La noche toledana (Los casos del Padre Mateo 2) El muerto de despoblado
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El muerto de despoblado

A Matías Colodro no lo mató nadie dentro de Toledo.

Los diez días que siguieron al sábado de Zocodover, Padre Mateo trabajó de otra manera.

No lo anunció y no se lo explicó a nadie, ni siquiera a Leoz. Lo único que hizo fue empezar por el otro lado.

Volvió a ver a Toribio Maeso, el azacán, y estuvo con él una hora entera sin preguntarle nada sobre la puerta abierta de San Ginés.

Le preguntó por don Bruno.

Qué compraba. Qué debía. A quién le fiaba. Con quién comía. Quién le había hecho un favor en veinte años y quién no se lo había hecho.

—Padre, esto no es lo que me preguntó la otra vez.

—No.

—¿Ha cambiado usted de cosa?

—He cambiado de pregunta. Es más barato y a veces sirve.

Volvió a la mujer del mandil de esparto, la que se había llevado la quinta vela, y no le habló de la vela.

Volvió a Ceferina Robles y estuvo dos noches en la cocina, sentado en un banco, oyéndola hablar de la calle mientras fregaba.

Subió a la Posada de la Hermandad y le pidió a un cuadrillero la lista de lo que llevaba encima María la Cabrera cuando la bajaron de los montes: una manta, un rosario de cuentas de madera, once cuartos y una cebolla.

Fue a casa de don Fadrique Ortuño y estuvo dos horas con Petronila Zarco, que ya lloraba y que le contó, entre otras cuarenta cosas, que el canónigo mandaba cada mes doce reales a una sobrina de Cuenca y que no quería que se supiera.

Y fue tres veces al Nuncio Nuevo y estuvo hablando con Gervasio Nieva, el guarda, que llevaba tres semanas sin dormir de otra manera.

—Padre, ¿me van a quitar el puesto?

—No lo sé.

—Es que si me lo quitan, con cincuenta y nueve años no me coge nadie.

—Lo sé. ¿Vuestra merced sigue durmiéndose después de la lluvia?

—Ya no duermo.

—Pues eso es peor para todos.

Y volvió a la iglesia de San Ginés dos veces, a distintas horas, para ver quién pasaba por allí a las seis de la mañana y quién a las nueve de la noche.

A las seis pasaban tres azacanes, dos lecheras y un hombre que iba a la fragua.

A las nueve no pasaba nadie.

De todo aquello no salió una sola prueba.

Salió otra cosa, que Padre Mateo apuntó en el cuaderno el veintiocho de octubre, debajo de la línea subrayada, y que no enseñó a nadie:

Los tres que han muerto y las dos que están presas tienen algo en común y no es el diablo. Ninguno de los cinco tenía a nadie que fuera a preguntar por ellos.

Al final de aquellos diez días quedaban dos cabos y los dos eran de papel.

El primero, el cuadernillo de Sardá, que seguía siendo una frase dicha por un encuadernador a una monja de clausura el veintiuno de septiembre.

El segundo, un nombre escrito en el cuaderno el catorce de octubre con una raya debajo y una línea al lado que decía ir el lunes, y que llevaba diecisiete días sin tachar.

—Vuestra merced va mañana —dijo Padre Mateo el lunes veintinueve.

—¿Al papelero?

—Al papelero. Se lleva los dos papeles, le pide que los mire y le pregunta tres cosas: de qué molino son, de qué año y quién compraba ese papel.

—¿Y si no sabe?

—Entonces habremos gastado una mañana, que es lo que llevo gastando desde septiembre.

Leoz fue el martes treinta y volvió a las seis con la cara larga.

—Cerrado.

—¿Cómo cerrado?

—El molino está parado. Hoy no se trabaja y mañana tampoco.

—¿Por qué?

—Porque el jueves es Todos los Santos y el viernes los Difuntos, y en los molinos de papel se para la semana entera. Me lo ha dicho un hombre de la Isleta.

—¿Y Colodro?

—Colodro está allí. Vive allí. Pero hoy había ido a Toledo a cobrar y no lo he encontrado ni en un sitio ni en otro.

Padre Mateo se quedó mirando la ventana.

—Pues el jueves.

—El jueves es fiesta, padre.

—Por eso. El jueves estará en su casa y no tendrá a nadie dando mazazos al lado.

Lo escribió en el cuaderno.

Jueves 1. Molino de Colodro. Salir a las ocho.

Salieron a las ocho.

Era el primero de noviembre y hacía una mañana de las que en Toledo se dan tres o cuatro al año: fría, quieta, con el cielo limpio y el río echando vaho.

Bajaron por la puerta del Cambrón y tomaron el camino de la vega, que va pegado al agua, con el puente de San Martín a la espalda y la ciudad subiendo detrás como una cosa que se aleja de uno.

A la media hora, el camino dejó de ser camino.

—¿Falta mucho?

—Pasado el segundo recodo.

—Esto ya no es Toledo.

—Esto es el término de Toledo. Que es de Toledo para pagar y no es de Toledo para lo demás.

El molino se veía desde el recodo.

Era un edificio largo y bajo, de mampostería, con la rueda al costado y un caz que salía del río y volvía al río.

Encima de la planta baja había otra.

Y encima de esa, un tercer cuerpo distinto: un mirador de paredes caladas, todo listones de madera separados un dedo, como una jaula grande, para que el aire pasase de un lado a otro.

Era el tendedero.

Desde el camino se veían las cuerdas cruzadas dentro y, colgados de las cuerdas, cientos de pliegos blancos parados en el aire.

No había nadie fuera.

No salía humo.

La rueda estaba levantada y el caz cortado, como se deja un molino cuando se para por fiesta.

