La noche toledana (Los casos del Padre Mateo 2) La mujer de los montes #3
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La mujer de los montes #3

Ella entró un paso en el cuarto.

—Está bien. El tres de octubre le dije que no pusiera esos hombres en la puerta y usted los puso.

—Sí.

—Y el mismo tres de octubre le mentí a vuestra paternidad en el patio de esta casa, y volví a mentirle cuando me lo preguntó por segunda vez.

—Sí.

—Yo he pensado mucho estos días cuál de las dos cosas ha traído a este hombre a esa cama.

—¿Y qué ha decidido?

—Las dos.

Padre Mateo bajó la cabeza.

—Eso es más justo de lo que yo habría dicho.

—No es justicia, padre. Es aritmética. Yo mentí para que usted no mirara aquí, y usted puso una guardia para que mirara la calle. Entre los dos le pintamos la puerta.

—¿Y ahora?

—Ahora se queda en mi casa hasta que ande, y el que venga a buscarlo entrará por encima de mí. Eso lo puedo hacer y no necesito permiso de nadie.

—Necesita el del provisor.

—El provisor es hijo de una prima de mi marido y le administro yo la memoria de misas de su madre.

Padre Mateo la miró.

—Señora, en un mes en esta ciudad, vuestra merced es la primera persona que me dice cómo se hacen aquí las cosas de verdad.

—Es que hasta hoy no le tenía respeto.

—La segunda cosa —siguió Padre Mateo— es que a partir de mañana voy a trabajar como si vuestra merced no existiera.

—¿Cómo?

—Que no vuelvo a preguntarle nada. Ni por el juramento, ni por las cartas, ni por dónde estaba la noche del veintiocho. Nunca. Se lo doy por escrito si quiere.

Duval movió un poco la mano buena.

—¿Por qué?

—Porque llevo dieciocho días haciéndole preguntas que no llevaban a ninguna parte y esta ciudad ha aprendido de mí a mirar hacia aquí.

Hubo un silencio.

—Padre.

—Diga.

—Vae soli.

Leoz, que estaba junto a la puerta, levantó la cabeza.

—¿Qué ha dicho?

—Ay del solo —dijo el abate—. Que si cae, no tiene quien lo levante.

—Lo sé —dijo Padre Mateo.

—No se lo he dicho por mí.

El lunes veintidós, a las nueve de la mañana, el tribunal reclamó a María la Cabrera por vía de inhibición, alegando que lo denunciado en la relación de mil setecientos ochenta y seis era materia de fe y no de despoblado.

Melchor Ribalta la entregó a las once, con recibo.

Estuvo tres cuartos de hora discutiendo, perdió, y bajó él mismo a la segunda bóveda a decírselo.

Después subió al zaguán, y a Padre Mateo, que estaba allí, le dijo una sola cosa antes de irse a los montes.

—Ya está.

—Lo siento.

—No lo sienta. Usted me dijo que escribiera cuántas veces le habíamos hecho la misma pregunta.

—¿Lo escribió?

—Veintidós veces. Está en el recibo.

—Eso puede salvarla dentro de dos años.

—Dentro de dos años yo estaré igual y ella no.

Aquella noche, en el cuarto de la posada, con dos dedos vendados y la mano izquierda inservible, Padre Mateo escribió dos páginas.

Las escribió con la derecha, despacio, sin adjetivos y en forma de lista, porque era la única forma que sabía usar cuando algo le importaba de verdad.

Decían así.

Uno. El tres de octubre puse dos alguaciles en la puerta de un hombre contra el que no tenía nada. Me advirtieron en el mismo acto de que aquello era un cartel y lo hice igual. Hoy le han roto una mano.

Dos. El seis de octubre recibí un papel contra una mujer de Hontanar. Se me pidió expresamente que llegara antes que otros. No fui. No mandé a nadie. Trece días después la bajaron de los montes en un carro de leña.

Tres. El veintiuno de septiembre, Bruno Sardá le contó a una monja que había encontrado un cuadernillo de papel distinto. Lo apunté el cuatro de octubre.

Desde entonces he hecho tres cosas con eso: preguntar una vez, mirar durante tres horas un volumen equivocado y escribir el nombre de un papelero al que no he ido a ver.

Cuatro. Sobre el desfalco de la Real Fábrica tengo razón. Lo he probado con peso y con firma y volvería a hacerlo. Pero no he probado en ningún papel que ese delito y estas muertes sean el mismo, y llevo cuatro días diciéndolo como si lo hubiera probado.

Cinco. Leoz me lo ha dicho cuatro veces. La cuarta le contesté que una duda no es una pieza. Tampoco lo es una certeza y lo sabía cuando lo dije.

Seis. En Nueva España aprendí a preguntar quién se beneficia. Es una buena pregunta y me sacó de un pozo.

Pero es la pregunta de un hombre que mira hacia arriba.

Y aquí llevo veinticuatro días mirando hacia arriba mientras a mi espalda pisaban a un francés, encerraban a una mujer descalza y una niña de trece años esperaba en una ventana.

Siete. Lo único que hoy ha salido bien lo ha hecho Melchor Ribalta, alcalde de cuadrilla de una institución que yo tenía por un resto inútil, sin jurisdicción para hacerlo, incurriendo en desacato y a culatazos. Yo llevaba dieciocho días hablándole despacio.

Ocho. Esta mañana entregó a la mujer de Hontanar porque no pudo hacer otra cosa, y antes de entregarla dejó escrito veintidós veces que le habíamos hecho veintidós veces la misma pregunta. Eso no se le ocurrió a nadie de esta ciudad. Se lo pedí yo el jueves y él lo hizo el viernes.

Nueve. Voy a volver a empezar. Y voy a empezar por otra pregunta.

Debajo escribió una línea sola y la subrayó, que era cosa que no hacía nunca.

¿Quién sufre?