo que pasó después es fácil de contar y es lo peor del capítulo.

No pasó nada.

El molino de Matías Colodro está en despoblado, a legua y media de la puerta del Cambrón.

En el término de Toledo, pero fuera de sus muros.

La justicia de aquello es de la Santa Hermandad Vieja y no admite discusión, porque es lo único que le queda y es precisamente lo que le queda.

Ribalta levantó su información aquella tarde con su escribano, y la levantó bien.

El corregidor Bracamonte no pudo salir de la ciudad y no lo intentó, porque sabía que era inútil y porque tenía dos cadáveres suyos que ya no eran suyos.

El provisorato no reclamó nada, porque el muerto era lego, el sitio no era sagrado y el doctor Arceo, con dos causas encima y un capellán preso, no quería una tercera.

Y el tribunal del Santo Oficio pidió el traslado de la información el sábado tres de noviembre, porque el aparato del círculo, las velas y la inscripción era, palabra por palabra, el mismo que ya tenía calificado.

Ribalta mandó su información el lunes cinco.

Y a partir del lunes cinco de noviembre hubo en la ciudad de Toledo tres muertos idénticos repartidos en tres legajos.

Tres legajos en tres armarios distintos, custodiados por tres oficinas que no se hablaban.

Y ni una sola mesa en toda Castilla sobre la que se pudieran poner los tres a la vez.

Padre Mateo lo vio venir el jueves y lo vio consumado el lunes.

Entre medias hizo lo único que se le ocurrió, que fue intentar reunirlos.

Pidió por escrito, el sábado tres, que se pusieran de acuerdo las tres oficinas para que un solo hombre pudiera leer los tres legajos seguidos, en el sitio que ellas dijeran y delante de quien ellas dijeran.

Las tres contestaron.

Contestaron deprisa, con buenas palabras y diciendo que sí.

—Han dicho que sí los tres —dijo Leoz, con las tres cartas en la mano—. No lo entiendo.

—Léalas otra vez.

—La Hermandad dice que sí, con tal de que sea en su casa y estando presente su escribano.

—Siga.

—El provisorato dice que sí, con tal de que no salgan de la casa del arzobispo papeles del provisorato.

—Y el tercero.

—El tribunal dice que sí, con tal de que lo que es suyo se lea en su archivo y solo delante de su notario.

Leoz bajó las cartas.

—Los tres han dicho que sí.

—Los tres han dicho que sí.

—Y no se puede.

—No se puede. Y fíjese vuestra merced en lo bonito que es: ninguno de los tres ha dicho que no. Si un día hay que pedir cuentas, los tres tienen su papel diciendo que sí.

—¿Y esto lo hacen a propósito?