Y en la puerta grande, que era de dos hojas, una de las hojas estaba abierta.

Padre Mateo se paró en seco a treinta pasos.

—Leoz.

—Ya lo veo.

—Vuestra merced no entra.

—Padre…

—Vuestra merced no entra hasta que yo salga. Y si no salgo en un cuarto de hora, se vuelve a Toledo a caballo y no se para a mirar nada.

Entró.

La planta baja de un molino de papel es un sitio ruidoso, y aquella mañana no había ningún ruido.

Estaban las pilas: doce cajones de piedra puestos en fila, con sus mazos de madera levantados y quietos, y dentro de cada uno una pasta gris de trapo deshecho que olía a establo mojado.

Estaba el pudridero, al fondo, tapado con tablas.

Estaba la tina, grande y redonda, con el agua sucia hasta la mitad, y encima de la tina, cruzada en su tabla, una forma: un bastidor con los hilos de latón tirantes, y cosida encima, con alambre, una figura.

Padre Mateo la levantó y la puso contra la luz de la puerta.

Se veía la silueta al revés. Una mano abierta con una estrella encima.

La dejó exactamente donde estaba.

Subió al primer piso, donde estaba la prensa y los sayales apilados y una mesa larga con las resmas contadas, y no había nadie.

Subió al tendedero por una escalera de madera de dieciocho peldaños.

Y allí estaba.

En el mirador entraba el aire por los cuatro lados y hacía un frío honrado.

De las cuerdas colgaban los pliegos, todos a la misma altura, todos separados lo mismo, en veinte hileras, y el aire los movía a la vez con un ruido pequeñísimo, como de gente pasando páginas.

En el centro habían quitado tres cuerdas.

Se veía dónde estaban, porque los ganchos seguían clavados en las vigas y en el suelo había pliegos caídos, tirados de cualquier manera, pisados algunos.

En el hueco que quedaba, sobre el entarimado, había un círculo de sal.

Dentro estaba Matías Colodro, boca arriba, con las manos sobre el pecho, en camisa y con un mandil de cuero puesto.

Cuatro velas negras en los cuatro puntos.

Y más allá del círculo, en el suelo de madera, los once signos con almagre y la frase escrita del revés, con su letra volteada en el mismo sitio de siempre.

Padre Mateo se quedó parado en lo alto de la escalera durante un minuto largo.

Después hizo lo que hacía siempre y esta vez lo hizo con una diferencia.

Esta vez estaba solo.

No había alguaciles que hubieran tapado nada, ni vecinas que se hubieran llevado una vela, ni ocho faroles pisando la sal. Por primera vez en cinco semanas, Padre Mateo estaba delante de aquello tal y como lo había dejado el que lo hizo.

Anduvo por el borde, pegado a la pared, con las manos a la espalda.

Contó las velas. Cuatro.

Miró la frase. Idéntica.

Miró el suelo alrededor del círculo. Entarimado seco, con serrín y polvo de trapo, y en el polvo, pisadas.

Muchas. Y todas del mismo tamaño.

Se agachó a mirarlas. Eran de suela lisa, sin clavos, de un zapato de ciudad, del número que gasta la mitad de Castilla. Iban del hueco de la escalera al círculo y del círculo a la escalera, seis o siete veces.

Seis o siete veces.

Nadie sube y baja seis veces si viene a matar.

Se sube seis veces si se está montando algo.

Se acercó por fin al cuerpo.

Matías Colodro tenía cincuenta años, era ancho de hombros y tenía las manos de un hombre que ha metido los brazos en agua fría cuarenta años seguidos: los dedos gruesos, las uñas cortas, la piel de las palmas blanca y engrosada.

Estaban limpias.

Ahí, en aquel edificio, donde había agua por todas partes y donde las manos de todo el mundo están mojadas desde el amanecer, la única cosa que en San Ginés y en el Nuncio Nuevo había sido extraordinaria resultaba ser la más natural del mundo.

Padre Mateo se quedó pensando en eso.

Y entonces se le ocurrió, por primera vez, que a lo mejor no le lavaban las manos a los muertos.

A lo mejor se las lavaba él.

Bajó al primer piso y estuvo media hora largando cajones.

Encontró lo que buscaba en un armario de la pared, junto a la mesa de las resmas: un hueco vacío entre dos libros de cuentas, del ancho de tres dedos, con la marca de polvo alrededor perfectamente dibujada.

Allí había estado un libro y no estaba.

Cuando salió, Leoz llevaba veinticinco minutos en el camino y estaba blanco.

—Padre.

—Está muerto. Desde anoche, diría yo.

—Dios santo.

—Escúcheme. Vuestra merced coge el caballo y hace tres cosas en este orden.

—Diga.

—Primera, avisar al alcalde de cuadrilla Ribalta. Esto es despoblado y es suyo.

—¿Antes que al corregidor?

—Antes. Si lo hacemos al revés, mañana tenemos un pleito y hoy tenemos un muerto.

—Segunda.

—El corregidor. No podrá venir, pero tiene que saberlo antes que la calle.

—¿Y tercera?

—El doctor Nieto. Y que traiga con qué escribir.

—¿Y usted?

—Yo me quedo aquí.

—¿Solo?

—Solo, sentado en esa piedra, sin entrar. Y no va a entrar nadie hasta que llegue Ribalta, aunque venga el rey.

Leoz no se movió enseguida.

—Padre.

—Vaya.

—El catorce de octubre usted escribió el nombre de este hombre.

—Lo sé.

—Y puso debajo ir el lunes.

—Lo sé.

—No fuimos.

Padre Mateo miró el río.

—Vuestra merced vino el martes.

—Diecisiete días tarde.

—Sí.